Hace algún tiempo atrás, quien estas líneas suscribe mantuvo un muy interesante y bien recordado -al menos por mí- intercambio en Twitter con los señores Matías Posadas y Gonzalo Quilodrán. No fue, a decir verdad, un intercambio sino más bien una interpelación -amable, por cierto- de estos dos jóvenes políticos, que tardaron casi nada en salir al cruce de una inocente opinión mía acerca de la identidad de intereses y una velada convergencia política entre el Gobernador de Salta, Juan Manuel Urtubey, y el senador nacional y propietario del diario El Tribuno, Juan Carlos Romero.
No soy muy partidario de defender mis ideas «hasta la muerte». Me parece una idiotez, y ya lo he dicho varias veces. Por tanto, me di rápidamente por convencido con los argumentos de los señores Posadas y Quilodrán acerca de que el señor Urtubey no tiene nada que ver con el señor Romero y que jamás en la vida iban a volver a coincidir en una aventura política. Aseguro que me los creí a pie juntillas.
Tengo que decir también que poco faltó para que ellos me lo juraran por sus muertos. Llegaron a decirme que yo tenía mala información, lo cual para mí es un elogio más que una descalificación, porque de personas «bien informadas» hoy está poblado el cementerio.
Eran las épocas en las que, como un eco retardado y difuso del kirchnerismo militante, los deslumbrados seguidores «U» lanzaban a través del ciberespacio y con la ayuda de cientos de perfiles falsos la consigna «¡El Tribuno miente!».
Eran también las épocas en que algunos sucesos en la vida de mis ocasionales interlocutores, como la disputa con un vecino de la madre de uno de ellos o un grave accidente de circulación con víctima mortal, dieron motivo a que el diario de Limache les devolviera atenciones en forma de devastadoras crónicas policiales.
No soy profeta y me disgusta bastante cuando la realidad me da la razón, porque en el fondo lo que desea mi razón es desafiar a la realidad y no coincidir con ella. Pero el caso es que el humillante arreglo entre Romero y Urtubey, escenificado poco antes de la votación en el Congreso Nacional de la llamada «ley buitre», no solo ha dejado descolocado, y mucho, al Procurador General, señor López Vinyals, sino a miles de fanáticos entre los que las circunstancias, y no mi voluntad, me obligan a incluir a los señores Posadas y Quilodrán, nuevos y entusiastas romeristas.
Con El Tribuno sucede como con esos guerreros japoneses que después de 60 años de concluida la Segunda Guerra siguen atrincherados en Borneo. No se enteran de que la guerra ha finalizado. Por eso todavía siguen sacándole los colores al bueno de Gonzalo Quilodrán, a quien más de una vez han acusado de ocupar un cargo añoquizado en la siempre socorrida estructura presupuestaria de la Casa de Salta en Buenos Aires. Vamos, como si no hubiese sido Romero el que inventó a la Casa de Salta como paraíso offshore del dolce far niente.
Mientras «la redacción» se empeña en seguir haciendo sangre, por la otra bandeja de entrada (la del pluralismo) recibe las agudísimas colaboraciones de la señora Pamela Eleonora Ares, esposa de don Gonzalo y madre de su hermoso vástago. Lo hace como si entre ellos reinara una paz larga, silenciosa y perecedera, como la de los cementerios de los que antes hablaba.
Más bonito y más conmovedor todavía es que el halagado cónyuge haya compartido con sus 5.711 fieles seguidores el enjundioso artículo de su esposa, publicado en el mismo diario que dijo incendios de él, el mismo que, según él, «optó por defender a su dueño y desprestigiarse»; es decir, en el buque insignia de la misma estructura satánica que juró combatir en nombre de la inclusión, la patria grande, el antineoliberalismo, la Madre Teresa de Calcuta, el #NiUnaMenos y el voto electrónico.
En 2012 decía el señor Quilodrán: «Las permanentes mentiras de quienes pretenden teñir la realidad (se refiere lógicamente a los periodistas de El Tribuno) no lograrán tapar el sol con un dedo ni harán olvidar los años de exclusión y olvido que vivió nuestra Provincia durante el gobierno de Juan Carlos Romero».
Si las mentiras de El Tribuno son, como dice Quilodrán, «permanentes», habrá que pensar que las opiniones de su esposa sobre la creciente feminización de la pobreza, publicada en el medio mentiroso que quiere tapar la realidad con un dedo, son también mentiras, así en el 2012, como en el 2016, o en el 2049.
En fin, que si se me permite, en casos como estos más vale ser precavidos y no decir nunca «de este agua no he de beber». La realidad puede dejarte -como a mí- fuera de juego.
"La Feminización de la pobreza" muy buen artículo de @eleonoraares para reflexionar #NiUnaMenos https://t.co/KrLDlMw1zo via @eltribuno
— Gonzalo Quilodran (@GonzaQuilodran) June 4, 2016