
La política es definida por algunos como el arte del engaño. Muy claro lo tenía Abraham Lincoln, cuando pronunció aquella famosa frase: «Puedes engañar a todo el pueblo durante un tiempo y a parte del pueblo durante todo el tiempo, pero no puedes engañar a todo el pueblo todo el tiempo».
Pero engaño en la política tiene dos caras: se engañan los que ingenuos que creen que los que mandan o quieren mandar son muy diferentes entre sí (por ejemplo, que Urtubey es el némesis de Romero), y se engañan también los que enarbolan la teoría de los «espacios» y piensan que el del espacio de al lado nada tiene que ver con los de nuestro espacio.
El asunto es quizá un poco más complicado de enfocar cuando se trata del espacio al que podríamos llamar «moderado», puesto que al ser la moderación una virtud -como la castidad, por ejemplo- los primeros que reivindican su posesión son quienes no la poseen en absoluto. Todos quieren ser moderados, hasta los más bárbaros, los más extremistas.
Desde este punto de vista se puede decir que el Gobernador de Salta, Juan Manuel Urtubey es un moderado «en construcción», de cuya sinceridad se puede tranquilamente dudar, no tanto porque antes de su nueva profesión de fe haya orilleado los extremos, sino más bien porque en su carrera política figuran varios intentos -parcialmente fracasados- de «construirse» como moderado.
En otras palabras, que Urtubey ha pasado ya por varios kioscos de venta de moderación y no ha podido hacer pie en ninguno. Solo él sabe por qué.
En un momento en el que los populismos -que históricamente han tendido más bien a la moderación- se han hecho radicales y extremos, porque eso justamente es lo que demanda «la gente», Urtubey ha elegido el «espacio de la moderación», sencillamente porque es la única fórmula que le conviene a él, no porque le convenga al país o a la política. En cualquiera de los dos extremos -ya lo ha demostrado- el Gobernador de Salta se sentiría aún más cómodo, pero es allí en los bordes del sistema en donde tiene la competencia más dura y donde menos podría brillar. Es decir que Urtubey se vende como moderado no porque lo sea de verdad o porque lo sienta en sus carnes sino sencillamente porque él cree que el populismo moderado le dará más votos que el populismo extremo.
Un error de cálculo parecido es el que cometen sus asesores políticos al decirle que la moderación política excluye totalmente las estrategias de confrontación, como si los moderados no tuviesen enemigos con los que discutir y pretendiesen hacerse amigos de todo el mundo. Urtubey piensa de este modo «buenista», no por convicción sino por mero cálculo. Cree que debe estar con todos y contentarlos; a cada cliente le hace oír lo que quiere oír. Mañana, si los Moyano les ofrecieran sus votos para ser Presidente de la Nación, los aceptaría sin rechistar, después de haberlos puesto a caer de un burro durante varios años.
Se podría decir que Urtubey «es el límite» para algunos (Del Pla, Donda, Moyano, etc.), pero también que para Urtubey nadie constituye «un límite» en sí mismo. Su «espacio» es él mismo y se mueve en todas las direcciones. Si es para sumar, bienvenido es incluso el diablo.
Por tanto, los que han etiquetado al Gobernador de Salta y están haciendo el esfuerzo por asignarlo a un «espacio fijo» cometen un grave error. No conocen la enorme capacidad del personaje para disfrazarse, para falsificarse a sí mismo las veces que hiciera falta para lograr el objetivo.
El problema de la política es que a veces -solo a veces- permite ver algunas cosas con esa «claridad extraordinaria» de la que hablaba Jaime Dávalos, el poeta, deslumbrado por la luminosidad de la luna llena sobre el campanario.
Bien es verdad que hay muchas cosas confusas y otras tantas interesadamente confundidas por los mercaderes de la mentira. Pero otras son claras como el agua cristalina (no como el agua de los pozos artesianos de Rivadavia Banda Norte, precisamente): una de ellas, que Urtubey es un moderado de cartón piedra, un populista de tomo y lomo que nunca le hará asco a ninguna posición política, por más repugnante que sea, siempre que le asegure algunos votos y satisfaga sus deseos de figuración y protagonismo.