Página 2 de 6
En la primera mitad del siglo XX, en Salta pueden admitirse, aunque no de muy buena gana, una mujer poeta como María Torres Frías, o una mujer dedicada al culto patriótico como Benita Campos; pero no una escritora en primera persona. Es recién hacia finales de ese siglo cuando se produce el grupo de obras que mencionamos; como si se hubiera abierto una compuerta. Paradójicamente, no hay al mismo tiempo una producción masculina semejante.Prieto plantea la pregunta acerca del valor testimonial de la literatura autobiográfica, sobre todo desde el punto de vista de la sinceridad y de la verdad de los hechos. Hay que tener en cuenta, dice, los mecanismos del olvido, la perspectiva del tiempo y la trama de intereses personales y de grupo. Es preciso comprender el tipo de memoria con que suele operar quien hace una autobiografía; Prieto refiere al concepto de Cassirer de memoria simbólica, "aquel proceso en el cual el hombre no sólo repite su experiencia pasada sino que la reconstruye; la imaginación se convierte en un elemento necesario del genuino recordar".
También para Silvia Molloy la autobiografía es siempre una re-presentación, un volver a contar. La vida vivida y contada es siempre una suerte de construcción narrativa; es un "relato que nos contamos a nosotros mismos, como sujetos, a través de la rememoración; relato que oímos contar o que leemos, cuando se trata de vidas ajenas".
Según Georg Misch, la autobiografía surge de una comprensión concreta de la vida. La comprensión de sí mismo es, necesariamente, una comprensión respecto a los demás. Desde este punto de vista, la reconstrucción autobiográfica sería una obra de madurez, elaborada cuando se puede llegar a esa comprensión integradora.
Si bien es cierto que hay una reconstrucción de la realidad sesgada desde el mismo momento en que se selecciona algunos hechos y se deja de lado otros, para narrarlos desde un punto de vista y no de otro, creemos que tal cosa no resta valor a las autobiografías en cuanto fuentes historiográficas. El historiador tendrá siempre la posibilidad de ampliar, confrontar, seguir los hilos de su investigación y contextualizar los datos. En ciertas ocasiones, podrá concederle mayor o menor credibilidad de acuerdo a antecedentes que conozca. Y en todo caso, la autobiografía vale como dato en sí misma.
Podemos preguntar por qué se escribe una autobiografía. Prieto dice que buena parte de la literatura autobiográfica del siglo XIX está comprometida por una actitud: la del hombre que necesita justificarse ante la opinión pública. Digamos, como quien tiene la última palabra en un juicio imaginario sobre su persona. Quizá, para obtener una especie de redención: "Que me perdonen la vida", dice Victoria Ocampo, citada por Molloy.
En el caso de nuestras tres autoras, no parece darse tal cosa. Ninguna de ellas manifiesta un particular reclamo de la aprobación ajena. Quizá porque no tuvieron actuación pública, ni lucharon por un protagonismo ni generaron rupturas. Carmen Rosa escribe después de cumplir 60 años; Margarita después de los 70 y Zulema después de los 80. Las tres habiendo hecho las paces con su vida. Es un gesto de plena libertad. Quizá sea la forma que ellas eligieron de expresar las nuevas posibilidades de las mujeres: romper el silencio, aplicar su talento, dar curso a una vocación latente, testimoniar, dejar una estela más perdurable.
Alguien anotó "No escribo mis memorias porque no tengo nada que ocultar". Si la memoria es selectiva, la escritura de recuerdos es doblemente selectiva. Es difícil establecer si un autor oculta más de lo que muestra o bien, si exhibe más de lo que hizo realmente. El autor de memorias despliega un juego semejante a la seducción: insinúa, muestra y oculta. Hasta hay quien tergiversa deliberadamente.