La génesis de la televisión en Salta

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No podemos abordar ni interpretar una acción pasada, de gran incidencia sobre el presente, sin hacer previamente un análisis del contexto en el que tuvo lugar.

En las postrimerías de la década del cincuenta, Salta, nominada por los de afuera pero también por los de adentro como “La Linda”, presentaba el carácter de una ciudad dispuesta a incorporar el confort y los signos de la modernidad procedentes del mundo, aunque preservando la nota de tranquilidad provinciana que las grandes ciudades habían perdido.

Era campo propicio y de interés para aquellas empresas nacionales que a través de sus agentes de viaje la visitaban en forma permanente para imponer en el mercado local sus productos. Estos agentes, testigos y protagonistas de la realidad e idiosincrasia salteña, oficiaban además de algo así como embajadores de la tecnología y de las novedades que se incorporaban al consumo, transformando las costumbres y las formas de vida de hombres y mujeres de las ciudades y pueblos del interior. Este proceso “personal”, “cara a cara”, hoy en la era de la globalización, ha cambiado y se vehiculiza a través de los medios masivos de comunicación, especialmente a través de la TV, tema que hoy nos convoca.

Sin embargo, podemos decir que los sistemas de comunicación con los que se contaba en ese entonces, radio, radioafición, cine, telégrafo, teléfono, funcionaban bien y cumplían con su cometido, no obstante la imposibilidad de retransmitir en forma inmediata y masiva la información como hoy, gracias a los avances científicos y tecnológicos.

Señalamos en el conjunto de medios la radioafición, porque fue justamente alrededor de esta actividad solidaria, vocacional, de autodidactas y de servicio, que se formaron los hombres que con pasión y carácter visionario habrían de lanzarse a la audaz empresa de incorporar la televisión en nuestro medio.

En aquel entonces, la televisión era para los salteños sólo una ilusión, una idea, una imagen fotográfica, un inalcanzable privilegio de los que vivían en la Capital Federal que ya en el año 1951 la habían incorporado al medio. La conocíamos y admirábamos a través de los comentarios de aquellos que llamamos “embajadores” de la gran ciudad, que llegaban de Buenos Aires impactados por ese invento extraordinario que conjugaba imagen y sonido, y por los humildes periódicos y radios locales que cubrían información naturalmente limitada y con una relativa objetividad producto de las parcialidades ideológicas de sus propietarios o directivos.

En este marco de las comunicaciones, nos parece importante también recordar lo que significaba poder llegar a la Capital del país. Había que sortear noventa y seis demoledoras horas de ferrocarril, en el famoso “Cinta de Plata” transporte imprescindible en esos tiempos, o con igual cantidad de horas y por los casi intransitables caminos de tierra en automóviles con muy poco confort aún, u ocho “temerarias” horas de vuelo con escalas en Tucumán, Córdoba, y Rosario en los (entre comillas) “modernos aviones” de esos años, que por el precio constituían un privilegio y por lo nuevo suscitaban mucha desconfianza.

Desde la mirada actual hacer ese viaje era realmente una aventura, solo se justificaba y hasta era una condición para aquellos que comercializaban productos que como siempre distribuía y monopolizaba Buenos Aires, o para quienes buscaban el contacto con la cultura y el progreso.

Cuando reconstruimos la memoria y comparamos las condiciones de ese entonces con las presentes nos parece un juego de ficción, una película muda en blanco y negro, frente al sonido, el color y el manejo de la imagen del cine actual. Sin embargo, esa era la realidad que preanunciaba los profundos cambios y la vertiginosa velocidad del progreso. Así se forjó el País y así fue como esos verdaderos pioneros en aquellos tiempos imaginaron a Salta, enancada también en la vorágine de crecimiento.

Así, con sobrado coraje y empuje, estos hombres del interior a pesar de la conocida parsimonia provinciana y de las no menos difíciles coyunturas del momento, se lanzaron detrás de los que parecía seguramente una utopía, trazaron y llevaron adelante el proyecto que hoy nos permite ya en su evolución, disfrutar de los servicios más modernos.

Los proyectos se generan por una necesidad, se esbozan y llevan a cabo con la inteligencia, la capacidad de lucha, la inspiración e imaginación de algunos, que además debían poseer un fuerte carácter y una gran tenacidad para luchar contra las infaltables y conocidas críticas pueblerinas y de las mezquindades, fruto por lo general de la mediocridad. Sólo las obras y el tiempo terminaban respaldando la seriedad de las empresas que con ese carácter emprendedor abrieron camino al progreso.

Hemos ido trazando un escenario general y señalando la presencia de esos salteños, con visión de futuro, vinculados con la realidad de un mundo que crecía y evolucionaba aceleradamente, hombres que se abocaron al arduo trabajo de hacer los contactos necesarios, relevar información, realizar el análisis de factibilidad y lanzarse a la consecución de una meta fijada: incorporar un canal de televisión en Salta.

El camino no era fácil, debían sortearse escollos de distinta índole: de gestión, técnicos, de mercado, etc. Con relación al primero, el paso inicial era solicitar ante el organismo nacional la formalización de la convocatoria a licitación para la explotación de ese servicio, hecho éste que no aparecía aún entre las prioridades de ese momento. Esto ya significaba un primer obstáculo y echaba por tierra muchas ilusiones. No tenían opción, debían buscar alternativas posibles para que la ya temida burocracia no hiciera de las suyas y finalmente terminara con el proyecto.

Si esta burocracia pesaba sobre el común de los argentinos, se hacía sentir mucho más sobre la gente del interior a la que siempre se le exigió redoblar esfuerzos para lograr sus objetivos. Pero cuando los sueños son fuertes y tienen su enclave en la realidad y sus emergentes, no se destruyen con facilidad, se mantienen a pesar de todas y de las más adversas condiciones de trabajo, de los viajes, consultas, carpetas llenas de planos, informes que iban y volvían hacia y desde la Capital.

Desde lo técnico, para la incorporación de la fantástica y desconocida televisión, y por los obstáculos relatados se imponía un cambio: el medio de transmisión sería un cable y no el aire como se conocía comúnmente, y la estructura un circuito cerrado. Otra vez pudo más el ingenio que el vacío de normas. La solución al grave problema, vino paradójicamente de la mano de una muy simple autorización municipal, al interpretar que la señal emitida por el nuevo vínculo no interfería ni invadía el espacio aéreo de jurisdicción nacional, por lo tanto se podía prescindir de la intervención de ese estado.

 Acá también había que abonar el terreno: trabajar arduamente para lograr la participación y convocar a personas importantes, capaces e influyentes que apostaran, en primer lugar, a la seriedad y factibilidad del proyecto y que pudieran además garantizar la ejecución de esa empresa imaginada, un hecho inédito e innovador que pondría a Salta no sólo al tope de la más modernas comunicaciones en la Argentina, sino en toda América Latina.

Así, en octubre de 1962 y en este contexto de luchas, trabas y condicionantes nació SONOVISIÓN SOCIEDAD ANÓNIMA, la empresa llamada a hacer realidad la instalación de la TV en Salta.

Entre sus primeros directores voy a mencionar a Dn. José Domingo Saicha, mi padre, por cuyo motivo y con mucho orgullo estoy aquí con Ustedes, reconocido empresario y radioaficionado; Dn. Roberto Romero, empresario también pero del ámbito periodístico, director del diario “El Tribuno” y mas recientemente Gobernador Constitucional de nuestra Provincia; y el Dr. Armando Caro cuya trayectoria en la vida pública y la radioafición es vastamente conocida.

Como a toda empresa importante y trascendente a Sonovisión le costó abrirse camino y sortear problemas muchos de carácter técnico: los elementos electrónicos de la época eran difíciles de conseguir, eran todos de primera generación e importados con fallas e imperfecciones. Los cables coaxiales se fabricaban fuera del País y eran tan elementales que no tenían, como tuvieron después, un alambre adherido como portante que permitió luego extenderlo a mayor distancia sin soporte. Así fue como en esas primeras instalaciones las características del cable impedían un seguro sostén sobre todo en el cruce de calles donde por su peso evidenciaban una profunda caída. Varias veces motivo de cortes porque algún transporte se lo llevaba por delante.

Los amplificadores de línea, necesarios para mantener la intensidad de la señal y poder cubrir las distancias desde la planta generadora, eran valvulares y se alimentaban con corriente alternada (110 volts). La instalación dependía de la buena voluntad del vecino que naturalmente debía permitir que se tomara corriente eléctrica con un transformador en su domicilio, o en su defecto se acompañaba el cable coaxial con otro de alimentación. En cualquiera de los casos las soluciones no eran totalmente confiables, pues se corría el riesgo de electrizar accidentalmente la línea de radio frecuencia que llegaba a los televisores como antena con el consecuente peligro tanto para los operarios como para los clientes.

Los elementos de sostén en las paredes para las redes del cable (herrajes) eran tan precarios, que muchas veces los instaladores se quedaban con grandes desprendimientos de material en sus manos, porque la mayoría de las paredes del centro eran antiguas y de adobe y sus revestimientos se desmoronaban fácilmente.

El “estudio” del canal era realmente artesanal y los operadores los artesanos. Las cámaras de video que se utilizaban eran también de las primeras generaciones, fabricadas para los recién nacidos porteros o controladores fabriles, cuya función original era la vigilancia. Entre las curiosidades recuerdo también que no se podía enfocar la cámara directamente hacia la luz pues afectaba el sistema de la lente a punto tal, que seguro quedaría deteriorada. Su sensibilidad era tan grande que quedaba marcada con una especie de agujero negro que luego se reproducía en la pantalla del televisor. Si esto ocurría en más de una oportunidad la cámara quedaba arruinada definitivamente y no podría ser usada para lograr lo que se pretendía sea una buena imagen, pues de lo contrario aparecería toda manchada con esos defectuosos puntos negros.

 Recuerdo con nostalgia y asombro como se hacía la proyección de películas, pues en ese entonces el video ni existía. Imagínense un proyector de 16 mm (celuloide) que al reflejar la imagen sobre un plano debía servir como elemento a tomar por la cámara para generar la señal domiciliaria. Era difícil lograr una buena reproducción pues los ángulos distorsionaban la imagen, las luces y las sombras actuaban de igual manera, era verdaderamente un problema que había que resolver para llegar al cliente con la proyección de una buena película que entre los pocos programas disponibles acaparaba indiscutiblemente la atención de aquellos noveles pero ya exigentes televidentes.

Otra vez había que abusar de ese creativo ingenio y así fue como construyeron una caja de madera en forma de una ele, en la que por un extremo se proyectaba la película y por el otro era tomada por la cámara de video, gracias a un ingenioso sistema de espejos colocados en su interior que permitía una reproducción casi perfecta.

En esos tiempos, los spots publicitarios se hacían sobre cartones pintados manualmente. Los letristas como se los conocía, verdaderos artistas del pincel los fabricaban según el requerimiento de cada comercio o producto que se quisiera ofrecer. A poco de andar se comenzó también a intercalar el sistema de diapositivas que permitían mostrar imágenes de cada uno de los negocios de los anunciantes y de la mercadería que se quería comercializar en el mercado.

Otro capítulo importante fue la primera experiencia de programas en vivo como el inicio de los noticieros locales. Escenarios improvisados en habitaciones cuyo limitado espacio se cubría con bastidores de madera y de cartón que se asimilaban, a paredes o paisajes para lograr fondos según la ocasión, pero especialmente para ocultar las deficiencias de esa vieja construcción, o la maraña de cables que cubrían literalmente el espacio, o esos enormes focos con pantallas de metal en su mayoría de fabricación casera que reemplazaban a los imprescindibles reflectores, micrófonos y muchos otros elementos de uso doméstico que se adecuaban a cada una de las circunstancias.

Pero sería una ingratitud si no recordáramos mas allá de lo anecdótico en lo técnico o material, a muchos hombres y mujeres que trabajaban cumpliendo cada uno con el rol que les fuera asignado, sea como camarógrafos, locutores, o simples operarios. Verdaderamente un montón de voluntades, con ganas de hacer y de sentirse parte de ese futuro que se estaba construyendo.

Tantas experiencias, tantos desvelos, pero cuanto valor para obtener la meta propuesta.

Para cerrar me parece importante resaltar con relación a las actuales empresas, algunas diferencias sustanciales: por un lado, que todo aquel sistema se montaba para transmitir un solo y único canal, y por otro, que la capacidad de extensión territorial era tan acotada, que el interés para la explotación comercial era relativo, pues con solo calcular el número limitado de clientes posibilitados a acceder al servicio, resultaba ser un mercado muy pequeño.

Pero aún así y sin que mediara otra razón siguieron adelante. Como dice Octavio Paz, las utopías son el “sueño de la razón” y así es como gracias al desvelo y tenacidad de aquellos que creyeron y que fueron dueños de esa utopía, la televisión se hizo realidad en nuestra Salta.

Por todo ello al recordar sus pasos rindo homenaje a todos esos hombres que dejaron inscripto su nombre en la historia, en este caso en la historia del progreso de nuestra provincia y del país.