Consciente de su alto nivel de popularidad (una rareza, si se tiene en cuenta la seguidilla de escándalos de corrupción descubiertos en el seno de su gobierno), la anterior Jefa del Estado busca defender con uñas y dientes el lugar en la política argentina que sus críticos más implacables le niegan de modo sistemático. A primera vista, no parece que Cristina Kirchner esté malgastando su popularidad residual en una operación de poder de corto alcance. Todo indica que, con razón o sin ella, lo que se ha planteado con seriedad la anterior mandataria es librar una batalla por su dignidad personal y su dimensión de líder.
Para «amigos» tan poco fiables y consistentes como Urtubey, el empecinamiento de la expresidenta en no abandonar los primeros planos de la política sería mucho más fácil de combatir y de neutralizar si se tratara simplemente de un arrebato encaminado a mantener las cuotas de poder y de influencia de antaño. Pero la realidad indica que las traiciones y el cerco judicial han convertido a la viuda de Kirchner en una fiera malherida, empeñada en una lucha orgullosa por su propia dignidad.
Con sus oscilaciones políticas de los últimos meses, Urtubey no solo ha demostrado una gran capacidad de detectar ese punto de abrigo en donde el sol más calienta, sino también una dificultad especial para deshacerse del lenguaje y las prácticas del kirchnerismo del que dice haber abjurado.
Urtubey tiene en común con el antiguo régimen algo así como el 98% de su ADN político. Solo se quedan fuera sus ocasionales y calculadas simpatías por Macri y su falta de sintonía con la mujer que podría disputarle un lugar en la cúpula de un peronismo que busca desesperadamente el camino para volver a ser la fuerza corrosiva que ha impedido a otros partidos gobernar el país desde 1983.
Quitando estos detalles, más bien adjetivos, Urtubey comparte con Cristina Kirchner todo un arsenal dialéctico vinculado con el ejercicio obsesivo del poder, el disfraz democrático, el discurso superficial, las tentaciones totalitarias, los vínculos ocultos y la opacidad de los actos de gobierno. Al mismo Urtubey que dice preferir a Macri, le gustaría en el fondo gobernar como Cristina Kirchner, sin ataduras y sin controles ciudadanos.
La expresidenta es perfectamente consciente de que el país dividido en dos que ella y su marido se esforzaron por forjar durante doce años de excesos personalistas y de pasiones desatadas aún pervive, y que Urtubey, si las cosas no le van bien con Macri, va a volver a pagar las cuotas del club kirchnerista. Solo esta especulación de corto plazo impide que por el momento la expresidenta saque a la luz el lado más oscuro del Gobernador de la Provincia de Salta y responda de una manera frontal y directa a los agravios que le dirige su antiguo aliado.
A Cristina Kirchner no le interesan las etiquetas, pero sin dudas le preocupa que se cuelgue el cartel de «kirchnerista» a un Gobernador que ha cometido auténticos desastres en la Provincia de Salta, hasta el punto de haberla convertido en una de las más pobres y peor gestionadas del país. Visto desde esta perspectiva, a los kirchneristas les interesa que Urtubey sea percibido más como un «macrista reprimido» que como un Gobernador nakypop ineficiente.
Pero tanto Kirchner como Urtubey se las ven venir y saben que no soplan para ellos vientos favorables de cara a las elecciones mid-term de 2017. El Gobernador de Salta, que aún no ha decidido el bando que lo contará en sus filas, diferirá su decisión hasta último momento, cuando sepa a ciencia cierta si Macri ganará o no las elecciones. Si ve que Macri las pierde, Urtubey buscará acomodar sus cargas con el peronismo (con Kirchner o sin ella). Pero si calcula que Macri emergerá como ganador, Urtubey (al que una derrota en 2017 lo condenaría a una jubilación anticipada y virtualmente irreversible) se convertirá en aliado electoral de Cambiemos.
Si la señora Kirchner decidiera darse por vencida y se abandonase a sus negocios inmobiliarios y hoteleros, todo sería mucho más fácil para Urtubey y sus aspiraciones de llegar alguna vez a ejercer un cargo importante. Pero no parece muy posible que la anterior mandataria vaya a dejar despejado el camino con tanta facilidad.
Si Urtubey -que ya ha tocado techo en su planificada escalada de popularidad nacional- quisiera tener alguna mínima oportunidad de sobrevivir en el mundo que se avecina, deberá repensar íntegramente su estrategia y sobre todo su irresponsable renuncia a gobernar la Provincia que lo eligió tres veces como Gobernador. O Urtubey demuestra con hechos y con cifras que puede tratarla de tú a a tú a Cristina Kirchner, o su estrella se apagará irremediablemente en un firmamento dominado por los fuegos artificiales de un poder que hasta ahora solo le ha mostrado su peor cara.