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    Doña Genoveva Paz de Figueroa

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    (*) Francisco Centeno nació en Salta en 1862. Hijo de Francisco Centeno e Inés Alemán Puch. Hacia 1882, antes de cumplir 20 años, abandonó Salta para radicarse en Rosario de Santa Fe. Sus recuerdos de infancia y juventud y su trato con doña Genoveva Paz de Figueroa corresponden a los años 1872-1882. Allí se vínculó a Estanislao Zeballos, de cuya mano llegó a Buenos Aires. En 1888, avalado por el ministro Francisco J. Ortiz, ingresó al Ministerio de Relaciones Exteriores, donde fue director de la Biblioteca y Archivo de la Cancillería. A partir de 1929 publicó su obra en tres volúmenes "Virutas Históricas". Centeno murió a los 82 años de edad, en la Ciudad de Buenos Aires el 24 de agosto de 1944 (G.C.F.)

    N. de la R.: Los subtítulos de navegación que aparecen listados arriba no forman parte del original obra de Centeno. Han sido colocados para facilitar su lectura en esta web.

    Doña Genoveva Paz de Figueroa - "Reminiscencias"

    Los variados puntos de los que me voy a ocupar y por cierto con gran complacencia, vienen de muy lejos, a los que, no obstante eso, los recuerdo con toda nitidez ya que son los de los deliciosos de mis primeros años y por no padecer todavía de amnesia, que consiste en recordar episodios pretéritos y olvidarse de los presentes.

    Por tener mi casa solariega de campo a reducidos kilómetros de su residencia en su inmnsa estancia de San Agustín y ser mis padres y hermanos de la amistad de esta dama de extraordinario temple la conocí, como así mismo a sus numerosos hijos, cuyo padre fue el caracterizado caballero don Pío Figueroa (1), a quien no he conocido y de quien no tengo antecedentes, acerca de su vida pública de que, al parecer, careció.

    Este que casó con doña Genoveva, fue hijo de don Santiago Figueroa, gran amigo del prócer general Belgrano y hermano de don Mariano(*), dueño de la gran finca de El Bañado, a cuyo varón alguna vez, en mi niñez, vi en las tradicionales e históricas ferias del Santuario de Sumalao, renombradas festividades a que acudían multitud de gentes de las provincias fronteras con Salta y del extranjero, a que se sumaba un crecidísimo golpe de tullidos y dolientes en procura de un Milagro del Señor de Vilque, imagen que se veneraba en dicho humilladero. A tan popular romería, como a las que se hacía en su propiedad de San Agustín doña Genoveva jamás acudía, idiosincracia que quizá, en sus mocedades no puso en práctica, ya que pudo ser llevada por su apasionado esposo.

    Refiere la bella tradición que don Santiago Figueroa, como he dicho, fue de la intimidad de Belgrano, a quien el niño Mariano, hijo de aquél, había caído en gracia al prócer y a quien le llamaba, o le dio el grado de capitán.

    Este capitán, cuando ya en su vejez le preguntaban, o pedían que relatara algún lancero episodio emocionante de la campaña de la guerra de la Independencia, respondía con sorna: "Yo ya no me acuerdo casi nada. Pregúntele a Manuel que seguramente se ha de acordar, cuyo hijo recibía la incisiva sátira con creciente disgusto, ya que era un veterano solterón, ira que aumentaba si se hallaba entre niñas, ante quienes ansiaba pasar por un tierno Adonis.

    De un físico y presencia inconfundibles entre los buenos de la buena sociedad, don Manuelito -como cariñosamente se le decía- supo ser un devoto del violín y hasta sabía demostrar su inflamado estro de poeta. Cual San Francisco Solano que doctrinaba y catequizaba a los indígenas de La Rioja a los dulces acordes de su violín, también don Manuelito deleitaba a las señoritas con arrullos de palomo valiéndose de su instrumento musical.

    Al fin, como a todos, le llegó su San Martín, y cayó soltero, ya que como decía con gracejo, aquellas muchachas de quienes él gustó, ellas no gustaron de él y las que de él gustaron, él no gustó de ellas.

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