Desde el 1 de febrero de 1997

    En los últimos días, se ha reinstalado el debate acerca de la universalidad de los derechos humanos a propósito del juicio a un integrante de la etnia wichi acusado de violación de la hija de su compañera, una niña de alrededor de 10 años y que, como consecuencia fue madre a la edad en que debe jugar.

    Si todavía viviera don Fernando Lázaro Carreter, seguramente hubiera dedicado uno de sus certeros dardos en la palabra a lamentar el empobrecimiento de la lengua propiciado por algunos tecnófilos de hoy en día: los que creen que la economía de palabras es un valor emergente en la revolución tecnológica que vivimos.

    Alguien decide quitarse la vida antes de que la muerte le llegue naturalmente. Los demás recibimos el hecho como un golpe, algo que nos afecta en lo profundo; a veces, angustiosamente. ¿Por qué? Si todos tememos la muerte, ¿cómo es que alguien puede provocársela voluntariamente? ¿Qué hicimos para que llegue a ese trance y qué podíamos haber hecho para evitarlo? ¿Somos culpables?

    No podemos abordar ni interpretar una acción pasada, de gran incidencia sobre el presente, sin hacer previamente un análisis del contexto en el que tuvo lugar.

    En las postrimerías de la década del cincuenta, Salta, nominada por los de afuera pero también por los de adentro como “La Linda”, presentaba el carácter de una ciudad dispuesta a incorporar el confort y los signos de la modernidad procedentes del mundo, aunque preservando la nota de tranquilidad provinciana que las grandes ciudades habían perdido.

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