La agenda deportiva y la de chismes del corazón deciden los movimientos de Urtubey

El Gobernador de la Provincia de Salta, quien, como ya es sobradamente sabido, no ejerce tal cargo sino que recorre el país de cabo a rabo para intentar levantar la pobre imagen que le dan las encuestas, se encuentra en la ciudad de Mendoza, adonde hace menos de doce horas estuvo Lionel Messi.

La presencia del goleador rosarino y capital del seleccionado nacional en la ciudad cuyana atrae -y esto no es ninguna novedad- a una enorme cantidad de medios de comunicación, muchos de ellos llegados desde otras partes del mundo.

Oportunidad ideal para que Urtubey decida aterrizar en Mendoza, ver el partido y, de paso, intentar captar algo de atención, en las tribunas, en la calles, en los pasillos, en los hoteles.

Donde hay un gran evento y hay luces, cámaras y micrófonos, allí está Urtubey. Es un número puesto, así se trate de Los Pumas, Las Leonas, Los Vampiros o de cualquier otro equipo.

Para lograr esta especie de ubicuidad terrenal, un equipo «multidisciplinar», «articulado» e «interactivo» se encarga de analizar minuciosamente las proyecciones de «rating». Es este equipo, y no el gabinete de ministros, el que decide dónde y qué tiene que hacer Urtubey en cada momento.

Como se ve, no son los problemas y las necesidades de Salta (sino más bien las necesidades de exposición pública y la campaña de imagen) los que definen la agenda del Gobernador.

Quienes conocen en detalle los movimientos del Gobernador, comentan que solo aparece por Salta para «hacerse fotos», y que tiene expresamente prohibido a sus colaboradores más inmediatos llevarle problemas mientras está ausente del territorio provincial. Hay determinadas horas del día a las que ni siquiera se lo puede llamar por teléfono o enviarle un whatsapp.

Comentan también que si no fuera porque los jets lo pueden regresar al despacho en no más de tres horas y media (dependiendo del punto del país en que se encuentre), esta es la hora que Urtubey no pisaría Salta.

O sea que Urtubey da la impresión de que está, pero en realidad no está. Aparenta gobernar, pero no gobierna. Tampoco calienta la silla, puesto que nunca la ocupa, y el despacho de los asuntos de Estado se ha vuelto tan mecánico después de ocho años que tienen todo atado y bien atado para que la ausencia y la situación de acefalía permanente no se note en lo más mínimo.

«La Provincia se le ha quedado chica. No tiene mucho sentido que siga dando vueltas por aquí», afirman quienes ven con buenos ojos que el Gobernador tome distancia del terruño. Los otros, los que critican sus prolongadas y poco explicadas ausencias, dicen en cambio que el país se le queda un poco grande y que no parece buena idea que el gobierno de los asuntos públicos más delicados esté en manos de un grupo de gente tan poco preparada como los que Urtubey ha señalado como sus reemplazantes.

«Salta está a la deriva. Podría haber un mono al timón, que seguramente haría las cosas mejor que los que están al mando», dicen los que desconfían del gobierno.

En los próximos cuarenta meses la situación se volverá incluso más grave, porque el proyectado segundo matrimonio de Urtubey lo alejará más todavía, si cabe, de Salta.

Lo que lo salteños deben esperar a partir de ahora es que el Gobernador aparezca ocasionalmente dando alguna conferencia de prensa, inaugurando alguna escuela o asistiendo a alguna procesión, simplemente para dejar una sensación de presencia. Y esperar también que los problemas cotidianos a los que se enfrentan los salteños, los que amenazan su futuro y el de sus hijos, queden postergados y relegados a un segundo plano.

Pero como Urtubey es el nuevo Güemes, es más importante «posicionarlo» que resolver los problemas.