Urtubey añora el kirchnerismo

  • Mientras el Gobernador construye apariencias y dibuja paraísos en papel maché, los ríos se le desbordan, las cuentas públicas se ponen en rojo, las cunetas se llenan de mujeres masacradas, las escuelas se caen a pedazos, las empresas huyen de Salta, los trabajadores privados son los más desprotegidos del país y los médicos escasean en los hospitales.
  • ¿Hay que trabajar?
mt_nothumb

Para ser más precisos, echa de menos la etapa dorada del kirchnerismo, la misma que comenzó a mostrar fisuras a mediados de 2012 y que permitió que su gobierno en Salta, favorecido por los vientos de cola de la autarquía, fuera una balsa de aceite durante al menos un lustro.


Con Macri las cosas son muy diferentes. La tímida apertura en la que el Presidente de la Nación trabaja sin denuedo provoca a Juan Manuel Urtubey una incomodidad visible.

Quienes lo conocen y lo tratan en la distancia corta, aseguran que trabajar y hacer frente a las dificultades no son actividades que lo fascinen, precisamente. Como cualquier ser humano de cierta edad, prefiere que las cosas le vengan ya hechas y resueltas a tenerlas que resolver. Y Macri, con sus titubeos, sus desaciertos y su rumbo parece estar obligando al Gobernador de Salta a hacer lo que menos le gusta.

Desde que Macri se hizo con las riendas del poder, allá por diciembre de 2015, las cosas en Salta han comenzado a marchar para el lado de los tomates. Pero no por Macri, sino porque el Gobernador de la Provincia creyó que con reforzar un poco la comunicación e inflar su imagen personal sería más que suficiente para adaptarse a los cambios en ciernes. La idea era aprovechar el «fin de ciclo» del kirchnerismo en retirada para echarse al peronismo al hombro y hacer emerger su figura como la de un nuevo mesías.

El Gobernador hizo también un notable clic en su personalidad. Comenzó a atacar sin piedad al kirchnerismo, vació sus fuentes en Salta y antepuso sus apetitos personales a los objetivos compartidos por una dirigencia desplazada del poder, pero con una enorme capacidad de influencia residual sobre los asuntos públicos. Podría decirse, en términos muy generales, que la apuesta le salió bien por un lado, pero muy mal por el otro, puesto que el distanciamiento del kirchnerismo le ha obligado a poner tierra de por medio también con el peronismo, y -lo que es aún peor- a acercarse a Macri, que no gana para sustos.

Apoyar a Macri -aun con reservas y zancadillas, como lo hace Urtubey- comporta un riesgo mayúsculo para el Gobernador, que de golpe ha visto su mesa colmada de problemas que antes no tenía necesidad de resolver, porque la chequera kirchnerista podía casi con todo. Ahora debe pelear cada garbanzo y, créase o no, las carencias y los problemas recurrentes acaban por deshacer el ánimo del más pintado.

Desde que era un crío se sabe con certeza que Urtubey no quiere «hacer», pues se desvive por «ser», o mejor dicho, por aparentar que «es» alguien en el firmamento político nacional. La decisión no es solo un reflejo del enamoramiento de sí mismo que lo persigue como una sombra, sino producto de un cálculo impecablemente hecho: el poder no se conquista con acciones sino con imagen. La apariencia le ha ganado el pulso a la realidad.

Pero mientras el Gobernador construye apariencias y dibuja paraísos en papel maché (por no hablar de los que plasma en papel couché, especialmente desde su última boda) los ríos se desbordan, las cuentas públicas se ponen en rojo, las cunetas se llenan de mujeres masacradas, las escuelas se caen a pedazos, las empresas huyen de Salta, los trabajadores privados son los más desprotegidos del país y los médicos escasean en los hospitales.

Para peor, viene el dichoso Macri a revolver la olla de locro, tan tibia y quietecita que estaba, obligándole a demostrar que la política no solamente es imagen sino también talento y acierto en las decisiones. A big matzo ball, sin dudas.

Por eso es que, en la intimidad farandulera del poder, Urtubey añora secretamente a los Kirchner, a sus automatismos, a sus discursos facilones, a sus pequeñas y grandes corruptelas; porque, para qué nos vamos a engañar, era más fácil entonces sacarle puentes a ese buenazo de De Vido que al rácano dentista tucumano que maneja hoy el Plan Belgrano.

Y todavía, en su magnífica ingenuidad, Urtubey tiene que tolerar que vengan los ministros de Macri a Salta y que copen la escena, protagonicen las inauguraciones y entregas de casas, reciban los besos babosos de algunas vecinas y lo desplacen del objetivo de las cámaras, que tanto le gusta al Gobernador salteño ocupar. No, no había sido fácil ser macrista, ni verdadero ni falso.

Convendría admitir, antes de que sea demasiado tarde, que el Gobernador de Salta está singularmente preparado para brillar en los salones, pero no especialmente dotado para el trabajo sacrificado, para la entrega perseverante, para el esfuerzo sostenido en servicio de sus conciudadanos. Este no es un déficit de su personalidad; es solo una contingencia histórica, que lamentablemente lo ha abierto en canal, no por otra circunstancia más grave que el impensado advenimiento de Macri al poder. Porque si por Macri no fuera, esta es la hora de que en Salta estaríamos, como se dice, atando los perros con longaniza.

{articles tags="current" limit="3" ordering="random"}
  • {Antetitulo}
    {link}{title limit="58"}{/link}
    {created} - {cat_name} - {created_by_alias} {hits}
{/articles}