
La experiencia ha terminado por demostrarme que más peligrosos que aquellos aventureros de la política que sueñan con instaurar formas de dominación desligadas de cualquier atadura ética son aquellos que creen -como si de una religión se tratara- en el carácter ineluctable de los ciclos históricos.
Pienso en este momento en Steve Bannon, el polémico asesor personal de Donald Trump que ha inspirado la mayor parte de sus políticas, pero también en el Gobernador de Salta, Juan Manuel Urtubey, partidario de resucitar a Güemes -o mejor aún, de creerse su reencarnación- y de hacer reverdecer los viejos laureles de la salteñidad más prístina.
Especialmente pienso en un libro, escrito hace veinte años por los historiadores norteamericanos William Strauss y Neil Howe, titulado The Fourth Turning: What Cycles of History Tell Us About America's Next Rendezvous with Destiny.
En este libro, los autores esgrimen la teoría de que la historia de un pueblo se desenvuelve en ciclos de 80 a 100 años, que denominan saecula. La idea se remonta sin embargo a los antiguos griegos, que creían que al final de una determinada centuria sobrevenía lo que llamaban ekpyrosis: un cataclismo que destruía el orden anterior y que establecía otro, tras atravesar una prueba de fuego.
Este cambio de era es conocido como el «fourth turning» y Strauss, Howe, Bannon y Urtubey, entre otros, piensan que nos encontramos ahora mismo justo en medio de uno.
Según quienes sustentan esta visión de la historia, los cambios de saecula son precedidos por periodos de temor y decadencia en los que los pueblos se ven obligados a unirse para reconstruir lo que ha dejado de funcionar y erigir un nuevo futuro, pero solo después de una gran debacle militar o financiera que provoca pérdida de vidas humanas o una gran desazón en el ánimo de los individuos. Todo comienza con un evento catalizador al que le sigue un período de regeneración; después de eso hay un clímax definitorio en el que se libra una batalla por la conservación del viejo orden, y, finalmente, hay una resolución en la que se estabiliza un nuevo orden.
Aquí es donde la obsesión de estos partidarios de los ciclos históricos se torna preocupante. Ellos creen que, para que el nuevo orden emerja, debe producirse un ajuste de cuentas masivo. Y si no son los acontecimientos históricos los que lo desencadenan espontáneamente, ellos deben inducirlo, en la creencia de que pronto nuestro conflicto alcanzará su clímax.
Sucede ya con Trump y sus políticas disruptivas, pero también con Urtubey que ha demostrado en las pasadas semanas que es capaz de poner en marcha políticas que interrumpan el orden actual para lograr lo que él percibe como un nuevo orden necesario. Si lo hacen sinceramente o no es otra cuestión. Ambos persiguen el objetivo de generar el caos: el norteamericano para romper con las alianzas políticas y económicas que hasta hoy han apuntalado la hegemonía estadounidense y alejarse de los principios tradicionales; el salteño para reforzar su poder, amenazado por la crisis, y para generar las condiciones de un nuevo modelo de cohesión social basado en una doctrina fanática.
Para alcanzar cualquiera de estos propósitos es necesario convencer al soberano de que nos encontramos frente a un «fourth turning», de imprevisibles consecuencias. Se hace imprescindible, pues, crear la sugestión necesaria y justa para que combinen con la precisión de una receta ancestral ingredientes como la lealtad a un caudillo, el peso de la tradición y el fervor religioso, todos ellos amenazados -al menos en el caso de Salta- por la difusión del librepensamiento.
Tanto Bannon como Urtubey piensan que el suceso catalizador ya ha sucedido: la gran crisis financiera de 2008, en el caso estadounidense, y el colapso del Estado benefactor/populista, en el caso de Salta. Los dos fenómenos no solo atacan el corazón del orden establecido sino que ponen en entredicho la titularidad y la legitimidad del poder. En el caso de Salta, esto es todavía mucho más claro.
Las medidas anunciadas por Urtubey, entre las que se incluye la remodelación de su gobierno, nos alertan de que estamos en la fase de regeneración; pero a diferencia de lo que sucede en los Estados Unidos, lo primero que hay que regenerar en Salta es la imagen del poder absoluto, disminuida desde que los ciudadanos se han dado cuenta de que la concentración del poder y las ambiciones personales no han traído sino consecuencias nefastas para las libertades y el bienestar.
En ambos casos la solución parece ser la misma: las políticas autoritarias.
Lo que los salteños tienen que preguntarse ahora es ¿qué grado de limitación de la libertad es necesario para que el «nuevo orden» que pretende Urtubey pueda fundarse en los valores tradicionales, la lealtad al jefe o el sentimiento religioso?
El peligro que representa esta visión de la historia, de la configuración del poder y del carácter instrumental de las libertades es demasiado grande para que las personas inteligentes estén dispuestas a aceptar que el poder político las lleve a la práctica. No se debe perder de vista que todo lo que se pretende con las nuevas políticas es darle a nuestra democracia unos contenidos que son incompatibles con la idea de progreso en libertad y que estarían más justificados si la política salteña se sincerara y admitiera de una vez que una mayoría es partidaria del poder despótico.
Ahora que si los demócratas son la mayoría, como algunos suponen, la solución tiene que ser completamente diferente.
Según Strauss y Howe, la característica definitoria de la regeneración es la «unidad», que es precisamente lo que permite a los líderes durante una crisis convertirse en autoritarios, severos e inflexibles. Es -según ellos- la única manera de asegurar el control de los recursos para reconstruir a la sociedad. Pero en estos momentos Salta no necesita ni más autoritarismo, ni más severidad ni más inflexibilidad sino todo lo contrario. Tampoco necesita, por cierto, un «gray warrior» como el que han descrito los historiadores, y menos que un Gobernador en retirada como Urtubey asuma ese papel.
El Gobernador de Salta no ha dejado otro camino a los salteños que no piensan como él que el de la deconfianza hacia sus políticas crepusculares, porque no hay que ser un lince para darse cuenta que detrás de esta ilusión de la disciplina fiscal, las inversiones privadas y el crecimiento del empleo late una obsesión permanente por atrapar la libertad en un puño, colocar el futuro de cientos de miles de salteños bajo la bota del autoritarismo asfixiante y marcar el rumbo hacia una Salta adormecida en la contemplación de sus propias contradicciones y rendida a la desigualdad.