La Vicepresidente de la Nación, Gabriela Michetti, viene avisando desde hace varias semanas sobre el desastre que dejó el largo periodo de gobierno kirchnerista, y no solo en las cuentas públicas como pareció en un principio. Lo curioso es que mientras Michetti recorre el país poniendo a caldo a sus antecesores, parece que reserva parte de su energía para ocultar los desaguisados kirchneristas en provincias cuyos gobernadores -ahora- simpatizan con el gobierno de Macri.
Quizá porque madame Michetti comparte a menudo mesa, mantel y fundación con el Gobernador de Salta, Juan Manuel Urtubey, las aterradoras cifras que registra esta Provincia en materia económica, social y medioambiental -infinitamente peores a las que se pudo haber encontrado Michetti cuando empezó a rascar el delgado barniz kirchnerista- se han convertido de pronto en unas cifras estupendas y hasta «inclusivas».
Es decir, que los crímenes contra el sentido común que ha cometido el kirchnerismo en Salta, de la mano del kirchnerista Urtubey y de sus aliados no son atropellos contra la dignidad y la conciencia de cualquier ser humano, como la mayoría de los salteños valora, sino expresiones de una prolija gestión y una aplicación cuidada de «políticas públicas».
Que todos los días el gobernador Urtubey pretenda borrar su pasado kirchnerista no quiere decir que lo esté consiguiendo. La gente no es imbécil y aunque se pretenda imbecilizarla con calculadas sobredosis de Tinelli -capaces de convertir en burro a un gran profesor- quien más quien menos se da cuenta perfectamente que el kirchnerismo ortodoxo que aplicó Urtubey durante ocho años dio incluso peores resultados que la versión prístina, orquestada por La Cámpora y compañía.
Solo por poner un ejemplo, el agujero hallado en Aerolíneas Argentinas no es proporcionalmente comparable al desastre, ferroviario y contable, del Tren a las Nubes; el menos conocido de las autopistas de Salta o el impresentable estado de la orquesta sinfónica provincial.
¿Es que acaso la señora Michetti tiene una visión selectiva de lo que sucede en el país, según la cara del Gobernador que le toque, o la simpatía que éste le produzca? ¿O es que necesita que alguien le diga lo que está pasando realmente en Salta?
Urtubey ha adoptado una feísima costumbre: la de intentar curar con «peronismo» sus desvíos de obsecuencia personalista más impresentables. Quiere decir que cuando la gente le recuerda al Gobernador de Salta -aun sin mala intención- que fue romerista, él responde con cara de inocente: «No, yo fui peronista». Lo mismo cuando alguien quiere sacar el tema de sus devaneos con Menem, con Kirchner o con Macri. Al final, siempre el remedio es decir «yo soy peronista», algo que, por la elevada carga de inespecificidad de la etiqueta, es lo mismo que decir «yo soy lo que más me convenga», o «¿Yo?, Argentino Ledesma».
No es bueno engañarse y creer ahora que Salta no fue, entre 2007 y 2015 una provincia kirchnerista. Que ahora la señora Michetti quiera sacar a Salta de la lista negra solo quiere decir dos cosas: o que simpatiza demasiado con Urtubey (lo cual no sería de extrañar) o que su amistad con el Gobernador de Salta le ha puesto en contacto con el fascinante e intoxicante mundo de la mentira.