El suicidio

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Alguien decide quitarse la vida antes de que la muerte le llegue naturalmente. Los demás recibimos el hecho como un golpe, algo que nos afecta en lo profundo; a veces, angustiosamente. ¿Por qué? Si todos tememos la muerte, ¿cómo es que alguien puede provocársela voluntariamente? ¿Qué hicimos para que llegue a ese trance y qué podíamos haber hecho para evitarlo? ¿Somos culpables?

Los interrogantes son los mismos, pero las respuestas y las reacciones, como la valoración del suicida, han ido cambiando con los tiempos.

El inquietante fenómeno del suicidio ha producido muchos estudios; en la últimas décadas, muchos más que nunca. Porque también el número de suicidas ha crecido, en general, en las sociedades contemporáneas, mientras ha bajado notablemente la edad de un buen número de ellos. Recordemos la ola de suicidios de adolescentes en nuestro país hace pocos años, y la curva ascendente de ellos en Japón.

Según el psiquiatra español Luis Rojas Marcos, en todas las sociedades y culturas hubo siempre un número relativamente constante de personas que ponen fin a su vida, y otras que lo hacen pero sus familias lo disimulan o esconden para eludir el tabú que pesa sobre el hecho. La Organización Mundial de la Salud afirma que alrededor de 1.200 personas se suicidan diariamente en el mundo, y que por cada una de ellas, 20 lo intentan sin éxito.

¿Cuál es el desencadenante de esa conducta atroz, irreversible? La soledad, la desesperanza o falta de un motivo para vivir, el cansancio ante el dolor o ante un esfuerzo infructuoso, el sentir las fuerzas o las posibilidades agotadas, la presión de padres o superiores autoritarios o abusadores, el autodesprecio llevado al extremo, la percepción de la miseria de la propia vida cuando se soñó con vivirla de otra manera; el odio potenciado y culpabilizado que se vuelve hacia sí mismo por no poder consumar un crimen sobre aquéllos a quienes se odia, el sentimiento de fracaso, la opresión del honor asumido al extremo de darle más valor que a la propia vida, el sentimiento de superioridad y de poder sobre sí; y hasta una decisión fría por cálculo o por principio en una forma de combatir que juega al todo o nada. ¿Qué llevó a éste o a aquél a suicidarse?

Estas son posibles respuestas. Lo difícil proviene de que no se puede interrogar al cadáver, y aunque muchos escriben sobre sus motivos antes de darse fin, dejan la duda de si era ése u otro el verdadero móvil. Siempre queda todavía la pregunta de por qué una situación se vuelve insoportable para uno cuando puede ser superada por otros.

En la historia

Algunas culturas admitieron el suicidio por motivos religiosos, para encontrar más allá una vida mejor, como en el antiguo Egipto e incluso en algunas sectas destructivas de la actualidad. En las antiguas Grecia y Roma, se admitía el suicidio como una forma de haber alanzado cierta sabiduría; también como un rasgo de honor del militar vencido que no se entrega al enemigo, y en ciertas circunstancias de la vida civil cuando el noble no toleraba la deshonra o el anciano no deseaba soportar su decrepitud. En el Japón, hacerse el haraquiri u ofrecerse como torpedo humano por el emperador, suscitaba la admiración general. Entre los hindúes, era un deber que la esposa se suicidase al quedar viuda.

En el Occidente cristiano tradicional el rechazo del suicidio llegó a extremos. En los siglos XVII y hasta el XIX, en que las prácticas se suavizaron manteniéndose sin embargo la negativa a enterrar a los suicidas en el cementerio, era común ensañarse con el cadáver colgándolo cabeza abajo y arrastrándolo, como en Francia, o clavándole una estaca en el corazón, como en Inglaterra, donde también se confiscaban todos sus bienes, para luego darle un entierro indigno o ninguno. El motivo explícito era que el suicida había incurrido en un pecado gravísimo al desesperar de la ayuda de Dios y al disponer de su vida, facultad exclusiva del Creador. "No matar" era ante todo "no matarse", y este mandamiento había sido violado de forma evidente y brutal; de allí el castigo al cadáver, olvidando aquella otra antigua norma bíblica de que la culpa y la sanción no pueden ir más allá de la muerte.

Pero esta actitud tiene raíces ancestrales y duraderas. La explicación, dice el historiador Philipe Ariès, es que las sociedades tradicionales, atemorizadas por la muerte, la "domesticaron", la hicieron entrar en un sistema de creencias y ritos que tenía por objeto convertirla en una etapa más del destino al que no se podía escapar. Donde la muerte es eminentemente social, el suicida fuerza su destino con una decisión individual: no se puede admitir esa afrenta; se la castiga. En cambio, se prevé cierta solemnidad para los suicidios por honor, sobre todo los de militares, y para otras formas de suicidio, como el duelo. El rito mantiene el control sobre las conductas.

Suicidio y sociedad

El sociólogo francés Emile Durkheim se propuso desmontar los soportes de la condena moral al suicidio; en 1897 publicó un voluminoso trabajo, El suicidio, en el que analizando numerosas series estadísticas formula la teoría de que es el contexto social el que influye con mayor peso sobre la decisión de un suicida. Esto es, que el índice de suicidios puede ser indicador del estado de disolución de una sociedad. Así, concluye también que las sociedades que ejercen una considerable influencia en el individuo, lo contienen y lo preservan de una decisión trágica, y que a mayor adhesión a las sociedades religiosa en primer lugar, doméstica en segundo, y política en tercer lugar, hay menor inclinación a darse fin. Otro clásico de la misma corriente es el libro de Maurice Halbwach, Las causas del suicidio, de 1930.

Para Durkheim, hay tres tipos de suicidios: el egoísta, o sea el que se produce cuando un individuo afirma su individualidad contra o al margen de su sociedad de referencia; el altruista, que es el motivado por fidelidad a las normas de la sociedad o para hacer un bien al propio grupo, como la familia o el partido, y que es el típico de los militares; y el anómico, que es aquel que tiene lugar cuando las normas sociales están tan alteradas o relajadas, o han perdido vigencia, que el sujeto no encuentra motivos suficientes para vivir, no se siente sostenido: es el caso de los suicidios por crisis económicas, por ejemplo, o por el divorcio o la viudez. En nota al pie agrega un cuarto tipo, opuesto al tercero, el suicidio fatalista, que es el causado por el exceso de reglamentación, como el de los esclavos y el de aquéllos "cuyo porvenir está despiadadamente limitado".

Es sabido que entre las mafias rigen códigos morales propios muy fuertes; una de sus normas obliga al suicidio al darse ciertas condiciones como caer preso o ser descubierto como parte de una red. Las sanciones para quien no cumple ese deber son peores que el propio suicidio puesto que afectan a la familia de forma muy cruel e inevitable. En este caso, el suicidio sería al mismo tiempo altruista y fatalista.

Las explicaciones sociales no pueden dar cuenta con seguridad, dice Rojas Marcos, de por qué "el índice de suicidios en Hungría es 20 veces más alto que en México, en Copenhague es el triple que en Nueva York, y en España se ha duplicado en la última década. Tampoco entendemos por qué en Estados Unidos los blancos se suicidan más que los negros, los ricos más que los pobres, o los lunes de primavera son los días más fatídicos. En el fondo, la mayor incógnita es que, bajo las mismas condiciones sociales, unas personas se quiten la vida y otras no".

Causas personales

Otro francés, Jean Baechler, en su obra Los suicidios, de 1975 (citado por Ariès) desmonta la teoría social. Para él, el suicidio es independiente de la sociedad; no así el "mito del suicidio": la obsesión por el tema es moderna y aun más, romántica, del siglo XIX. Para Baechler, hay que separar los suicidios de los intentos de suicidios, cada vez más frecuentes. Estos aumentan porque aumenta la atención que se les presta y ese es el objetivo de muchos suicidas fallidos. Esto convierte al intento en chantaje. La tendencia tiene que ver con la condición actual de la juventud, convertida en grupo social permanente por la sociedad occidental. Entendemos que esto significa una juventud acosada por las ideas del éxito, del consumo y de la belleza perpetua.

Para Baecheler, el suicidio tiene relación con la noción de fracaso. Mientras en las sociedades tradicionales las personas hacían su balance frente a la muerte, en las modernas se adelantó ese momento a veces hasta la adolescencia. Ante los desafíos y dificultades de la vida, algunos plantean una estrategia de poder, o sea de vencerlos, y otros una estrategia de dependencia, o sea la pasividad para conciliarse y acomodarse; cualquiera de estas actitudes puede llevar a la conciencia del fracaso total, o al semifracaso que aun deja una esperanza: en este caso se apela a la advertencia, al intento de suicidio y es aquí donde se proponen actuar los servicios de prevención y ayuda al potencial suicida.

Según los psicólogos, numerosos suicidios pueden provenir de depresiones profundas, muchas veces debidas a deficiencias en ciertas sustancias químicas del cerebro, como la serotonina, que puede ser administrada por el médico, lo que hace más trágico que se llegue al hecho fatal. En este campo se ve el suicidio como un impulso autodestructivo, estrechamente ligado con otros mecanismos de lento efecto como las adicciones, las existencias rutinarias y sumergidas en la desidia y el abandono de sí, o las vidas enajenadas por andamiajes de mentira y autoengaño; en esos casos, la persona deja paulatinamente de ser ella misma.

Una actitud piadosa

El suicidio no sólo es trágico: es la tragedia misma, sin remedio y sin explicación. Detrás de sí deja una estela de confusión, dolor más intenso que el de la muerte natural, pena, sentimientos de haber sido traicionados y al mismo tiempo de ser culpables. A veces, de sordo rencor. La vida de los sobrevivientes queda sellada por esa tragedia: nunca será igual, nunca será normal, jamás cerrará la herida. La angustia será un sedimento removido de tanto en tanto, siempre presente.

Pero el suicida no debe ser condenado por los que quedan. Es víctima de sí mismo. Hay que considerarlo con piedad, esa actitud ahora tan olvidada, con amor por la debilidad, la angustia o la impotencia que no conocemos. En el peor de los casos, cuando el suicida es a la vez un asesino o un delincuente, debemos comprender que no puede ser reducido a su crimen, como dice Edgard Morin, y menos aun a su autocrimen: él es mucho más que eso, es una persona, y sólo Dios sabe qué luchas tuvo que enfrentar y con qué fuerzas. Y sólo Dios sabe si ha sido capaz, en el instante final, de perdonarse a sí mismo, de perdonar a los demás y de entregarse, de todas maneras, a la misericordia divina.