Desde el 1 de febrero de 1997

    Poesía en un mundo indigente

    Martha Grondona construye una voz de mujer que, como muchas en nuestro espacio actual, busca agresivamente poner en circulación la voz de la propia otredad. Esta escritura -en su corta pero intensa trayectoria- emerge con fuerza casi violenta y se incorpora con eficacia en el contexto de una escritura femenina que, desde la primera expresión transgresora de J. M. Gorriti, entrama una mirada alternativa en nuestra cultura.

    Es el tiempo de los dioses que han huido y del dios que vendrá. Es el tiempo de la indigencia, porque está en una doble carencia y negación: en él ya no más los dioses que han huido, y en él todavía no el que viene.

    M. Heidegger

    Leer es una actividad que nos compromete con el mundo que abre la escritura. Leer poesía es una incursión doblemente comprometida con su mundo, hecho con golpes de imágenes que condensan la intensidad de una mirada y que puede abrir socavones en nuestra manera de conocerlo, gozarlo y sufrirlo. Leo, entonces, este conjunto de poemas construidos por un lenguaje que reenvía sin ambages al mundo, con la pasión que provoca el encuentro, el diálogo del poetizar, ocupación aparentemente inocente y que, sin embargo, marca brechas en la propia historia y en la historia de todos.

    A calle abierta, tercer libros de poemas de Martha Grondona (1), propone un recorrido por la ciudad-mundo indigente, ciudad-mundo como propone Heidegger (2)- que ha perdido a sus dioses y no ha encontrado otros para darle sentido. Tiempos indigentes estos que vivimos, tiempo de penurias y desencuentros, en los que el dolor humano por el que llora Vallejo se ha acentuado y parece ser desconocido para demasiados. El poeta, la poesía y sus lectores están llamados a poner en descubierto ese dolor -que es clamor- para reconocer, detrás de las marcas de los falsos discursos, de los éxitos de marketin, del presentismo sin memoria y sin destino, el rostro más real de la sociedad soterrada por brillos fugaces y colores grotescos, pátina que oculta lo que debajo pugna por manifestarse.

    No en vano, detrás de este conjunto poético asoma insistentemente la voz de uno de los escritores más desgarrados del espacio literario noroéstico: Walter Adet, a quién se rinde homenaje casi elegíaco en el poema XXIII: Quién más que tu pudo / saber / lo que tu corazón dolía...

    Simultáneamente, el cuanto caer mientras andan silbando! citado explícitamente en el epígrafe, se expande en cada línea, en cada imagen, para producir, a la vez que esta mirada sobre el mundo, una definida concepción de lo poético: no es ya la pretensión romántica como el lugar ideal de la evasión, de la borradura del mundo cotidiano sino que se transforma para proponerla como el lugar desde el que es posible visualizar el abismo, lo oscuro, lo aparentemente no poético de la vida.

    Puedo entonces, leer estos poemas desde la intensidad de las imágenes -trabajo del poeta con la lengua- a partir de un punto de concentración y expansión que, en movimiento de espiral, parte y vuelve en círculos concéntricos y expansivos. Ese punto de concentración se formaliza en el dolor de vivir en los márgenes de la vida, tal como se manifiesta en el poema XIX:

    Las fauces inmensas del reloj
    han dado las doce
    en la calle
    y tocan en el estómago
    camino hasta mi casa
    los días y las noches sin memoria
    con la piel hecha cansancio
    sobre la mesa golpeo
    el puño
    no hay trabajo
    mientras los ojos
    son dos cuencas vacías

    El efecto semántico del dolor impotente, de oscuridad y vacío no se produce por apropiación de la voz del otro que sufre sino, y al contrario, como grito, ni compasivo ni autocompasivo. Es, más bien voz de rebeldía, de golpe de puño, de potencia para el desenmascaramiento. Es así una marca que deniega la pasividad y la aceptación, función de un lenguaje que no reniega de su propia poeticidad ni se engaña con su posible rol de redención. La poeticidad radica aquí en la direccionalidad selectiva de las palabras que se orientan directamente a las cosas para poner ante los ojos, en acabada síntesis, el espacio de lo humano vaciado por el dolor de la carencia. Las imágenes apelan así a la afectividad, a la mostración de lo cordial puesto en el "estómago", las "fauces", la "piel", los "ojos", el cuerpo todo, golpeados por la fuerza del contraste: el yo miro y padezco la carencia mientras voy hacia "mi casa", el lugar de la pertenencia, del cobijo. La distancia entre el yo que posee y el yo desposeído abre el espacio de la otredad pero en su comprensión, en un padecer con ese otro desde el que el poeta y, con él, el lector se solidarizan.

    Desde ese punto de concentración y con esa misma fuerza misma selectiva del lenguaje, la calle se abre expansivamente a innúmeras figuras que repiten el afecto en el detalle de una humanidad en sombras: desde el muchachito que pregona el diario y que mira por Dios despavorido / desde las orejas del mundo, con el que la voz poética incursiona en diálogo sin desdeñar la localización frutal de su situacionalidad: la luna te cae de las manos / por pedazos / como un sandía en tajadas...(I). Diálogo que se prolonga con el lustrabotas que mira a los demás / por los zapatos con el corazón / ebrio de ese vino / que beben otros / solloza esta infancia sin sorpresas / con manos de betún y trapo (II). Con la madre-niña a la que se acerca interrogante: que harás niña / con tu niño? (III), con el mendigo perro de nadie con ese miedo que chorrea / agua bendita / entre los dientes (IV), donde la contradicción, el oxí-moron, sugiere la sagacidad implícita de la mirada crítica, ampliada en la procesión de celebrantes, de fieles -en nueva cita adetiana- donde la sujeción es no a tu Ley / sino a tu cruz (XVI).

    La galería de figuras sigue un expansión gritando otras esquinas de la marginalidad en esta cultura indigente: los miserables, los muertos anónimos en la calle, los que ya no son jóvenes y su acopio de recuerdos, los que lloran sus muertes y sus muertos, el trasnochador insomne. Todos habitantes de esa calle oscura, manifestaciones de una forma de olvido. Desfilan los marginados, los desplazados; esos miserables que actualizan la distante presencia de un tiempo también indigente perpetuado en la escritura de un Víctor Hugo.

    La calle se extiende y el sentido se expande más allá para participar poéticamente en un carnaval con figuras inversoras por las que las miasmas invierten toda razón instalando en el centro del escenario a los deshabitados de ilusiones (XVIII). La ciudad-mundo queda dibujada en sus recodos más oscuros y la poesía se yergue en su potencialidad convocante para mirarla y para vivirla sin complacencias. Poesía que desoculta y que señala alertando, sacudiendo la somnolencia del statu quo y por eso, poesía que construye la historia, que se instala en la historia, que hace de su presente una asunción del pasado y que permite otra forma de conocimiento.

    Cuando el poeta y el lector se quedan solos consigo mismos, se quedan también solos en un mundo que parece -por ahora- haber perdido a sus dioses. El y los lectores los seguirán buscando para responderse sobre su destino. Al cerrar el recorrido por esta calle interminable, la poesía confirma:

    temo por el destino de mis huesos
    por mis pulmones
    oh Dios, está ahí?
    mis pulmones he dicho
    y lo repito
    por mi mal y los ajenos
    tengo el alma descosida
    si acaso son ajenos
    el padre que no puede alzar la cuchara
    hasta la boca de los hijos
    esa infeliz que entrega el fruto
    de su vientre
    oh Dios tanta lágrima
    la lona marcada en la piel indefensa
    de los niños
    o la mirada hundida en el ojo
    taciturno del viejo


    (XXV)(1) Desde su primer libro de cuentos, Trocha Angosta (1991), esta escritora nacida en Cafayate, ha publicado en forma ininterrumpida. En 1992 aparece su primer poemario Ciudad perdida y mientras tanto; La Capitana, cuantos (1993) y, en el mismo año la novela La mala leche. Incursiona simultáneamente en el ensayo con Barro y estrellas, donde indaga sobre el rol de la mujer aborigen y en 1995 fecha del segundo poemario Letra de cambio.

    (2) Se sigue acá la línea desarrollada en los ensayos El origen de la obra de arte y Hölderlin y la esencia de la poesía, en la versión traducida bajo el título Arte y poesía, México. F.C.E., 1973.

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