Desde el 1 de febrero de 1997

Memoria de mujeres

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A pesar de que Salta inaugura los relatos autobiográficos argentinos en el siglo XVIII , el capítulo de memorias tiene muy pocos exponentes. Después de "La tierra natal" (1886) y el libro póstumo Lo íntimo de Juana Manuela Gorriti, los dedos sobran para contar los relatos femeninos en primera persona. En los últimos años, sin embargo, aparecieron tres libros de memorias de mujeres salteñas pertenecientes a algunas de las familias más antiguas de la élite local:

Carmen Rosa San Miguel Aranda. Mi niñez. Recopilación y Complementación de Carmen San Miguel de Morano. La Plata, Dei Genitrix-Colectio, 1999. 147 Pág.

- Zulema Usandivaras de Torino. De la pizarra a la Computadora. Salta, Editorial Hanne, 2000. 137 Pág.

- Margarita Patrón Costas de López Lecube. Mis memorias. Edición de la autora, fuera de mercado. Buenos Aires, 2001. 600 Pág.

Carmen Rosa (1898-1986) pintora de retratos, soltera, escribe un cuaderno que es hallado después de su muerte. Zulema (1914) escritora desde alrededor de sus 70 años, casada, ordena sus recuerdos siendo ya octogenaria. Margarita (1920), casada, después de colaborar con un biógrafo de su padre, Robustiano Patrón Costas, es animada a escribir sus propias memorias.

En el caso de Zulema Usandivaras, la única escritora profesional de entre las tres, el mencionado libro se suma a otros anteriores que también hacen memoria, como Un tiempo que yo viví (Salta, 2ª edición, de la autora), La casa de los abuelos (Salta, Edición de la Fundación de Canal 11 de Salta, 1994), y el conjunto de sus novelas, todas ambientadas en la Salta de antaño, que aportan innumerables elementos para reconstruir la vida provinciana.

El objetivo de este trabajo es primordialmente historiográfico: llamar la atención sobre el valor de estas memorias como fuente para los estudios no sólo sobre mujeres, sino sobre múltiples aspectos de la historia de la vida cotidiana: de la educación, las familias, el servicio doméstico, los juegos, la comida y otros consumos, las mentalidades y tantos otros, inclusive de la economía y la política, temas secundarios pero no ausentes. Por cierto, pueden ser objeto de la historia específica de los relatos biográficos como estudio de la introspección y el sentido de sí mismo. Constituyen además un aporte ineludible para la comprensión de las dificultades de la sociedad salteña para conformarse como tal.

Caben pocas dudas sobre la importancia de los relatos autobiográficos cuya historia es "una de las fuentes de información más valiosas", según Karl Mannheim. Adolfo Prieto, que lo cita al comienzo de su libro La literatura biográfica argentina , limita su inventario de salteños que relatan su vida a sólo cuatro: Dámaso de Uriburu, Carlos Ibarguren, Ernesto M. Aráoz y Alberto Delac. Todos hombres. Es notorio que quedan fuera Juana Manuela Gorriti y, más allá de la narración, aquellas escritoras de poemas que "dejan entrever los pliegues de su vida interior", y también el indefinido número de "ocultas escribientes de cartas nunca enviadas y de diarios íntimos que ellas llevaron consigo a sus tumbas". Como plantea un crítico, cabe preguntar si, de haber permanecido en Salta, Juana Manuela hubiera escrito en tono intimista. "O, para ser más duros aún: ¿hubiera escrito?".

Porque si bien no es muy abundante la literatura autobiográfica argentina en general, la escasa producción femenina en este rubro tiene que ver con "la larga asociación de la mujer con el silencio", como dice Nannerl Keohane. Excediendo en mucho la necesaria prudencia y la discreción, la cultura patriarcal "instruye a las mujeres a permanecer en silencio ante los hombres. Se asocia el silencio con la modestia, la pureza, la virtud femenina".


En la primera mitad del siglo XX, en Salta pueden admitirse, aunque no de muy buena gana, una mujer poeta como María Torres Frías, o una mujer dedicada al culto patriótico como Benita Campos; pero no una escritora en primera persona. Es recién hacia finales de ese siglo cuando se produce el grupo de obras que mencionamos; como si se hubiera abierto una compuerta. Paradójicamente, no hay al mismo tiempo una producción masculina semejante.

Prieto plantea la pregunta acerca del valor testimonial de la literatura autobiográfica, sobre todo desde el punto de vista de la sinceridad y de la verdad de los hechos. Hay que tener en cuenta, dice, los mecanismos del olvido, la perspectiva del tiempo y la trama de intereses personales y de grupo. Es preciso comprender el tipo de memoria con que suele operar quien hace una autobiografía; Prieto refiere al concepto de Cassirer de memoria simbólica, "aquel proceso en el cual el hombre no sólo repite su experiencia pasada sino que la reconstruye; la imaginación se convierte en un elemento necesario del genuino recordar".

También para Silvia Molloy la autobiografía es siempre una re-presentación, un volver a contar. La vida vivida y contada es siempre una suerte de construcción narrativa; es un "relato que nos contamos a nosotros mismos, como sujetos, a través de la rememoración; relato que oímos contar o que leemos, cuando se trata de vidas ajenas".

Según Georg Misch, la autobiografía surge de una comprensión concreta de la vida. La comprensión de sí mismo es, necesariamente, una comprensión respecto a los demás. Desde este punto de vista, la reconstrucción autobiográfica sería una obra de madurez, elaborada cuando se puede llegar a esa comprensión integradora.

Si bien es cierto que hay una reconstrucción de la realidad sesgada desde el mismo momento en que se selecciona algunos hechos y se deja de lado otros, para narrarlos desde un punto de vista y no de otro, creemos que tal cosa no resta valor a las autobiografías en cuanto fuentes historiográficas. El historiador tendrá siempre la posibilidad de ampliar, confrontar, seguir los hilos de su investigación y contextualizar los datos. En ciertas ocasiones, podrá concederle mayor o menor credibilidad de acuerdo a antecedentes que conozca. Y en todo caso, la autobiografía vale como dato en sí misma.

Podemos preguntar por qué se escribe una autobiografía. Prieto dice que buena parte de la literatura autobiográfica del siglo XIX está comprometida por una actitud: la del hombre que necesita justificarse ante la opinión pública. Digamos, como quien tiene la última palabra en un juicio imaginario sobre su persona. Quizá, para obtener una especie de redención: "Que me perdonen la vida", dice Victoria Ocampo, citada por Molloy.

En el caso de nuestras tres autoras, no parece darse tal cosa. Ninguna de ellas manifiesta un particular reclamo de la aprobación ajena. Quizá porque no tuvieron actuación pública, ni lucharon por un protagonismo ni generaron rupturas. Carmen Rosa escribe después de cumplir 60 años; Margarita después de los 70 y Zulema después de los 80. Las tres habiendo hecho las paces con su vida. Es un gesto de plena libertad. Quizá sea la forma que ellas eligieron de expresar las nuevas posibilidades de las mujeres: romper el silencio, aplicar su talento, dar curso a una vocación latente, testimoniar, dejar una estela más perdurable.

Alguien anotó "No escribo mis memorias porque no tengo nada que ocultar". Si la memoria es selectiva, la escritura de recuerdos es doblemente selectiva. Es difícil establecer si un autor oculta más de lo que muestra o bien, si exhibe más de lo que hizo realmente. El autor de memorias despliega un juego semejante a la seducción: insinúa, muestra y oculta. Hasta hay quien tergiversa deliberadamente.


Tampoco parece ser el caso de estas salteñas. Por cierto que seleccionan; está claro que ocultan algunas cosas que nos gustaría saber, pero eso es inevitable. No nos parece que jueguen con la verdad; hay una sinceridad que se palpa, una honestidad difícil de cuestionar. Más bien sospechamos que puede haber un límite real en su visión del mundo. Un límite cultural profundo para percibir cosas que a otros nos son familiares. No creemos que les quepa ser condenadas por eso; en una sociedad como la salteña, acostumbrada al silencio de las mujeres o la oralidad de las tradiciones, el testimonio escrito es muy valioso. Los relatos orales se limitan a las memorias de quienes los recibieron; se desvanecen, pierden nitidez y fidelidad a lo largo del tiempo. Los epistolarios privados se destruyen. La escritura da prestigio pero también infunde miedo. Expone. Es un riesgo. Nuestras autoras lo corrieron, creemos que conscientemente.

Respecto a los intereses personales o de grupo que puedan sesgar los relatos y poner en tela de juicio su veracidad, ninguna de las tres trabajó para imponer sus intereses individuales o ensalzar su propia imagen. En tanto miembros de un grupo social, mientras Carmen Rosa San Miguel está posicionada de manera rotunda en él, Margarita Patrón Costas sabe que pertenece pero no dibuja un cerco a su alrededor, lo asume con mayor naturalidad, y Zulema Usandivaras se ubica dentro pero establece una discreta distancia crítica mediante la ironía. Dice la primera: "El salteño culto ha sido un europeo que durante cuatro siglos luchó para no ser absorbido por el indio, una lucha solitaria, sin aporte migratorio, separado por meses de camino con Buenos Aires o Lima" (p.11). Describe a su abuela materna como "sencilla, espontáneamente aristocrática"; que "pertenecía a la casta de conquistadores y encomenderos, entre los que no faltaron ilustres próceres" (p.16). En su niñez, "aunque no hubiera ningún privilegio de casta, subsistían distancias insalvables" entre su clase y la gente pobre, "sufrida y humilde, con resabios de sumisión y esclavitud". La formación espiritual y cultural de una "niña" le daba conciencia de superioridad (p.26). Carmen Rosa consigna prolijamente las relaciones de sus padres, con nombre y apellido, parientes y no parientes; en Buenos Aires, muchos amigos eran salteños y vivían en pocas manzanas a la redonda. Más de una vez, señala ventajas derivadas de esos vínculos.

Aunque Margarita refiere los ancestros de su madre, descendiente de Nicolás Severo de Isasmendi, manifiesta "amor por las tierras de Luracatao y sus gentes" (p.21). De su niñez, recuerda que "En Salta la gente era sencilla, todos hacían la misma vida, no había diferencia entre el que tenía plata y los que no la tenían" (p.76). De sus padres destaca que eran ejemplares, austeros, solidarios; ambos, muy trabajadores; siempre admiró la responsabilidad de su padre y la dulzura de su madre. Lo que lleva al hombre a lograr un nivel superior son los valores, el respeto a la palabra empeñada (p.220).

Zulema precisa: "Los propietarios de la tierra no afincaban su prosperidad en las grandes extensiones que poseían, sino en el comercio –el de mulas- a través de la cordillera. Esa fue la base de las fortunas criollas, y al erigirse estos comerciantes en industriales –elaborando azúcar-, uno de esos clanes tomó el poder constituyendo lo que se ha calificado de "nepotismo". Sus miembros ocuparon los más importantes cargos en la ciudad y en la provincia, más tarde en la Nación. A este clan pertenecía mi padre y yo vine al mundo cuando su hegemonía comenzaba a declinar como grupo, aunque muchos de los que lo constituyeron continuaron su carrera política individualmente, asimilándose a nuevas facciones que surgían" (p.14). No idealiza al grupo ni por sus valores ni por sus prácticas. Su padre, un comerciante importante que sufre un severo revés en la crisis del 30, tampoco es idealizado como quien encarna valores ancestrales, sino presentado más bien como un hombre moderno amigo de innovar. Ella cree que la historia la hacen no sólo los conquistadores y los próceres, sino los hombres y mujeres anónimos que van cambiando las costumbres (p.10).

En cuanto a móviles personales para la escritura, Carmen Rosa busca su propia raíz histórica –centrada en la genealogía- y una explicación a los conflictos del siglo; escribe para sus descendientes. Margarita redacta sus memorias para dejarlas a su familia con un fuerte sentido moral, tratando de comunicar los valores que le fueron transmitidos. Zulema, en cambio, escribe para contar una vez más lo que conoció, para registrar los cambios –una constante en su escritura- y para darse el gusto.

Las tres tienen una fuerte relación con su familia. Carmen Rosa es criada por su abuela materna, en el campo, hasta los siete años. Cuando la familia se traslada a Buenos Aires y luego a Italia, va con ellos. Sus padres eran alegres, divertidos, sociables, refinados. El padre era rentista; inteligente, no tenía hábitos de trabajo ni impulso empresario. Hizo sufrir mucho a su esposa con sus infidelidades; discutían "temperamentalmente", lo que preocupaba a la niña, pero pronto se reconciliaban sin rencor y todo volvía a la normalidad "porque se querían mucho". Carmen Rosa, muy apegada y mimada por su padre, le justifica y perdona todo; lo idealiza. Cree que su madre soportaba sus sufrimientos por sus virtudes cristianas. La mayor de seis hermanos, no tenía estrechas relaciones con ellos. Uno de los niños murió muy pequeño.

Zulema vive un ambiente familiar tradicional; creció en casa de sus abuelos paternos y veraneaba con muchos primos. Recuerda un ambiente apacible y alegre, lleno de actividades y juegos. El padre la mima especialmente y la madre aparece desdibujada. No registra severidad ni cuando refiere los castigos, pero sí un profundo respeto a las normas y a las costumbres establecidas. También es la mayor entre cinco hermanos; se relaciona muy estrechamente con Tita, dos años menor.


Para Margarita la familia es un mundo rico, diverso, escasamente conflictivo y feliz. El afecto no incluye exceso de mimos sino más bien mucha disciplina, austeridad, respeto a las normas. Hay una cierta severidad sin exceso, casi natural; cada uno aprende y ocupa su lugar sin disentir. El padre tiene una presencia fuerte, patriarcal pero al mismo tiempo modernizadora; la madre, dentro de un tono tradicional, ejerce un papel muy activo de alta exigencia. Margarita es la menor entre seis hermanos, el mayor de los cuales murió a los diez años; su relación es fuerte con su única hermana mujer, mayor que ella, pero afectuosa y cercana con los varones y con numerosos tíos y primos. A medida que van creciendo y formando sus familias, Patrón Costas retiene a sus hijos lo más posible ampliando sus casas para que todos estén cómodos. Llegan a veranear juntos hasta setenta miembros de la familia en La Montaña, la casa de San Lorenzo.

En las tres familias el concepto de autoridad es como un trasfondo omnipresente. "Un aristócrata provinciano es de hechura rígida, autoritaria, sin sutilezas ni matices. Es quizá el último representante del hombre medieval. Tanto ha perdurado en su sangre el principio de autoridad, que es impensable un cambio de conducta o renuncia. Tiene una idea unitaria y totalitaria de la cultura a la cual no puede ni quiere renunciar", dice Carmen Rosa. En diversos momentos Zulema va consignando que es su padre quien decide todo sin contestación, aunque lo hace afectuosa y gentilmente. Refiere que el día de su casamiento su padre la llamó aparte para decirle "que había terminado su potestad, que en adelante ésta le correspondía a mi marido. Hacía mucho que no prevalecía su dominio, más bien era mi amigo y, considerando que yo era mayor de edad, desde hacía rato, me desconcertaron sus palabras, pero me emocionaron profundamente..." (p.128). Al hablar de la educación de sus hijos, comenta: "... y el padre, principalmente, era invulnerable, omnipotente (...) Nuestra sociedad, tradicionalmente española, veía en él la cabeza indiscutida del clan" (p.137).

En los recuerdos de Margarita, "Mi padre era la autoridad que estaba por encima de todo y de todos, y nada de lo que no debía ser lo dejaba pasar. Era ese ser humano maravilloso, a quien todos respetaban y querían. Su autoridad era firme y no se discutía, pero al mismo tiempo se la acataba sin sentir" (p.15).

¿Cómo se educaron? Carmen Rosa pasa sus primeros siete años en el campo; no recuerda cómo aprendió a leer. Luego va irregularmente a la escuela pública en Buenos Aires dos años, uno a un colegio privado y otro de nuevo en la escuela pública. En Italia se educa interna en un buen colegio de monjas. "Cuando volví de Europa estudié pintura. Sabía hablar italiano y francés, así como nociones de alemán, pues en el colegio nos enseñaron y porque tuvimos una institutriz francesa y otra alemana. Además tenía conocimientos de inglés. A principios de siglo la educación de la mujer en la clase media no era ni práctica ni utilitaria, sino hogareña. La burguesía adinerada y la aristocracia se reservaban ciertos refinamientos como ser letras e idiomas. En cuanto a los pobres, escasamente sabían leer y escribir, sumar y restar" (p.123).

Muy ansiosa por aprender a leer, Zulema lo consigue en forma autodidacta; entra un año tarde a la escuela para poder ir con su hermana, pero luego recupera el tiempo haciendo un grado libre. Cursa los primeros grados en la Escuela Sarmiento, en Salta, y luego en la Escuela Normal hasta recibirse de maestra.

"Aunque mi pretensión era ser universitaria, estudiar una carrera, que no había aquí. No se vislumbraba ninguna posibilidad ya que no teníamos universidad y, mis padres, mi padre en definitiva, se oponía férreamente a tal propósito, no sólo por las razones expuestas sino porque era un despropósito que una niña de mi clase tuviera una profesión liberal, ni ninguna niña, creo" (p. 92).

Entonces apuesta todo a la carrera de su novio, y para estar a su altura –"siempre unos grados por debajo"- asiste a una escuela profesional donde estudia dactilografía e idiomas y, un tanto obligadamente, economía doméstica. Por otra parte, practicó algunos deportes; renunció al básquet por pedido de su novio. Zulema hizo lo que el ambiente le permitió, siempre abierta y tratando de crecer; ya octogenaria, fue con uno de sus nietos a tomar cursos de computación, y hoy se comunica por correo electrónico.


Margarita y su hermana también asistieron a la Escuela Sarmiento y luego al Colegio de Jesús. Ella tenía diez años cuando fueron a vivir a Buenos Aires; ingresaron al Colegio del Sagrado Corazón, en Callao y Juncal, regido por monjas. Fuera del colegio tenían profesoras de inglés, francés y bordado; sólo por diversión fueron también a una profesora de danzas españolas.

Las tres son muy lectoras. Carmen Rosa cuenta que la enloquecían los cuentitos "Calleja". Luego, aunque no entendía mucho, leía P.B.T y Caras y Caretas. Para el viaje en barco le regalaron Robinson Crusoe y leyó Las Mil y Una Noches que llevaba su padre. Al recordar el regreso de Europa, dice: "La lectura fue un lujo de aristócrata, como también el derecho de actuar y resolver. El de pensar no existía" (p. 123). Y también: "Siempre he leído con mucho placer" (p.12). Zulema recuerda que al cumplir siete años le regalaron El Tesoro de la Juventud, y al entrar a la escuela, junto con los útiles, el padre le compró una gruesa de cuentos "Calleja". En la adolescencia, pasó a leer poesía, varias novelas de Hugo Wast, Pablo y Virginia, María, "y poco a poco, cuanto libro caía a mi alcance". Le atraía todo en la biblioteca familiar; a veces se "animaba, furtivamente, a leer algunos capítulos". Descubrió que algunos libros desaparecían a veces de su sitio, "sin duda la providencia de mi madre que iba siguiendo los pasos de sus hijas preadolescentes y se sentía obligada a preservarnos de este mundo -¿ficticio?- que se había instalado en su hogar" (p.84). La literatura le permitió conocer mundos ajenos, la diversidad de sentimientos y conductas humanas, las perversiones y altruismos (p. 85).

Aunque Margarita no consigna sus lecturas, sí refiere que las hace, que le atrae la poesía. Siendo jovencita, una de sus tías la alienta a escribir pues tiene aptitudes para hacerlo. Más tarde Margarita se ocupa de ordenar los papeles de su padre y escribe numerosas notas destinadas a colaborar con el biógrafo de éste.

Lo religioso tiene también un lugar en las tres memorias. Carmen Rosa escribe en una carta a su sobrina: "Yo me he criado en un ambiente sumamente católico, así eran por tradición mi abuela, mi madre y toda la familia. Cuando era joven encontraba innecesaria tanta religiosidad, pero ahora la bendigo, es una de las mayores riquezas que se puede tener" (p.136). En su relato se incluyen muchas prácticas religiosas familiares, desde la fundación de una capilla con la imagen de la Virgen de La Merced que hoy está en la iglesia parroquial de esa localidad, pasando por todas las devociones de su abuela, hasta las importantes donaciones que hacía uno de sus tíos, viudo y dado a una buena vida, "quizá para descargo de su conciencia" (p. 31). Zulema mira con cierta ternura y comprensión su religiosidad de niña y adolescente, pero con algún rechazo del temor y las exageraciones que la acompañaban. Da cuenta del anticlericalismo de su padre, vinculado al laicismo con que se presentó el radicalismo en su primera época. Su novio también era radical y ella menciona sus ideales cívicos pero no una inclinación religiosa. Aunque en otros libros hace mayores referencias, en estas memorias son escasas. No se percibe su vivencia piadosa actual. La religiosidad de Margarita, en cambio, es vigorosa a lo largo de toda su vida, igual que la de sus padres, y la manifiesta con mucha naturalidad. En el libro incluye numerosos pensamientos religiosos y oraciones, sus afanes por la capilla del Luracatao, y sus donaciones a la Iglesia, además de un capítulo dedicado a la Salta religiosa y, en especial, la devoción del Milagro.

Zulema y Margarita cuentan sus respectivos noviazgos y sugieren más o menos claramente su falta de información sobre el sexo y la vida matrimonial. Ambas estaban muy enamoradas y habían depositado una gran confianza en sus respectivos novios, bien acogidos por sus familias.

También tienen en común una detenida referencia a cuestiones domésticas: las tareas de lavado, el planchado; a ambas sus madres les cosían los vestidos; prestan atención a la alimentación de los niños pequeños y a las comidas; tenían niñeras que les contaban historias fantásticas y habitualmente chofer para los automóviles familiares. Carmen Rosa dice que nunca fue vestida sino por su abuela o su tía, aunque en la casa había numeroso personal de servicio. Ella recuerda también el uso de carruajes.


Respecto al servicio doméstico, Margarita es la que tiene más amplias referencias –primero, por el volumen de su relato-. Ella trata con mucho respeto a las chicas de servicio, como las llama, y se refiere a ellas hasta casi con afecto. Cuenta cómo su madre trataba a las que traían de los Valles Calchaquíes, a fin de que vuelvan a sus casas más educadas, instruidas en la doctrina cristiana y con los sacramentos recibidos, y con un dinero ahorrado. Una de las empleadas estuvo cincuenta y dos años con la familia. En algún momento habla de algunos domésticos infieles de la casa de Buenos Aires; describe sus conductas pero lo hace sin inquinas. Zulema menciona a las domésticas por sus especialidades: niñera, cocinera, lavandera; lo hace con respeto sin más. Carmen Rosa, en cambio, las llama "chinitas" y si bien no muestra un abierto desprecio, las trata como inferiores con cierta compasión humillante.

Sólo Margarita atestigua haberse ocupado personalmente del conjunto de tareas domésticas: cocinar con leña, lavar la ropa a mano y demás. Lo hace cuando se queda sin servicio en la estancia "La Clarita", de General Villegas, Provincia de Buenos Aires (p.390). También cuenta que durante los veraneos en San Lorenzo, tejía cinco suéteres para cada uno de sus cinco hijos –veinticinco en total- (p.204).

Podríamos contar muchísimos rasgos comunes y no comunes a los tres relatos pero la extensión de este trabajo no nos permite hacerlo. Antes de terminar: uno de los detalles que nos llamó la atención es la referencia que hace Zulema Usandivaras al uso de la quinina para combatir el paludismo. "Las familias de más de diez hijos fueron lo común hasta promediar el año 20, en los que, tal vez por las altas dosis de quinina a la que era sometida la población salteña fuertemente castigada por el paludismo endémico, disminuyó esta fertilidad. En las mujeres la droga tenía, en cierto modo, consecuencia abortiva, que no fue claramente advertida, aunque no escapaba a la observación de quienes la consumían y que observaban sus efectos en una incipiente gestación. No sé si habrán estudios médicos al respecto, pero escuché este comentario entre las mujeres de la familia y, ahora, me pasma la inocencia con que recurrían a esta limitación de la natalidad las mismas mujeres que luego habrían de escandalizarse con las píldoras y otros métodos anticonceptivos que aparecieron después" (p. 109).

Otro dato curioso es que Zulema manifiesta que la oligarquía se valía de cualquier recurso para perpetuarse en el poder como la digitación de candidaturas (p.15), o el fraude (p. 102). La influencia ejercida por la viuda de don Sixto Ovejero, que ella menciona, también la cuenta Carmen Rosa en una de las cartas incluidas:

"Don Ángel Zerda nombró a Robustiano Patrón Costas que tenía 24 años su ministro de gobierno. En aquel entonces nadie robaba ni había ningún déficit. Era la plena época de los conservadores, en que se elegían los candidatos en consejo de familia. Delfina González de Ovejero, madre de David, le mandó a llamar a su hijo y le dijo: "quiero que sea senador Luis Güemes", y como era bien pensado, esa misma semana salió su candidatura. Después de Avelino Figueroa vino Robustiano Patrón Costas que era su primo, y fue entonces cuando comenzó la importante actuación de la familia Patrón Costas, hasta que subió Perón. Joaquín Castellanos y Adolfo Güemes fueron radicales no obstante que el conservadorismo primaba" (p.133).

En síntesis, el género autobiográfico plantea de forma particular el desafío de usar narraciones con una alta proporción de subjetividad, como fuentes historiográficas. Este desafío se enmarca, pensamos, en el problema más general del recurso y el abuso de la memoria, problema que el historiador habrá de resolver con el auxilio de la filosofía y la psicología. En el caso de estas memorias, nuestro balance es ampliamente positivo a pesar de las limitaciones que señalamos respecto a la percepción, por parte de las narradoras, de un mundo bipolar donde los señores y el servicio casi no dejan lugar para lo que hay –lo que debería haber en forma múltiple, diversa, compleja- al medio.

El pronunciado tono moralizador de Carmen Rosa y Margarita no mengua el interés de sus testimonios.

Afrontando el riesgo de romper el silencio femenino en una sociedad, nuestras tres autoras hacen un aporte valioso a la historia de Salta cuya documentación es tan escasa y ha sido tan sistemáticamente destruida. Son notarias de un mundo que se fue; sólo Carmen Rosa parece un poco inquieta por ello. Como sugiere Mannheim, sus actitudes introspectivas pueden ser leídas como funciones sociales.

Finalmente habremos de decir que, si estos relatos son bienvenidos como fuentes historiográficas, no por eso llenan el espacio de voces femeninas: quedan muchas, muchas mujeres sin voz.


NOTAS

Esto lo afirma el investigador mendocino Alfonso Sola González, quien por primera vez llamó la atención sobre la importancia del raro libro Las Aventuras de Learte (1927). Córdoba, Archivo de Gobierno. Documentos Históricos Coleccionados por el P. Grenón S.J. Sección Literatura. Tomo Cuarto.

Parte de estas memorias transcurren en Salta en el momento que se produce la expulsión de los Jesuitas.

Se puede completar la lista de memorias con los libros: Viaje alrededor de mí misma, de Ana María Giacosa (1982) Buenos Aires, Ediciones del Mar Dulce; Memorias de una familia. Los Ivanissevich en la Argentina, de Magda Ivanissevich de D’Angelo Rodríguez (1996). Una mujer sola, de Lita Arroyo (1997) Salta, Víctor Manuel Hanne; y Ni gordas ni flacas, apetitosas, de Nora Lobo de Moncho (2000) Barcelona, Ediciones Destino.

Aunque este trabajo procura centrarse en Salta, no queremos dejar de señalar que los recuerdos de Carmen Rosa se amplían a sus vivencias en Buenos Aires e Italia, y los de Margarita a Buenos Aires (Capital), General Villegas, San Isidro y Punta del Este. Las tres refieren viajes.

Adolfo Prieto. La literatura biográfica argentina. (1966) Buenos Aires, Editorial Jorge Alvarez.

Gregorio Caro Figueroa. "Escritura de salteñas". En Agenda Cultural, Diario EL TRIBUNO, Salta, 30-7-00. La mención de epistolarios y diarios íntimos no es ociosa: además del creciente interés que suscitaron en la historiografía de las últimas décadas, recientes hallazgos nos comprometen a ocuparnos de ello más adelante.

Silvia Molloy. Acto de presencia. La escritura autobiográfica en Hispanoamérica. (1996). México, Fondo de Cultura Económica.

Georg Misch. El problema de la verdad en la autobiografía. Cit. Por Prieto, ob.cit. pág. 14.

BIBLIOGRAFIA SUMARIA

Edel, León. Vidas ajenas. Principia Biographica. (1990) Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.
Molloy, Silvia. Acto de presencia. La escritura autobiográfica en Hispanoamérica. (1996). México, Fondo de Cultura Económica.
Prieto, Adolfo. La literatura biográfica argentina. (1966) Buenos Aires, Editorial Jorge Alvarez.
Sola González, A. "Una novela autobiográfica del siglo XVIII", en Capítulos de la novela argentina (1959). Mendoza, Biblioteca San Martín. Cit. Por Javier de Navascués. "Desarraigo y primeras huellas picarescas en América: Fracasos de la Fortuna de Miguel de Learte". Actas del XXIX Congreso del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana. Tomo II (Vol. 1).