Si todavía viviera don Fernando Lázaro Carreter, seguramente hubiera dedicado uno de sus certeros dardos en la palabra a lamentar el empobrecimiento de la lengua propiciado por algunos tecnófilos de hoy en día: los que creen que la economía de palabras es un valor emergente en la revolución tecnológica que vivimos.
Son los que proponen un castellano de paleta reducida y nos invitan a deshacernos de palabras inútiles o sobreabundantes. Hablamos, cómo no, de aquellos enemigos declarados de la verbodiversidad.
Estos amantes de la economía verbal van aún más allá y se preguntan ¿por qué no abreviar también aquellas palabras que nos resultan incómodamente largas? Al parecer, los nuevos linces tecnológicos y los gurús de los mercados ya vienen preprogramados desde el útero con un atributo "maxsize" con valor "5" que evidentemente no les deja lugar en su estructura mental para pensar con palabras y conceptos que tengan más de cinco letras.
La propia palabra información es estúpida e inútilmente larga, lo mismo que tecnología. No hablemos ya de demostración o de promoción. ¿A qué tanto palabrerío? ¿Para qué poner acentos? El acento ya no se usa: es disfuncional, atávico y destruye la estética de las bases de datos. No hay UTF-8 que valga. Ya ni los publicitarios usan los acentos, salvo para escribir tomáte cuando quieren invitarnos a tomar una sopa. No vaya a ser cosa que escribamos tomate y alguien confunda una exhortación a beber con el rojizo y pulposo cítrico del mismo nombre.
Datos es una palabra que sólo se usa ya en el argot burrero (un "dato" o una "fija"). Lo auténticamente chic es decir data y a veces es preferible atribuir esta modalidad a la creciente ola de perspectiva de género que como fresca brisa oxigena nuestras prácticas lingüísticas con pretensiones igualitaritaristas.
Tan igualitaria es esta perspectiva que al parecer la repugnante palabra machismo está camino de alcanzar el mismo sublime y poético significado de feminismo, que tan buena prensa tiene entre nosotros.
Podríamos seguir con ejemplos como este hasta el infinito, pero no quisiéramos dejar pasar la oportunidad de proponer a los nuevos académicos sustituir la arcaica y desagradable palabra proxeneta por la más breve y sonora proxy.
Si todo sigue este camino, la farragosa y laberíntica lengua de Cervantes quedará reducida a un conjunto más o menos afortunado de monosílabos y bramidos guturales.
Por lo que ¡ánimo! Que esos mensajes que nos llegan anunciando que nos mandan un demo (*) con toda la data de la info de la promo del combo no tardarán mucho en ser reemplazados por algo más breve, más rico e infinitamente más descriptivo.
Así como evoluciona nuestro cerebro, así evoluciona nuestro lenguaje.
Así como hay una pléyade de científicos que luchan con tesón para librarnos a nosotros y a los que vendrán de los horrores del cambio climático, ¿quién nos protege del cambio lingüístico?
Algunos imbéciles están deforestando nuestro frondoso idioma y condenándonos a un desierto en el que la arena es sustituida por medias palabras.
(*) Neologismo aceptado por el diccionario de la RAE como versión demostrativa de un programa informático o de una grabación musical utilizada con fines de promoción, es decir un demo para una promo. ¡Estamos todos locos! Y los académicos también. Tampoco es que podamos fiarnos mucho de un país en donde usa el jarguar (hardware) para ver una página güed (página web) en un sitio punto con (punto com) para enterarnos cómo está la metereología (meteorología) en los areopuertos (aeropuertos).
Un demo con la data de la info de la promo (del combo)
Iruya.com
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