El silencioso regreso de Urtubey a la acogedora casa común del romerismo

  • El descomunal peso de la ineficiencia y el calamitoso estado de la economía productiva de Salta ha llevado al Gobernador a buscar playas seguras. Y, como ya sucedió antes, ha encontrado lo que buscaba en el romerismo, esa inagotable cantera del tercer mundo.
  • La repesca

Tras la sonora derrota electoral, Juan Manuel Urtubey parece un hombre nuevo, o al menos renovado. Desde que las urnas le dieron la espalda de una manera rotunda y -para él- inesperada, el Gobernador de Salta ha desempolvado las corbatas de su ropero y parece haber dejado atrás esa costumbre de mostrarse en público como quien se acaba de levantar de la cama.


Tras desmelenarse con el kirchnerismo primero y con la libertad nupcial después, Urtubey parece haber retomado el camino de la sensatez derechista que -según dicen los que conocen su historia en profundidad- nunca abandonó.

Si no lo hizo, es hoy muy visible que con sus aspaventosos gestos políticos intenta demostrar que aquellos años locos, de los que tanto disfrutó, se han terminado para él.

La recuperación del seny (como dicen los catalanes, tan de moda en estos días) le ha abierto los ojos y le ha mostrado una realidad que él no quería ver, o que, viéndola, se empeñaba en negar: la del calamitoso estado de su gobierno y del aparato productivo de Salta.

El peso de esas dos gigantescas losas le ha llevado al Gobernador a buscar playas seguras y, como ya sucedió antes, ha encontrado lo que buscaba en el romerismo, esa inagotable cantera del tercer mundo.

La anunciada «crisis» de su gobierno, que comenzó por el revés electoral y siguió con la reunión de gabinete/velatorio que se desarrolló pocas horas después, preanunciaba un cambio profundo en el gabinete provincial. Pero no un cambio para darle algo de protagonismo a sus impávidos y despistados ministros -que nunca lo tuvieron por la decisión del jefe de rodearse de personajes sin historia- sino para echarle una soga al jefe, tan necesitado de jugar un rol estelar ahora que enfrenta sus horas más bajas.

El plan «renove» de ministros fue saludado inmediatamente por esa gran bocina gubernamental en que se ha convertido el diario El Tribuno, propiedad del senador Romero, que hasta hace poco disparaba con cascotes a la figura del Gobernador, pero que ahora, tras acomodarse cristianamente las cargas, ha dejado de ser el medio diabólico que capitaneaba el «eje del mal» en la frontera, para convertirse en una especie de Voz Seráfica, de inmaculado pasado democrático.

Pero las melosas crónicas de su antiguo jefe de redacción están pagando, como se sabe, un alto precio; no tanto en imagen -porque la del diario ya era bastante deficiente- sino en número de colaboradores. El sólido bloque de aduladores del romerismo, ese mismo que viene intentando con poca fortuna darle una pátina de intelectualidad a ese magnífico erial de pensamiento desde las páginas de opinión, ha sufrido en los últimos meses unas bajas importantes y al mismo tiempo muy dolorosas y lamentables.

Urtubey presume por estas horas de haberse sacudido a Parodi, y este, a su vez, anda con el pecho hinchado como gallina recién servida diciendo por ahí que desde el primer minuto su renuncia fue «indeclinable» y que ahora quiere disputarle la silla al mismísimo hermano del Gobernador.

Pero la salida de Parodi -una clara señal del descalabro económico de Salta- no es nada comparada con el regreso desde el más allá mental de una de las primeras espadas del romerismo más caposo y obsecuente que haya conocido Salta jamás: el exsenador Marcelo López Arias, rescatado para la causa en una vistosa operación de necrofilia política, digna del laboratorio del doctor Frankenstein.

Si a eso se le suma el regreso del contador Fernando Yarade al comando de las cuentas públicas de Salta, pocas dudas caben de que el romerismo (el real y el disfrazado) le prestarán a Urtubey en sus dos años de mandato una vida extra, porque si alguien sabe de vitalidad desusada en la política lugareña ese no es otro que el senador Juan Carlos Romero, un todoterreno del leisure time.

Hablamos de una vitalidad que no se limita, como se sabe, a prestar recursos humanos al mismo gobierno que hasta hace poco pretendió humillarlo y degradarlo con horribles querellas criminales, sino que también consiste en colocar a sus mejores hombres y mujeres del lado de Sáenz. Porque desde hace mucho se sabe en el mundo de la inversión que lo mejor para no perder es poner los huevitos en diferentes canastas.

Con esta maniobra, Urtubey no busca relanzar a Salta ni parchar su economía, como él pretende hacer creer a los ciudadanos, sino hacer el último intento de alcanzar los cielos; para ver si en 2019 alguien se acuerda de él o quizá simplemente para evitar que en los manuales de cuarto grado del año 2067 se hable de él como ese Gobernador desharrapado, alegre e inconstante que en doce años de mandato terminó destruyendo lo poco de bueno que había en Salta.

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