
Emmanuel Macron (39) lleva un poco más de un mes como presidente de Francia y en ese tiempo tan escaso ha conseguido transformar de raíz la simbología y el lenguaje del poder del Estado, como ninguno de sus antecesores había logrado. Los franceses -así como el resto de los europeos- esperan que los renovados bríos del nuevo mandatario se concreten pronto en progresos para las libertades y el bienestar de los ciudadanos, pero de momento lo que ya tienen es un presidente enteramente nuevo.
En octubre de 2016, preguntado Macron si él -aún simple aspirante al Elíseo- escogería el modelo de presidente «hiperpresidencialista» de Nicolas Sarkozy o si deseaba ser un presidente «normal», como François Hollande, respondió diciendo que lo que Francia necesitaba era un «presidente jupiteriano».
Entonces dejó a todos con la boca abierta, pues nadie se animó entonces a decir qué significaba aquella expresión intrigante, de la que muchos dudaron si se trataba de una metáfora astronómica o mitológica.
Pero los expertos no tardaron mucho tiempo en desencriptar las palabras de Macron aclarando que el hoy presidente se refería al dios romano que gobierna el cielo, la tierra y -por si esto fuera poco- a todos los demás dioses.
En la mitología, Júpiter no es un simple dios: es el rey de los dioses y también el protector de la «ciudad», en el sentido de «conjunto de los ciudadanos».
Conclusión, que Macron no quiere ser solamente un presidente activo, controlador y protagonista de su tiempo, sino que quiere impulsar el regreso a un presidencialismo fuerte en el que se ponga de manifiesto con toda su intensidad la verticalidad del poder.
Julien Longhi, profesor de lingüística de la Universidad de Cergy-Pontoise recuerda que en la misma entrevista de 2016, Macron cita igualmente como modelos al general de Gaulle y a François Mitterrand. Para el actual presidente, ambos tenían «una capacidad de iluminar, de saber, de articular un sentido y una dirección enraizada en la historia del pueblo francés». Pero, según el experto, Macron pudo en ese momento asegurar sin mengua de su popularidad que sería un presidente gaullista o mitterrandiano, pero comprendió que se trataba de figuras con connotaciones partidarias, «de modo que elegió a Júpiter que goza de un consenso más amplio», señala el profesor Longhi.
Urano
Juan Manuel Urtubey (47) lleva casi diez años gobernando la Provincia de Salta, y en ese tiempo que podría considerarse más que suficiente para demostrar ciertas habilidades, el Gobernador también ha sorprendido a los suyos haciendo gala de una capacidad inusual de transformar los símbolos y la comunicación del Estado.Jamás le han preguntado a Urtubey qué clase de Gobernador es o pretendió ser, pero adoptando provisionalmente el símil francés, se podría descartar desde el principio de que estemos ante un gobernador «normal».
Quizá Urtubey intentó en su momento y mientras su popularidad se mantuvo en lo alto ser un Gobernador medio jupiteriano, pero la verdad es que el mismo día en que finaliza la primera mitad de 2017 no se puede decir que lo sea, y que más bien estamos hoy en presencia de un Gobernador uraniano.
En este caso la metáfora es ambivalente, pues es tanto mitológica como astronómica. Urano, como planeta, es uno de los últimos del sistema solar, y el que se caracteriza por dos notas sobresalientes: su escasa luminosidad y la lentitud de su órbita.
Por si esto fuera poco, Urano es, de todos, el planeta más frío del sistema solar. Los -224 grados celsius que hacen por allí no invitan precisamente a una cabalgata hacia la Quebrada de la Horqueta.
Pero donde de verdad se advierte el carácter «uranista» que comentamos (por favor, no hacer segundas interpretaciones) es en la mitología.
La función de Urano es la del dios derrotado de una época pasada, antes de que el tiempo real empezase. Quien acuesta definitivamente a Urano es su hijo Cronos, uno de los titanes, que no solo se limitó a derrocar a su padre sino que le cortó los genitales con una guadaña y los arrojó al mar.
Tras la castración de Urano, el Cielo no volvió a acudir a cubrir la Tierra por la noche, sino que ocupó su lugar, y «los padres originales llegaron a su fin».
Hesíodo lo cuenta con un poco más de elegancia que nosotros, pues dice que Urano retenía a sus hijos en el seno de su madre cuando estaban a punto de nacer. Gea -esposa de Urano- urdió entonces un plan para vengar el ultraje: talló una hoz de pedernal y pidió ayuda a sus hijos. Solo Cronos, el menor de los denominados titanes, estuvo dispuesto a cumplir con el encargo materno, emboscó a su padre cuando yacía con su madre, lo castró con la hoz y arrojó los genitales tras él.
Se podría decir provisionalmente aquí que el gran fabricante salteño de símbolos, pudiendo haber elegido ser Júpiter prefirió convertirse en Urano. Y no tanto por la castración como por la derrota.
Lo bueno de toda esta historia es que los genitales de Urano, segados por Cronos, fueron arrojados al mar, y de la espuma resultante nació Afrodita Urania, la diosa de la belleza, el amor y el deseo, que hoy se pasea por Cachi repartiendo terrenos, antes de que Zeus la case con Hefesto, el dios del fuego y de la fragua, que según la mitología era «severo, cojo y malhumorado».
Cuenta la leyenda que la noche en que Afrodita hubo de consumar su unión con Hefesto, la bella diosa, singularmente disgustada por las dificultades motrices y la apariencia contrahecha de su esposo, le espetó: «¡cojo asqueroso!», a lo que el dios del fuego y la fragua respondió: «No importa, mi amor, yo te enseño».