El Gobernador de la Provincia de Salta ha puesto el broche de oro a la colonia de vacaciones para adultos por él convocada en el hotel Termas de Rosario de la Frontera y a la que asistió un centenar de funcionarios de su gobierno y legisladores afines. Mientras en Salta se abría el cielo para dejar paso a una tormenta bíblica, a ciento ochenta kilómetros de la capital provincial Urtubey tomaba el micrófono para improvisar uno de los discursos más inconexos y contradictorios que se le recuerden.
El eje de su discurso -si es que se puede hablar de uno- estuvo constituido por una vehemente llamada a la innovación de las prácticas burocráticas de su gobierno. De lo que se trata es de que «aceleremos procesos», ha dicho el Gobernador, cual si fuera un químico impaciente, obsesionado por adelantar los resultados de sus alocados experimentos.
Lógico. Nueve años ralentizando no pueden sino conducir a las malas cifras que todos conocemos. Quizá no sea tarde para acelerar. El problema es que, sin autocrítica, la convocatoria adolece de una incurable falta de sinceridad.
Pero el caso es que Urtubey no ha mencionado ningún proceso en concreto -excepto quizá el tema de la mortalidad infantil- y tampoco ha dado a sus funcionarios pistas ningunas de cómo deberían de acelerarse estos procesos.
Como ya sucedió en ocasiones anteriores, a medida que el mandatario iba soltando sus particulares verdades a un auditorio cautivo, comenzaban a aflorar en su discurso determinados elementos que dejan entrever las profundas y peligrosas contradicciones de su discurso, así como el carácter autoritario y visceral de sus decisiones.
Un párrafo especial merece la mención al denominado Plan Estratégico Salta 2030, elaborado por el gobierno de Urtubey (o mejor, por un puñado de técnicos) en la penumbra de unos despachos que son aún desconocidos para la mayoría de los salteños. De él, el mandatario ha dicho que se trata de un plan diseñado «por todos los salteños» (una auténtica falacia), y ha dado a entender también que se trata de un plan vinculante, de obligado acatamiento, aun cuando no ha sido sometido jamás a votación o a referéndum por parte del conjunto de los ciudadanos de la Provincia.
Es lógico suponer que los salteños quieran ser en el futuro lo que ellos mismos quieran ser y así lo hayan decidido libre y democráticamente. Las decisiones o los planes futuristas de Urtubey y de sus expertos, más allá de las buenas intenciones que pudieran perseguir, no tienen por qué limitar la libertad de los salteños para decidir su futuro.
Desde luego, Urtubey no ha mencionado la posibilidad -para algunos, esperanza- de que quien lo sustituya en el cargo, en caso de no pertenecer a su fracción política, se deshaga de su famoso plan estratégico y lo sustituya por otro.
Otro detalle que seguramente se le ha escapado, aunque dice mucho del carácter intervencionista y liberticida de sus políticas, es que la creación del Consejo Económico y Social de Salta responde al impulso del gobierno de «tener el contralor de la sociedad» (sic); es decir, de controlar la vida de los salteños, de los que son libres y de los que no lo son. Un dato para apuntar, sin dudas.
La libertad, hermosa palabra
Más adelante, Urtubey recordó que hace años, cuando dirigió su primer mensaje a la Legislatura provincial (aquel que entusiasmó a muchos), pronunció las palabras «libertad, libertad, libertad», que por cierto no son suyas sino que forman parte de la letra del Himno Nacional.Al comentar ayer sus propias palabras, el mandatario dijo: «es lo único que le dije a Salta por lo que voy a trabajar».
No se puede decir que no haya cumplido, puesto que al decir «lo único», Urtubey no se aleja mucho de la realidad. Hablamos de un trabajo exitoso y de una promesa cumplida, puesto que si el objetivo de Urtubey era conquistar en nueve años la libertad, puede decirse que sus prolongadas ausencias de Salta y la continuada dejación de sus responsabilidades suponen la conquista de la libertad, pero para él, que es quien aparece como el ciudadano más beneficiado (por donde se lo quiera mirar) en estos nueve años de gobierno que han pasado.
En un esfuerzo inútil por darle al concepto de libertad un contenido socioeconómico (un empeño del fascismo intelectual de la década de los veinte del pasado siglo), Urtubey ha relacionado el disfrute de la libertad con el combate a la pobreza, y ha dicho, sin ruborizarse, que «libertad es bajar la mortalidad infantil en un dígito; el camino de la libertad es seguir bajando la mortalidad materna».
Pero al decir esto, Urtubey no ha reparado en que, en el mismo plazo (nueve años), un puñado de países africanos, sin tanto apego a la libertad (al menos a la ardorosa libertad que Urtubey proclama), han bajado más que Salta la tasa de mortalidad de los menores de cinco años. Liberia, Ruanda, Malawi y Madagascar se encuentran entre los diez países en los que ha descendido más rápidamente la mortalidad en este segmento de la población.
Conformarnos con este dato, echar las campanas al vuelo y vincular estas cifras con la libertad, constituye una irresponsabilidad, primero, y un engaño, después. Porque detrás de esta libertad «conquistada» se oculta un formidable atropello, que apenas si registra precedentes, a los derechos más básicos, como el de libertad de expresión, el de defensa en juicio, o el de elegir libremente a nuestros representantes.
Prácticamente tres cuartos de lo mismo sucede en materia de mortalidad maternal, un terreno en el que los grandes progresos de la última década no se han alcanzado en Salta, ni por democracias «libertarias» al estilo de la que lidera Urtubey, sino en las áreas más postergadas del planeta, en donde se disfruta un mínimo de libertades.
Sacar pecho por este tipo de avances, que son compartidos por una parte importante de los países en vías de desarrollo, retrata de cuerpo entero a un gobierno que presume de lo que carece.
Al Gobernador se le ha olvidado mencionar algunos indicadores importantes, como las cifras de la violencia mortal contra las mujeres (Salta encabeza todas las estadísticas), y el lapidario informe del relator especial de la ONU sobre los derechos de los pueblos indígenas.
Bienes culturales
En un momento de su discurso, Urtubey se refirió también a una hipotética conexión entre libertad y acceso de los niños a los bienes culturales.No se trata -hay que decirlo- de un descubrimiento del Gobernador ni de una idea original suya. Para comprobarlo, basta con repasar someramente las propuestas de los distintos candidatos que competirán en las elecciones presidenciales de Francia, previstas para finales de abril próximo.
Pero, una vez más, la realidad contradice en esta materia a Urtubey, puesto que, para empezar, la demanda infantil de acceso a estos bienes es numerosísima (por la estructura demográfica de nuestra región), mientras que la oferta es paupérrima y de bajísima calidad. Los bienes culturales que producen los salteños -que son los que a Urtubey le interesa que consuman los niños- son marcadamente insuficientes, para no hablar de su discutible calidad. Así ha quedado de manifiesto el pasado año, en el que, por falta de imaginación, de recursos, o de ambas cosas, la programación cultural ha rozado sus mínimos históricos. Afectados por estas carencias se encuentran los museos, las bibliotecas, los teatros, la orquesta y el ballet provincial.
El innovador genético
En el pasaje quizá más controvertido de su discurso, Urtubey ha dicho «yo tengo la vocación de ser el innovador que abre la puerta a esa Salta que va a venir con nosotros o sin nosotros». Doble o triple error.Primero porque en sus nueve años de gobierno Urtubey ha dado un gigantesco giro al pasado, poniendo en práctica algunas políticas conservadoras de manual y otras -como el protocolo que judicializa la práctica de los abortos no punibles o la política de subsidios directos a ciertos sectores- decididamente regresivas. El nivel de innovación, tanto en tecnología de gestión, como en políticas sustantivas ha sido mínimo.
Probablemente el Gobernador hable al calor de la innovación -profunda, por cierto- que ha acometido en su vida personal y familiar, un terreno en el que las cosas han cambiado bastante para él, sin que venga a cuento aquí comentar si sus decisiones han sido o no acertadas.
Pero de allí a extrapolar la innovación y predicar la de su gobierno, hay un salto apreciable, que no es posible acometer sin estar provisto de paracaídas, o, cuanto menos, de un rostro de granito.
Ahora que si Urtubey llama «innovar» a la acción de asociar a su gobierno a feministas y aborígenes orgánicos, hasta el punto de permitir que estos grupos minoritarios se apropien de las decisiones públicas y ejerzan el derecho de veto, incluso respecto del derecho de propiedad ajena y de las decisiones de los tribunales de justicia, pues probablemente se pueda hablar, sí, de una innovación notable.
Lo que probablemente esté en duda es que este tipo de «innovaciones» corporativas sean capaces de abrir puertas, como sugiere el Gobernador en su discurso.
En todo caso, si esa Salta venturosa del futuro va a venir -como dice Urtubey- «con nosotros o sin nosotros», muchas razones para innovar no hay, pues la fatalidad es enemiga de lo nuevo, casi por definición.
Mejor sería que, en vez de proclamarse el apóstol de la innovación, Urtubey dedicara el tiempo que le queda para gobernar -que no es poco- a profundizar las líneas conservadoras y reaccionarias de sus políticas. No solo sería una forma de sincerarse -la falsedad comienza a escocer cuando nos acercamos a los cincuenta- sino también una buena manera de esperar el ansiado momento en que esa Salta que tiene que venir, a como dé lugar, venga mejor sin él que con él.