
El Vicegobernador de la Provincia de Salta, Miguel Ángel Isa se ha mostrado confiado de que todos los males que aquejan a los salteños, y por los que venimos lagrimeando desde hace décadas, se van a acabar el día en que Juan Manuel Urtubey se convierta en Presidente de la Nación.
En una entrevista concedida al diario El Tribuno de Salta, el segundo magistrado de nuestro golpeado Estado provincial, ha asegurado que todo lo que hoy lastra el despegue de Salta y ralentiza aún más su ya de por sí retrasado encuentro con el futuro es culpa del gobierno nacional, del pérfido centralismo del puerto.
Como argumento, hay que decir que se trata de una idea muy poco novedosa.
Pero es que además ha sido muy mal elaborada, puesto que decir que los salteños no tienen la culpa de nada, como tampoco la tiene el gobierno provincial al que el Vicegobernador pertenece, es una forma muy perversa de justificar el localismo, sobre todo porque el señor Isa como Intendente Municipal de Salta, y ahora como Vicegobernador, ha atravesado sin sobresaltos tres gobiernos nacionales bastante diferentes entre sí.
Según la particular visión del señor Isa, el gobernador Urtubey ha sido, desde 2007, un mero espectador pasivo de lo mucho que debió hacer y no hizo el gobierno nacional (el de Néstor Kirchner primero, el de su mujer después y ahora el de Macri). ¿Tantos gobiernos inútiles se sucedieron en el país? ¿Es que tenemos que creer que esto es verdad?
Quizá lo que tengamos que preguntarnos los salteños es por qué otras provincias, en circunstancias más o menos parecidas a las de Salta, durante los tres gobiernos nacionales a los que nos referimos antes sacaron ventajas sustantivas durante los periodos de expansión de la economía y soportaron mucho mejor que Salta los momentos más desfavorables.
¿Es que el matrimonio Kirchner primero y Macri después se ensañaron especialmente con los salteños? ¿O es que el Gobernador de Salta careció en todo momento del talento necesario para aprovechar, como hicieron otros, las ventajas que se ofrecían para nuestro desarrollo?
Para muchos -incluido Urtubey- todo era cuestión de estirar la mano y pillar lo que se quisiera. La economía autárquica cerrada al mundo y la emisión incontrolada de moneda nos pusieron a tiro de honda la prosperidad con la que tanto soñamos.
Pero Salta no supo hacerlo. Urtubey no supo hacerlo; más preocupado por su imagen y su futuro personal que por el bienestar y el futuro de los salteños, que hoy es mucho más lejano y más negro que el de los cordobeses, los mendocinos, los santafesinos, los rionegrinos, los entrerrianos e, incluso, los bonaerenses.
¿Qué clase de federalismo es el que vivimos, si algunas provincias dependen para su vida normal del acierto de sus propios gobernantes y otras -como Salta- dependen para lo mismo de que sea el Presidente de la Nación el que acierte a tenerlas en cuenta?
Cuando los millones volaban por el aire (incluso en los conventos de monjas voladoras) y solo parecía cuestión de levantar un poco el cuello para que cayera sobre nosotros la bendición de la diosa fortuna, Urtubey se empecinó en empobrecer a Salta, en endeudarla, en dejarla con una factura impagada e impagable en infraestructras, con una brecha social y una fractura territorial que quitaría el hipo a cualquiera. De todo esto, el vicegobernador Isa guarda una memoria más bien precaria.
La culpa no ha sido de Kirchner, de su mujer, ni de Macri, como pretende hacernos creer nuestro Vicegobernador, que ahora, desde hace algunas semanas, habla de los Kirchner en distante tercera persona, cuando hasta hace poco lo hacía en primera. La culpa es de Urtubey (no tanto de Isa), porque durante once años y algunos días nuestro Gobernador solo se mostró interesado en llegar a la Presidencia de la Nación, para demostrarle al mundo que siendo Presidente del país iba a lograr conseguir en poco tiempo para Salta lo que no consiguió en más de una década seguida de gobierno cómodo y sin oposición a la vista.
Llegar a ser Presidente de la Argentina con el solo propósito de desarrollar a Salta se antoja un objetivo político muy pedestre, muy de andar por casa. Ninguno de los tres presidentes salteños que tuvimos -afortunadamente lejos en la historia- se ocupó especialmente de Salta. Los tres, dicho sea de paso, acertaron plenamente.
Urtubey no habla ni hablará de oportunidades perdidas durante su larguísimo gobierno. No sabe -nunca supo- lo que es la autocrítica y cualquier cosa que se parezca a un mea culpa solo hará que se le rompa el espejo de Blancanieves con el chequea su atractiva imagen presidenciable todas las mañanas.
Está seguro de que nunca nadie le dirá -al menos no en Salta- por qué no aprovechó el tirón de los Kirchner y su cercanía con el núcleo duro del poder para sacar a la Provincia de su atraso secular. Nunca nadie le reprochará que no hubiera hecho lo mismo con Macri, teniendo en cuenta que, una vez derrotados los Kirchner, Urtubey se volcó con el actual Presidente como si no hubiera nadie más en el mundo que resumiera con tanta precisión sus aspiraciones para el país.
En resumen, que si Néstor Kirchner, Cristina Fernández y Mauricio Macri no consiguieron nada bueno para Salta en once años y pico, no ha sido por su particular salteñofobia ni por su falta de acierto, sino por la poca preparación de Urtubey para gobernar, que es conocida ya a nivel mundial. Solo a él se debe culpar por el tratamiento fiscal peyorativo, los abusos federales en materia de regalías de hidrocarburos, el aislamiento cultural, la crisis de las infraestructuras y la caída en picado de la calidad de la democracia.
Es que si Kirchner, Fernández y Macri hubieran logrado algo de eso a propósito, deberían reclamar un lugar en el Olimpo, al lado de Zeus y Juno (a Zeus sí lo juno). Al resultado de la Salta que hoy vivimos solo se llega por un solo camino: el del abandono programado del poder político provincial, que ha alcanzado su cénit en 2018, cuando el gobernador Urtubey, de 365 días posibles de gobierno, solo se ha ocupado de su trabajo, unos 86, y eso con mucha suerte. El resto de los días se ha repartido entre platós de televisión, salones de la Unión Industrial a lo largo y ancho del país y falsas promociones turísticas con gobernadores que apenas si lo saludan.
Así que si el señor Isa quiere encontrarle alguna explicación a esa Salta que él quiere transformar cuando sea Gobernador, que comience por mirar a su entorno más cercano y apague el ventilador. Como escribió el más inesperado de todos los Premios Nobel de Literatura, the answer is blowing in the wind.