Desde el 1 de febrero de 1997

    A 40 años del derrocamiento del presidente Illia

    Golpe de EstadoTodos los golpes de Estado que se sucedieron en la Argentina a partir de 1930 se gestaron denunciando, dramáticamente, una crisis terminal del sistema institucional. Junto a tan sombrío diagnóstico, los grupos militares y civiles que los impulsaron se empeñaban en presentar esas rupturas como remedios únicos y extremos para curar una enfermedad que, al sobrepasar la esfera política, amenazaba extenderse a todo el cuerpo de la Nación.

    El derrocamiento del presidente constitucional Arturo Illia se inscribe, con rasgos agravados, dentro de esa corriente golpista que en los últimos treinta años, incluyendo el golpe de 1966, no sólo había arrastrado a cinco presidentes constitucionales, sino que también había provocado el desplazamiento de tres gobernantes de facto, víctimas de las mismas maquinaciones que los habían empujado a la primera magistratura.

    Ningún golpe se asumió como tal. Para ocultar es carácter y enaltecer su misión, todos se arroparon con la palabra "Revolución". El de 1966 reforzó la seducción del término con un aditamento que antes nadie se había atrevido usar: "Argentina". No se trataba del simple relevo de un gobierno, al que habían socavado desde su inicio, sino del reemplazo del defectuoso sistema democrático por una mixtura de autoritarismo, corporativismo y modernidad, cuyo objetivo era refundar la Argentina proyectándola a un destino de grandeza.

    Según sus mentores, el fracaso de los golpes anteriores que, al fin de cada ciclo, anunciaban el retorno a la "normalidad institucional", se explicaba más por "la falta de una ideología de cambio" que por sus componentes autoritarios, por la heterogeneidad o por los conflictos en las coyunturales y cambiantes alianzas de poder. Esa carencia de ideología se expresaba en la falta de un "modelo" capaz de sustituir el esquema institucional demoliberal de la Constitución.

    Antes de lo previsto, ese régimen de facto que manifestó su intención de permanecer largo tiempo en el poder, comenzó a ser presa de la inestabilidad, el desorden y la inoperancia, factores que habían servido de pretexto a un golpismo que buscaba legitimidad en un supuesto consenso tácito o "silencioso" por parte de una ciudadanía pasiva que le habría otorgado el beneficio de la duda.

    La "Revolución Argentina" también creyó encontrar legitimidad en el apoyo, activo y explícito, de dirigentes políticos, empresariales y sindicales que cuestionaban a Illia por haber llegado con el 25% de los votos: los mismos saludaron a Onganía como "expectativa esperanzada", aplaudiéndolo cuando asumió en el Salón Blanco de Casa de Gobierno.

    El anunciado propósito de suplantar la supuesta debilidad y lentitud de Illia, por una enérgica voluntad para imponer el orden tomando fuertes decisiones, concluyó cuatro años después con el derrocamiento de Onganía, envuelto en la violencia, en un descontrol que lindaba con el caos, y en un deterioro de la economía que contrastaba con los positivos indicadores previos al golpe y que habían resultado insuficientes a una dirigencia sindical que en 1964 se había lanzado a la ocupación de 1.500 fábricas.

    Entre 1963 y 1966 la economía argentina, empujada por los buenos precios de las materias primas, mostró señales de una importante recuperación. El crecimiento promedio del 10% del Producto Bruto Interno, tenía "pocos antecedentes en todo el siglo". La tasa de desocupación pasó del 8,8%, en 1963, al 4,6% a finales del año 1965. El ingreso de los asalariados tuvo un fuerte incremento en ese período, lo que estuvo acompañado de una mayor participación de los asalariados en la distribución del ingreso.

    Sin pretender que, en aquellos años, la Argentina fuera un paraíso y sin idealizar esos dos años y medio de gobierno, los datos puros y duros indican que el país no tenía problemas de endeudamiento externo y no había denuncias de corrupción. Aunque con precios congelados, la inflación se mantuvo dentro de los niveles de los años ’60 y por debajo de los de finales de los años ‘50. En 1965 los servicios de la deuda, incluyendo intereses, ascendían a 400 millones de dólares.

    El ingreso de capitales extranjeros se redujo. La anulación de los contratos petroleros expresó una concepción económica semi autárquica equivocada. El auge comercial permitió acumular un saldo comercial favorable equivalente a un año de exportaciones, explican Pablo Gerchunoff y Lucas Llach. A pesar de que en los primeros meses de 1966 asomaran señales recesivas, la situación no era tan grave como para justificar el golpe de Estado.

    Illia llegó a la presidencia sin alianzas, contando sólo con el apoyo de su partido, en el que se encerró demasiado. Aunque ganó las elecciones con el peronismo impedido de usar su nombre y presentar candidatos a cargos ejecutivos, logrando un caudal de votos similar al que, después, llevó al gobierno de Chile a Salvador Allende, lo hizo también con el apoyo de la casi totalidad del Colegio Electoral, que entonces era el ámbito donde se dirimía la elección del presidente de la República.

    Durante aquel gobierno, por primera vez desde 1955 el peronismo obtuvo dos gobiernos provinciales, el neo peronismo tres, los conservadores otros tantos y dos el frondicismo. En casi un siglo, el de Illia fue el único gobierno que no intervino ninguna de las provincias ni las discriminó con criterios partidistas. "Todos los presidentes tuvieron a su merced a todas las provincias menos yo", dijo Illia en 1979. En política exterior se logró el pronunciamiento de Naciones Unidas sobre Malvinas, se avanzó en conflictos limítrofes y en la integración de la Cuenca del Plata.

    A fines de 1964 se había levantado la proscripción que pesaba sobre el peronismo y el Partido Comunista. En 1965 el bloque de diputados nacionales radicales que apoyaba a Illia tenía 70 bancas y el de origen peronista sumaba 52. "Algunos amigos me propusieron cambiar la composición de la Suprema Corte de Justicia y, por supuesto me negué", recordó el ex presidente. El "débil" presidente Illia nunca impuso el Estado de Sitio.

    A mediados de los años ’60, de izquierda a derecha pasando por el populismo, la consigna era "revolución" y "cambio de estructuras". El reformismo y el gradualismo dentro de los marcos institucionales estaban mal vistos: eran descalificados como pusilánimes e inviables. Según la revista "Izquierda Nacional", el gobierno derrocado "representaba las formas declinantes de un nacionalismo agrario de pequeños productores y comerciantes rurales".

    Una encuesta realizada en el Gran Buenos Aires días después del golpe, reveló que el 66% de los encuestados lo aprobaba y sólo el 6% lo rechazaba. Tomás Eloy Martínez, que en esos días entrevistaba a Perón en Madrid, recordó que entonces el líder justicialista justificó, defendió y prohijó el golpe. En agosto de 1966 Abelardo Ramos afirmó que el país "no había deseado al gobierno de Illia y lo vio caer sin sobresalto". Onganía emergía como reencarnación y mixtura de Bismarck y Julio A. Roca.

    Otros saludaron el fin de un gobierno al que cuestionaban su apego a la "ficción" democrática y constitucional, y encontraron en las primeras medidas de Onganía promisorias señales de un nacionalismo modernizador abierto a la participación de los sindicatos. Las fuerzas armadas, se afirmó, "no deben resignarse a contar con la unanimidad democrática que es una máscara inconciliable con la tarea a cumplir". La reforma es prosaica; la revolución, poética, dice Raymond Aron.

    Al carecer el país de élite conductora, las fuerzas armadas asumen ese papel para "hacer de la Argentina una potencia", escribió Arturo Jauretche. Esto restituye a los militares "el sentido histórico de su misión", añadió. La Nación y el caudillo (Onganía) "celebran su misterioso matrimonio", anotó la revista "Primera Plana", golpista sin disimulos. Si Onganía puso orden en el ejército ¿por qué no podría ponerlo en un país desquiciado?

    El país comenzó a hundirse en el abismo abierto por aquellas demandas revolucionarias empeñadas en menospreciar las señales de una situación económica mundial que, favorables a la Argentina, podían proporcionar una razonable base de sustentación a un reformismo menos estrepitoso pero quizás posible. Además de ser un emergente de la crisis argentina y, dentro de ella, de la pugna de facciones dentro de las fuerzas armadas y del enfrentamiento por sus diferentes posiciones respecto al trato que debía darse al peronismo parcialmente proscrito, el golpe de Estado de 1966 es una confusa y equivocada respuesta a los desafíos que planteaba una situación internacional cuya interpretación seguía siendo difícil a la Argentina.

    Según algunos golpistas prominentes, este golpe debía evitar incurrir en el error de otros anteriores, prisioneros de una mentalidad que se resistía a cortar con el lastre del "mito constitucional". A poco de asumir Onganía, el sector corporativista que lo apoyaba le advirtió que si se limitaba a un mero cambio de gobierno y no avanzaba decididamente en la construcción de un nuevo edificio institucional, la "revolución" estaba condenada al fracaso y terminaría en una "restauración", como pasó en anteriores golpes.

    Paradójicamente, mientras por un lado el gobierno de facto decía que era necesario iniciar un amplio y profundo debate para dibujar las líneas de esa nueva arquitectura, por el otro restringía el ejercicio de los derechos individuales, prohibía la actividad política, disolvía los partidos, destituía a los ministros de la Corte Suprema, intervenía las universidades, e imponía severas restricciones a la libertad de expresión.

    La idea de refundar el país a partir del cataclismo se propagó como endemia. El asesinato de Aramburu, que selló el final de Onganía, fue correlato de un clima de época signado por la exaltación de la violencia y el desprecio a las formas y a las normas.

    Para los generales golpistas, vivir dentro de aquel frágil Estado de derecho era "sobrevivir en una mediocridad sin futuro". Hoy, cuarenta años después, pocos dudan de que la grandeza anunciada por ese golpe sumergió al país en la peor tragedia de su siglo XX.

    Este texto ha sido publicado originalmente como editorial de la Revista Todo es Historia, de junio de 2006. Se reproduce aquí con expresa autorización de su autor.

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