
Los partidarios y partidarias de la expresidenta de la Nación, a quienes respetuosamente dirijo esta comunicación, saben perfectamente a estas alturas que desde que el Gobernador de Salta, don Juan Manuel Urtubey, se convirtió en macrista (hace de esto casi dos años), ha venido descalificando, cada vez con argumentos más duros, a la señora Kirchner.
Pienso que ha llegado el momento de que ese importante sector de la ciudadanía argentina que conforman los seguidores de la expresidenta analicen, con la misma paciencia y sabiduría que ella ha tenido a la hora de encajar los corrosivos ataques del Gobernador de Salta, las razones por las cuales el señor Urtubey carece de la autoridad política y de la estatura moral necesaria para criticar, del modo en que lo hace, a la señora Kirchner.
Entre las muchas razones que tengo apuntadas, por razones de espacio, me referiré solo a dos:
1) La maniobra de Urtubey en 2007, consistente en abandonar el peronismo, enfrentarlo en las elecciones y, luego de haberlas ganado, regresar al partido que abandonó para liderarlo, como su presidente.
2) Los orígenes ideológicos del Gobernador de Salta, vinculados al nacional catolicismo, el mismo que propició la caída de Perón en 1955 y que después de una operación de maquillaje se volvió en contra de los militares liberales que ganaron la partida tras la consolidación de la llamada Revolución Libertadora.
Sobre la maniobra de 2007
Sobre la primera de las razones, hay que decir simplemente que la opinión de Urtubey de que la señora Kirchner «ya no es peronista» y que «no puede aspirar a conducir ese espacio» no hace otra cosa que ir contra sus propios actos.En 2007, en vísperas de las elecciones convocadas para suceder al gobernador Juan Carlos Romero, que había agotado tres mandatos constitucionales sucesivos (el tercero, gracias a una reforma constitucional fantasma que impulsó el propio Urtubey), ante la negativa del mandatario saliente de ungirlo como su sucesor y de facilitarle su candidatura dentro de las filas del Partido Justicialista de Salta, Urtubey decidió romper con el partido y ser candidato por otro partido diferente.
Hay que recordar que el Partido Justicialista llevó entonces como candidatos a Gobernador y a Vicegobernador a los señores Walter Raúl Wayar y Javier David, respectivamente, que perdieron por un estrecho margen de votos.
Una vez hecho con el control del aparato del Estado, Urtubey, que había jurado moralizar y regenerar la vida política tras el largo periodo de hegemonía romerista, anunció su regreso al Partido Justicialista de Salta, del cual hoy es presidente.
Nadie -creo recordar- le reprochó que «ya no era peronista» y que, por tanto, «no podía aspirar a conducir ese espacio». Si él lo hizo en 2007, con un coste de popularidad insignificante, ¿por qué no puede hacer ahora lo mismo la señora Kirchner? ¿Es que acaso es Urtubey el único al que le está permitido instrumentalizar el peronismo a su antojo?
En este y en muchos temas parecidos, permítanme que se los diga, el señor Urtubey no es la persona más indicada para tirar la primera piedra.
Sobre los orígenes ideológicos
Que el señor Urtubey pretenda exhibir en estos momentos sus blasones peronistas frente a la señora Kirchner se antoja un poco ridículo, cualesquiera que sean los sentimientos que la expresidenta pudiera albergar respecto de la fuerza política que la impulsó en su día a la Primera Magistratura del país.Lo cierto es que Urtubey -nacido en 1969- no forma parte, ni de lejos, de lo que podría considerarse el «núcleo fundacional» del peronismo de Salta, un grupo que fue, como muchos saben, muy variado ideológica y sociológicamente y, por tanto, muy conflictivo y muy mal avenido.
De la familia del Gobernador de Salta solo se conocen antecedentes peronistas a partir del año 1971 y ello no antes de la ciertamente extraña reconversión al peronismo de un cierto sector de la ultraderecha católica que apoyó hechos notoriamente antiperonistas como los bombardeos a Plaza de Mayo en junio de 1955 y el posterior alzamiento militar de septiembre de aquel año, que acabó con el gobierno de Perón y forzó su exilio. Quiero por favor que nadie interprete estas afirmaciones como la vinculación de persona concreta alguna con estos lamentables hechos.
Que este sector originalmente antiperonista y sorprendentemente reconvertido al peronismo se haya aproximado en algún momento al presidente Cámpora y a los grupos juveniles (en su mayoría violentos) que apoyaron su breve presidencia no significa que sus integrantes hayan dado un salto copernicano. Simplemente se trató de la convergencia pactada de los extremos que propició la gigantesca confusión ideológica de aquellos años y el carácter extraordinariamente abierto del peronismo de la época. No se debe perder de vista que estos grupos, llamémosle «mixtos», fueron protagonistas activos del regreso de Perón en 1972 y 1973.
No quisiera profundizar en este tema, para no herir sensibilidades de forma innecesaria y referirme a personas que ya han fallecido. Pero sí he de decir que cuando el actual Gobernador de Salta se proclamó «peronista», sus afinidades políticas no estaban precisamente cerca de lo que podríamos llamar el «ala izquierda» del movimiento fundado por Perón.
Según el propio señor Urtubey, sus primeros pasos en el peronismo los dio, con 21 años, cuando su tío materno fue designado Ministro del Interior por el presidente Carlos Menem, que pasará a la historia como el impulsor de las políticas de derechas más alejadas del núcleo doctrinario del partido peronista. Incluida, por supuesto, la nefasta reforma laboral que entre 1993 y 1997 impulsó un pariente cercano de quien esto suscribe. No tengo el más mínimo inconveniente en reconocerlo, porque sé perfectamente que algún despistado me relacionará en vano con esa operación.
Ahora que si con este árbol genealógico tan particular, es el señor Urtubey el que puede darle lecciones de peronismo y de no peronismo a la señora Kichner, es porque las cosas funcionan bastante mal dentro de este partido y no porque las cosas hayan dejado de ser como son.
En resumen, que los seguidores de la señora Cristina Fernández de Kirchner pueden estar tranquilos (o más tranquilos aún si ya lo estaban), porque quien desconoce el liderazgo de la expresidenta y la descalifica continuamente no tiene realmente ningún argumento serio para inquietarlos.