Los fines de semana de Urtubey ya no son lo que solían ser

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Desde el pasado 24 de septiembre, fecha de su matrimonio, la agenda pública del Gobernador de la Provincia de Salta, Juan Manuel Urtubey, ha encadenado una serie de baches y de oscuridades, que no han hecho otra cosa que profundizar las dudas que a lo largo del tiempo los ciudadanos han ido alimentando en torno a la dedicación exclusiva del Gobernador a las funciones para las que ha sido elegido y a la seriedad con que realiza su trabajo.

Transcurridos 17 días desde el enlace, una cuenta generosa arroja como resultado no más de cinco jornadas dedicadas por el mandatario a realizar o participar en actos de gobierno. Esta contabilidad no tiene en cuenta las decisiones que el Gobernador -se supone- debe de tomar a diario en sus espacios más íntimos, sino que se basa exclusivamente en la comunicación pública de sus actividades oficiales.

Puede suceder en consecuencia que sea el aparato oficial de comunicación del gobierno de Salta el que esté faltando a sus deberes para con los ciudadanos al no hacer públicas las actividades que el Gobernador desarrolla todos los días. Pero puede suceder también que el mandatario haya decidido ralentizar voluntariamente su actividad gubernamental, por motivos que él solamente conoce, pero que a estas alturas debería explicar.

Lo llamativo en cualquier caso es comprobar que, hasta hace pocos meses, los fines de semana eran aprovechados de forma intensiva por el Gobernador para asistir a fiestas patronales, para inaugurar playones deportivos, para realizar comilonas con Intendentes, para asistir a festivales folklóricos, para reunirse con sus ministros en alguna ciudad del interior o para visitar inhóspitos parajes.

De repente -no se sabe si por falta de dinero o por algún otro motivo- Urtubey ha dejado de hacer cosas como estas, que, a pesar de su solemne intrascendencia, al menos servían para que los ciudadanos tuvieran la sensación de tener a un Gobernador presente y listo para reaccionar si se produjera, por ejemplo, una amenaza a la seguridad colectiva.

Desde la famosa toma de juramento de Mascarello (día jueves 29 de septiembre), el Gobernador ha aparecido oficialmente en escena solo dos veces: una en la así llamada Cumbre Mundial de Políticas Públicas (6 de octubre, en Salta), y otra en una reunión con el director ejecutivo del PAMI (7 de octubre, en Buenos Aires).

Cabe recordar, que antes de estos dos actos (de una trascendencia institucional minúscula) Urtubey llevaba una semana sin dar señales de vida política. Hoy estamos a 11 de octubre y de no ser por las redes sociales los ciudadanos no se habrían enterado que su Gobernador estuvo en la Provincia de Córdoba, para asistir a una competencia deportiva que tuvo a su hijo mayor como uno de los protagonistas.

El fin de semana anterior, por los mismos canales, la ciudadanía se enteró que el Gobernador tuvo la osadía de llevar a cabalgar a su actual esposa a los campos que históricamente constituyeron el feudo de su anterior familia política, lo que algunos han considerado un gesto imprudente y otros un abierto desafío.

Es muy probable, por supuesto, que Urtubey reaparezca en las próximas horas. El lugar es una incógnita, aunque todo indica que las particulares circunstancias que enfrenta lo obligarían a mostrarse públicamente en Salta y no en otro lugar. Esas circunstancias particulares son, nada más y nada menos, que las crecidas sospechas que tienen los que lo han elegido para gobernar en Salta de que el mandatario ha trasladado de facto su domicilio a Buenos Aires, como un preanuncio de lo que vendrá.

Mientras todo esto sucede, no cesan los movimientos para asegurar que «Urtubey esté siempre en Salta», objetivo parcialmente alcanzado por los operadores oficiales, que procuran que cuando Juan Manuel está ausente del territorio que gobierna, dedicado a «sus cosas», al menos uno de sus hermanos se halle de cuerpo presente en Salta. En especial, el benjamín de la familia, José, a quien todas las quinielas señalan como elegido por su hermano para sucederlo en el cargo.