Desde el 1 de febrero de 1997

    El día que murió Güemes

    El 17 de junio de 1821 expiraba, en las afueras de la ciudad de Salta, Martín Miguel de Güemes. Estaba en ejercicio del gobierno provincial, al que había accedido en 1815 por decisión popular unánime, que en un acto sin precedentes lo ungió gobernador como afirmación de su ascendiente sobre las masas y como rechazo a la política del círculo porteñista. Le había sido confiado además el supremo mando del Ejército de Observación sobre el Perú en agosto del año anterior, por aclamación de los oficiales sanmartinianos, y con ellos debía reunirse aquel año fatídico de su muerte en la ciudadela de la dominación absolutista: Lima.

    Era Güemes, pues, un soldado de la causa de la emancipación en la unidad de Hispanoamérica y no un solitario vigía de una frontera que no trazara él, sino que será producto de esa misma política que lo hostilizó en vida, lo denigró de muerto y aspiró a colocarlo en la larga lista de proscriptos de la historia. Había rechazado desde 1810 a las partidas realistas comandando las milicias gauchas y sus fuerzas regulares, y caía ahora en manos de una partida realista llegada a Salta en la noche del 7 de junio de la mano de alguno de aquellos comerciantes que en mayo del año 21 se levantó contra su "abominable tiranía".

    El joven oficial caído en su lucha a los 36 años, protagonizó un capítulo fundamental en la lucha por la emancipación nacional. Situado en un espacio clave para los planes de reconquista española debió soportar, a partir del momento mismo en que sus gauchos lo ungen gobernador, la oposición de sus enemigos internos que compartía la común indiferencia y hostilidad porteña, y soportar el peso del asedio godo sobre esa posición clave. Su muerte cambió el rumbo de la historia: no pudo reunirse con San Martín y contribuir a precipitar la caída del poder realista, y se clausura la posibilidad de que la antigua hermandad de las provincias altoperuanas no se extinga por obra de una política de "patria chica".

    ¡Qué paralelas aquellas existencias de Güemes y Artigas! No sólo porque hicieron de la causa emancipadora una empresa de las masas movilizadas, no sólo porque uno enfrentaba al godo y el otro al portugués invasor, ni porque a uno se declaraba "reo de Estado" y al otro el porteñismo ponía precio a su cabeza. Paralelas también porque cuando ellos desaparecen y el pueblo que los acompañó es derrotado junto a ellos, se impone la política de las bambalinas diplomáticas. Y el escenario del americanista Artigas, del rioplatense Artigas, se convierte en el Uruguay, y por otras razones, el Alto Perú se convierte en Bolivia.

    En 1821 cuando muere Güemes, Bernardino Rivadavia archivaba los suplicantes pedidos de éste para equipar la fuerza auxiliar al Perú; hacía ostentación de gastar cien mil pesos en un inútil pozo artesiano mientras en Salta se arañaba la tierra para recaudar cuatro mil pesos mensuales. El enviado de Güemes, el jefe gaucho Uriondo, era tratado como un cónsul más de un país extranjero. Y si Rivadavia quería poner fin a la "noche de fieros caudillos" no pudo menos que decir su prensa ante el asesinato de Güemes que imponía el perpetuo luto de sus gauchos por el jefe venerado: "Murió el abominable Güemes al huir de la sorpresa que le hicieron los enemigos. Ya tenemos un cacique menos".

    Los enemigos de Güemes habían visto coronados así sus esfuerzos por acabar con éste. Las conspiraciones de 1817, 1812, y 1820 epilogaban así de la forma más violenta. A los pocos días de su muerte uno de esos doctores que él despreciaba atribuía ese crimen a que la Divina Justicia había escuchado los clamores contra "un déspota tirano que había formado el diabólico proyecto de construir su fortuna sobre la ruina de los más honrados ciudadanos".

    La oposición a él que inundó de libelos el Alto Perú para minar su creciente ascendiente en las masas. Güemes también pudo decir en esto como Artigas al verse atacado por el pasquinismo porteño: "Mis paisanos no saben leer". La preparamos para recordar el 155° aniversario de la muerte de Martín Güemes sobre lo que dijo José María Paz: "Tuvo la gloria de morir por la causa de su elección, que era la de la América entera" (Fernando Aragón)

    "La compañera" de Güemes

    En 1815 Martín Güemes tiene 30 años. En mayo ha sido electo gobernador por el voto popular y por decisión libre de la provincia. Mantiene por esos días el conflicto con Rondeau y la negativa de los hacendados jujeños a aceptarlo como gobernador -por entonces Jujuy era un distrito subordinado a Salta-. En los primeros días de junio del mismo año Güemes se casa con una bella niña: Carmen Puch, hija de un hacendado de la frontera y leal colaborador de Güemes. Según la pluma de Frías "era la mujer más bella de su tiempo; de color blanco, de cabello rubio y abundantemente crespo; sus ojos de un azul profundo, su estatura más bien baja: tenía una bondad tan elevada como su hermosura". Le dio tres hijos y sobrevivió a Güemes unos pocos meses, pues se dejó morir. Tenía apenas 25 años entonces y había secundado al caudillo desde que sólo tenía 15. En 1820 debió ponerse a salvo de una numerosa partida realista y cabalgar grávida y con sus hijos pequeños Martín y Luis, hasta llegar a la casa paterna. El testimonio de Juana Manuela Gorriti ha dejado uno de los aspectos menos conocidos, pero de gran significado humano, de la vida de Güemes y "su compañera", como ella firmaba sus cartas.

    Pasión de Carmen Puch

    Le escribía a Güemes: "Mi vida, mi cielo, mi amor por Dios cuídate mucho, y no te vayas a estar descuidando". Se preguntaba en su retiro por él hasta que le llegó la noticia de la incursión realista en Salta que abatió a ese bravo soldado de la emancipación. Dice la escritora Gorriti: "Carmen fijó una mirada suprema, indescriptible, en el inmutado rostro de mi madre, exhaló un suspiro que todavía resuena en mi corazón, y cayó al suelo cual si un rayo la hubiese herido".

    Luego exclamó: "Adiós mísera vida, tan llena de dolores, aunque tan corta. Yo no podría vivir sin mi Martín y Dios me llama cerca de él. Y sin escuchar a su padre ni a sus hermanos que la rodeaban llorando -dice la Gorriti-, cortó su espléndida cabellera, cubrióse de un largo velo negro, postróse en tierra en el sitio más oscuro de la habitación y allí permaneció hasta su muerte, inmóvil, muda, insensible al llanto inconsolable de su anciano padre, a las caricias de sus hermanos que la idolatraban, a los ruegos de sus amigos y a los homenajes del mundo, alzando sólo de vez en cuando su luctuoso velo para besar a sus hijos: cual una sombra que apartando las nieblas de la eternidad volviera un momento a la tierra, atraída por el amor maternal". Meses después moría a lo que agrega la escritora: "Su deseo se había cumplido: había ido a reunirse con su esposo". (Juana Manuela Gorriti, en "Revista del Paraná", 1861)

    Los gauchos le lloran

    Muerto Güemes sus restos permanecieron sepultados en la capilla del Chamical. Las pasiones que desecadenó su muerte y las represalias contra sus seguidores resonaron por años en aquellas tierras. Tal fue la dureza de esa lucha que recién al año siguiente -luego de 17 meses de su muerte- sus restos pudieron ser depositados en la ciudad de Salta. Este hecho es escasamente conocido y recién hace un par de años atrás pudo conocerse la descripción que hizo de él el doctor Bernardo Frías. Ese hecho es el más expresivo del espíritu del pueblo que siguió fervientemente a Güemes y mantuvo siempre encendido en el humilde hogar el fuego de ese recuerdo. Que hable Frías, pues y descubra la verdad de este acto.

    Entierro de Güemes

    El 14 de noviembre de 1822 bajo el gobierno del doctor José Ignacio de Gorriti, un güemista moderado más bien conciliador, se celebran las honras fúnebres para depositar sus restos en la Iglesia Catedral "para hacerle el entierro con toda aquella decencia que merecían sus notorios y distinguidos servicios", decía el cura Francisco Fernández.

    "Acudieron a la fúnebre ceremonia -dice Frías- escuadrones de gauchos de todos los puntos circunvecinos de la ciudad… Todos éstos y el magistrado, vestidos de gran parada, iban a caballo, seguidos de una gran porción de gente del pueblo y de los alrededores que querían honrar las cenizas del general de la manera más expresiva." Se encaminaron al Chamical en busca de los restos de Güemes. "Llegados al punto -prosigue-, dieron la vuelta a la ciudad conduciendo a pulso el ataúd cubierto con el traje, la espada, y demás insignias del glorioso difunto… Era por cierto conmovedor contemplar a aquellos hombres, unos a pie, otros a caballo, seguir la marcha descubiertos, con el sombrero en la mano. Se traslucía visiblemente en su semblante la penosa impresión que les atormentaba el espíritu."

    Llegan a la ciudad

    "Una vez que llegaron a las cercanías de la ciudad, la grandiosidad del sentimiento público tocó los últimos extremos, dando lugar a la escena más tierna y conmovedora... Cuando se aprestó a sus ojos la cabeza de la columna y dieron en ella con la caja que encerraba los restos de quien tanto habían amado, la impresión rompió los diques de la compostura, y aquella multitud entró en la ciudad llorando a gritos."

    "Concluidas que fueron las exequias, entre las once y doce del día, se abrió en el suelo -como era entonces la costumbre- la sepultura, delante del altar mayor: y... ‘Nadie quedó en su casa, nos referían los ancianos, sin asistir aquel día a los funerales de Güemes''. Hasta alguno de sus enemigos más enconados lo hicieron, refiere Frías, pero movidos por "el temor de que la masa del pueblo profundamente conmovida, y más que ella, las tropas de gauchos reunidas ya armadas y presentes en la ciudad, sintieran el terrible deseo de la venganza contra aquellos a quienes inculpaban de la muerte del idolatrado caudillo."

    Frías concluye diciendo que la "gente decente" temía represalias de los gauchos tal como aconteció en la noche en que las casas de los hombres del Partido da la Patria Nueva eran requisadas por la muchedumbre. La prensa de Buenos Aires volvió a ridiculizar a Güemes en esa ocasión y no respetó siquiera su memoria cuando supo del acto piadoso y reparador del traslado de sus restos, llamándole "el Sancarrón Güemes".

    Otro era el sentimiento del pueblo que desde los más distantes rincones de las regiones donde había ese caudillo levantado las conciencias de los campesinos e infundido el sentimiento de su valor como genuino defensor de la Patria que nacía. "Pueblos enteros, que de largas distancias habían venido para tributar al grande hombre su ofrenda de lágrimas y plegarias", dirá alguien. (Bernardo Frías Historia de Güemes, Tomo V, página 270 y siguientes.)

    Recuerdos de un veterano

    Dos testimonios poco conocidos recrean con fuerza el cuadro de aquellos días en que un pueblo perdió a su jefe y conductor. En 1883 se publicaron los Apuntes Históricos cuyo autor era un veterano de las guerras de la Independencia y que habla revistado en las fuerzas de Güemes. Don Zacarías Antonio Yanzi, tal su nombre, se propuso dejar algunos recuerdos de esas luchas y lo hizo a los 80 años.

    Yanzi describió los momentos previos y el clima político que se vivió días antes de la muerte de Güemes y el estado del ánimo de sus gauchos después del doloroso episodio.

    La oposición

    Recuerda Yanzi que los autores de la "revolución del comercio", que, a fines de mayo de 1821, depuso a Güemes mientras éste se encontraba al frente de sus tropas: tuvo por autores a "todos los ciudadanos más importantes que componían el comercio del país". Pero que aquel movimiento sedicioso produjo un sentimiento opuesto al buscado por sus autores, ya que el afecto del paisanaje hacia su caudillo se hizo más notable que nunca". Luego de sostener que el asesinato fue consumado por la espalda dice que las tropas entraron a la plaza de Salta a la madrugada siguiente "a son de dianas y vivas al Rey de España". En la campaña los gauchos y el pueblo atinaban a encontrarse en los sitios habituales: "se buscaban, se aconsejaban, se interpelaban con las muchedumbres".

    El dolor del pueblo

    Prosigue Yanzi diciendo: "A los acreedores de la ciudad se replegaban entretanto que masas enormes de paisanos, que en buenos y malos caballos, llegaban a mérito de la triste noticia extendida a todas partes de la muerte de Güemes". Otro testimonio es el de F. de Oliveira Cezar que editó en 1895 en el sello de Félix Lajouane su Güemes y sus Gauchos. Lo que dice Cezar refuerza a Yanzi.

    Con Olañeta

    "Entre los enemigos del caudillo salteño, muchos que no se le presentaron (después del fracasado movimiento sedicioso) fueron a parar al campamento de Olañeta, que operaba sobre las fronteras del Alto Perú, y le pusieron en conocimiento minucioso de cuanto ocurría en la heroica ciudad de Salta". Llegados los miembros de la partida adelantada del Barbarucho -antiguo capataz en los arreos de mula del negocio privado de Olañeta- se había visto en la ciudad "algo como un reflejo de armas" en la tarde del 7 de julio. Güemes dictaba sus cartas y disponía medidas para ajustar la organización de la fuerte destinada a apoyar a San Martín y sublevar los pueblos del Alto Perú. Benito Dozo y Mauricio Refojo, su secretario y ayudante lo acompañaban. A la noche al escuchar disparos sale pero en la espesura de la oscuridad de invierno se ocultaban las partidas de Olañeta que habían cercado a Güemes. Dispuesto a hacerles frente y pasar a reunirse con sus soldados saltó al caballo "Inclinando su cuerpo sobre el lomo de su caballo para ocultarse de las descargas, y partió al galope", Una bala lo hirió mortalmente y durante diez días agonizó en las afueras de Salta haciendo jurar a sus soldados que no desmayarían hasta dejar libre el país de godos. (Oliveira Cezar "Páginas Americanas", 1895)

    Güemes "cacique"

    La prensa porteña era fiel reflejo de los sentimientos del gobierno rivadaviano hacia la lucha del Interior que trabajaba desde 1820 por sostener con sus propios recursos la empresa de San Martín en el Perú. Especialmente Salta -devastada por siete invasiones realistas- movilizó a todo el pueblo para ese auxilio. Es así que al recibirse las primeras noticias de los conflictos internos entre Güemes, el titulado presidente de la República del Tucumán, Bernabé Aráoz, y el partido de la oposición salteña, la prensa toma partido por estos dos últimos.

    El vocero oficial del gobierno, la "Gaceta de Buenos Aires", recibe a fines de Julio de 1821 las noticias de la rebelión del comercio que Güemes desbarató con su sola presencia. Incluía cartas "de un salteño apreciable" celebrando los contratiempos de Güemes e informando que tales noticias obraban ya en poder de los jefes realistas en el Perú. Las actas y manifiestos de aquella "revolución del comercio" ganan las columnas del diario dirigido por Manuel Antonio Castro, quien habla sido maestro de Güemes en su juventud.

    Uno de esos oficiosos corresponsales decía: "Mi estimadísimo amigo: Acabaron para siempre los dos grandes facinerosos: Güemes y Ramírez. El 1° está ya enterrado en la capilla del Chamical, y el 2° acaba de perecer a manos de los bravos santafecinos en acción de anteayer". Y luego batía palmas por la acción de Olañeta el que, aseguraba sin rubor, "quiere llevar el estandarte de la libertad a los mismos pueblos que ha oprimido por diez años".

    En otra carta fechada el 22 de Junio se decía: "Ayer por la tarde llegó el cirujano Castellanos con la noticia de la muerte del abominable Güemes", y remata diciendo: "Olañeta desea tratar con cualquier jefe que no fuese Güemes, para reconciliarse con la Patria".

    Y de su propia cosecha añadía la maligna pluma: "Ya tenemos un cacique menos que atormente el país; y parece que a su turno van a caer los demás monstruos que han destrozado sus entrañas, reduciéndolos al horrible caos de anarquía en que estamos envueltos". El editor al regocijarse con la noticia no puede menos que ceder a la tentación de cargar más las tintas: "El cielo bendice vuestros trabajos, pues ya son manifiestos y sensibles sus efectos".

    A los pocos meses dejaría de aparecer la "Gaceta de Buenos Aires" y en su despedida dejaba otra pieza documental de este hecho: "Se sabe por los viajeros que Olañeta ha dejado a los emigrados internarse libremente al Perú, y que aún ha socorrido con su dinero a algunos". ¿Serían esos -además del crimen- los "trabajos" que bendecía el plumífero? ("Gaceta de Buenos Aires", Tomo VI. Edición facsimilar, páginas 553 y ss.)

    Razón de un armisticio

    El cónsul norteamericano John Murray Forbes en sus habituales Informes al Departamento de Estado Norteamericano daba cuenta a Quincy Adams en el fechado el 2 de setiembre de 1821, sobre el asesinato de Güemes y la posesión de la plaza de Salta por parte de las fuerzas realistas bajo el mando de Olañeta. Anteriormente la "Gaceta de Buenos Aires" había insertado los informes oficiosos de "un sujeto respetable" sobre el mismo episodio.

    Forbes decía a Adams: "El gobernador Güemes ha sido asesinado", agregando una valiosa apreciación para desnudar el real móvil del complot sólo comprensible teniendo por referencias los antecedentes de la oposición local del caudillo y las consecuencias de su desaparición. "El 14 de Julio se concluyó un armisticio en la ciudad de Salta, entre Olañeta y los comisionados designados para representar a la Provincia. El propósito ostensible (subraya Forbes) de este armisticio, es mediante el acuerdo de ambas partes, retirar sus tropas y dejar que el pueblo elija a un nuevo gobernador y Diputados el Congreso General.

    El motivo real, se sospecha, que mueve a Olañeta, es el deseo de aprovechar la oportunidad de aumentar una fortuna ya en formación, permitiendo el libre intercambio entre las Provincias, cuyos mejores frutos acrecerían su peculio privado." (J. M. Forbes "Once años en Buenos Aires. 1820-1831", página 128, Ed. Emecé, 1956.) No se equivocaba al parecer Forbes, ya que aquel armisticio contemplaba la posibilidad de reanudar el comercio de los elementos más necesarios para el ejército español a la vez que estipulaba el compromiso del gobierno de Salta -ahora en manos de los opositores de Güemes- a no permitir el tránsito de las fuerzas que San Martín esperaba para operar sobre Lima.

    Artigas, Güemes y de Herrera

    Una circunstancia poco conocida y por demás significativa es el homenaje de don Luis Alberto de Herrera, caudillo oriental del Partido Blanco y heredero de la tradición artiguista, a la figura de Güemes, enlazando esa epopeya con la del caudillo de la campaña Oriental y del litoral argentino. Si bien no está aún aclarada la circunstancia de este homenaje y los autores que lo rescatan del sospecho olvido no reproducen su texto, seguramente por tratarse de una improvisación.

    El biógrafo de Herrera, Eduardo Víctor Haedo, en su libro "Herrera. caudillo oriental" afirma que aquel "pronuncia memorables discursos en la inauguración del monumento a Güemes en Salta, y de Urquiza en Paraná. Había estado en Tucumán, representando a la juventud en los días del Centenario". Seguramente equivoca la circunstancia del homenaje, ya que el monumento a Güemes en Salta fue inaugurado en 1931 por el presidente Uriburu. aunque ''la iniciativa había sido del gobierno radical. Una curiosa circunstancia rodeó a este acto, ya que Uriburu tenía entre sus antepasados a los prominentes dirigentes de la fracción opositora a Güemes.

    Pero además de ello, los descendientes de Güemes militaban en el radicalismo caído por su obra en septiembre del año anterior. Cuando Uriburu llegó para inaugurar el monumento el doctor Adolfo Güemes estaba preso en Buenos Aires por su actividad en la UCR. En tanto que los descendientes del caudillo se negaron, por esa razón, a recibir de manos de Uriburu las condecoraciones que debía entregarles y, también, a recibir a Uriburu.

    Testimonio directo

    Más verosímil parece que las palabras de Herrera se hayan volcado en 1921 en ocasión del acto central que organizó el gobernador Joaquín Castellanos. Así lo recuerda un historiador de Salta, profesor Juan Manuel de los Ríos, quien evoca aquel acto donde habló un historiador y caudillo rioplatense. "Estaban allí delegaciones de todas las provincias y de naciones vecinas. El ambiente era solemne y tenso. Entre los oradores de aquella velada inolvidable subió al escenario un joven uruguayo de no más de 35 años, cuya emocionada palabra traía el saludo de los gauchos orientales para Güemes, "paladín de los gauchos americanos". Relató sus campañas revolucionarias siendo niño, bajo la dirección de aquel legendario patriota de principios de siglo que se llamó Aparicio Saravia".

    Habla Herrera

    "Ese Joven -prosigue de los Ríos- era Luis Alberto de Herrera, notable escritor y futuro presidente de la República (aquí comete un error el narrador, pues no lo fue) Habló del campesinado uruguayo y sus luchas. De los blandengues de Artigas. De la Invasión portuguesa, de los 33 Orientales y, sobre todo, de Leandro Gómez, el héroe de Paysandú, expresando que a pesar de aquella guerra absurda, que desembocó en la más absurda de todas, la del Paraguay, ellos, los blancos herederos de Artigas y Lavalleja, de Oribe y Leandro Gómez, se sienten hermanos nuestros, porque nunca han olvidado el origen y el hogar común. Y en cuanto a Güemes, lo calificó también de víctima, como aquellos jefes uruguayos de la dictadura política de Buenos Aires" (De Güemes leyenda y realidad, 1966.)

    Joaquín Castellanos (1861-1932), gobernador radical dé Salta y popularizado por su poema "El Borracho" fue, además, un agudo pensador de la realidad nacional y un apasionado de su causa. Durante su actuación como gobernador recordó y reivindicó para siempre la figura de Martín Güemes. Había invitado su gobierno a prominentes figuras como Estanislao Zeballos, Juan B. Terán y Ricardo Rojas. Había fundamentado el decreto de honras populares al caudillo en "su acción protectora de las clases desvalidas" y lo situaba como un precursor genuino en Hispano América del movimiento "en favor de la nivelación moral de las clases sociales, el de rehabilitación de los trabajadores del campo".

    En 1921 se cumplía el centenario de la muerte de Güemes y Castellanos pidió a la Legislatura la sanción -a modo de homenaje tangible a esa memoria- la sanción de leyes protectoras del gaucho, el indio, los trabajadores rurales, la llamada "Ley. Güemes"; la creación del Departamento Provincial de Trabajo y la Ley de Riego. Sugería al gobierno de la Nación la inauguración, en consonancia con ello, del Ferrocarril a Huaytiquina. No se escapaba tampoco la iniciativa de editar la obra del doctor Bernardo Frías, el historiador de Güemes.

    Castellanos dejó dos trabajos suyos sobre Güemes, partes inconclusas de un libro orgánico. Son ellas un discurso en Salta y, hacia el fin de su vida, otro cuando dictaba su cátedra en la Universidad del Litoral. Estos son algunos párrafos de esa visión de Castellanos. Su idea en lo histórico está emparentada, de algún modo, a aquella síntesis de Jauretche cuando dijo: "El caudillo es el sindicato del gaucho". Para Castellanos: "El movimiento popular llamado caudillaje, en nuestra historia, ha sido una forma de la democracia".

    El estadista

    Refiriéndose a Güemes decía Castellanos: "Fue también estadista. Sus convicciones de ciudadano, de soldado, de patriota, manifestada en sus hechos, en documentos públicos y en su propaganda de director de los espíritus, contienen los principios fundamentales del Federalismo argentino, tal como está legislado en nuestra Constitución, asegurando, no la subordinación de los Estados al Poder Central, sino afirmando la unión nacional a base del equilibrio de los poderes que representan la soberanía general…"

    Güemes y lo social

    Decía sobre ello: "El estado político y social creado por Güemes en Salta, de equilibrio entre la clase capitalista y la clase asalariada, plantea un gran problema y ofrece la forma de resolverlo en condiciones satisfactorias para los intereses más vitales de la nacionalidad". Invocando a Güemes añadía: "Necesitamos tu evangelio de Justicia social para salvar la nacionalidad". Explicando el origen de la oposición inflexible del grupo "decente" de Salta a la política de Güemes escribía: "Para no pagar impuestos de guerra pretendieron recobrar sobre los gauchos el injusto predominio tradicional de los patrones y terratenientes, de que Güemes había librado al paisanaje que peleaba por defender la Patria".

    El llanto colectivo

    Más severo es Castellanos cuando juzga este hecho. Afirmando desde el principio: "Su inmolación fue la consecuencia de una alianza de los enemigos externos con los adversarios internos". Para luego explicar la conducta de la menoría que enfrentaba a Güemes así: "La porción de esa clase -la llama "capitalista"- que entonces, como ahora aquí, como en todas partes pretende que se haga patria sin gastar, llamó en su auxilio al ejército realista, consumando una traición que sólo por ser de muchos no se ha individualizado con los caracteres odiosos de la de Judas". Lanzaba luego una exhortación: "Para continuar su acción, los herederos de su ideal republicano, federativo y democrático, tendremos que luchar y vencer a los realistas eternos, que hoy como ayer, operan en alianza con los eternos Barbaruchos" (Barbarucho era el contrabandista que guió a la partida realista que entró a Salta y abatió a Güemes)

    Aludiendo a la consternación que acompañó por años a sus gauchos, ahora desolados y sin su protector, terminaba Castellanos: "Aquel inmenso llanto colectivo ya no se escucha; pero no ha cesado".

    * Fernado Aragón, seudónimo de Gregorio A. Caro Figueroa. Aquí reproduce el texto sin modificaciones. Transcurridos 30 años de su publicación, el autor deja constancia que ha modificado las opiniones que allí expuso y que rectificó errores de información. Este artículo fue publicado en el número 40 de la revista "Crisis", Buenos Aires, agosto de 1976. Los ejemplares de ese número fueron retirados de circulación y destruidos. Ese fue el último número de "Crisis", clausurada por la dictadura del "proceso". El texto sobre Güemes se incluyó en páginas 53 a 56. En ese número se publicaron textos de Santiago Kovadloff, Héctor Tizón, Eduardo Galeano y Vicente Zito Lema. Invitado por Aníbal Ford, jefe de Redacción de "Crisis", Caro Figueroa también escribió un texto sobre Güemes, que debía editarse como último "Cuaderno de Crisis", lo que no ocurrió por la clausura de esa editorial, el secuestro de su editor y la desaparición de varios de sus empleados y colaboradores. Un mes y medio después de publicado este número 40, Gregorio Caro Figueroa inició un largo exilio en Madrid.

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