No es muy difícil imaginar que el Santo Padre no concede audiencias privadas sino en muy contadas ocasiones. En una de ellas, la afortunada ha sido la Vicepresidente de la Nación, señora Gabriela Michetti. Según fuentes vaticanas, el encuentro entre el Sucesor de Pedro y la sucesora de Amado Boudou duró aproximadamente una hora, al cabo de la cual a la señora Michetti se le ocurrió tuitear que había tenido una 'linda charla' con el Sumo Pontífice.
Conociendo al Papa, pocas dudas caben de que la charla ha sido amena y variada. Pero de allí a decir que ha sido una 'linda charla', como si la vicepresidenta hubiera estado conversando con el portero de su edificio, con unos mates de por medio, hay una cierta distancia.
Michetti no dijo que se sintió sobrecogida por el enorme impacto espiritual de la presencia del Papa, ni impresionada por su intelecto, su cordialidad o su preocupación por los problemas de la Argentina.
Con Francisco tuvimos una conversación muy parecida a la que teníamos antes. Hablamos mucho sobre nuestro país. pic.twitter.com/ff0vb0OICW
— Gabriela Michetti (@gabimichetti) November 17, 2016
Y lo que es peor: A Michetti le pareció la conversación más o menos igual a las que ambos mantuvieron antes (se entiende, cuando el Papa no era Papa sino Jorge Mario Bergoglio).
Es decir, que para Michetti nada ha cambiado. El Pontífice sigue siendo igual (de campechano o de travieso) como cuando jugaba a ser el nemesis del matrimonio Kirchner. A pesar de que al cardenal Bergoglio le cayó encima un cúmulo nimbus de santidad, y una responsabilidad que para qué te cuento, para Michetti, la conversación ha sido muy parecida a la de antes.
O ella no le ha tomado el peso a la responsabilidad de ser la Vicepresidente de la Nación, o Bergoglio aún no se ha enterado de que los cardenales lo eligieron Papa y no párroco de Sumalao.
Hubiera sido preferible que Michetti asumiera algunos riesgos en sus tuits y nos hubiera dicho: «Casi me hago la pis al verlo al Papa» o «sentí una profunda emoción, como en Venecia».
Pero con todos los líos que tiene la una y que tiene el otro, ya es un alivio el solo hecho de pensar de que la reunión, en vez de haber terminado con una confesión entre lágrimas contritas, ha acabado con uno de los interlocutores con la sensación de haber pasado «un lindo rato».