
Debe de ser muy aburrido para el Gobernador de Salta andar encabezando cada cosa que hace en su vida. Por ejemplo, si se sienta a cenar con sus más próximos, él está casi obligado a ocupar la cabecera de la mesa.
Así en la iglesia, en los cuarteles, en las sedes sindicales y en las unidades básicas.
A veces uno se pregunta si al Gobernador no le apetece ir a los lugares sin que nadie se dé cuenta de su presencia, y dejar que «encabecen» otros -por ejemplo el Indio Godoy- que en materia de cabeza da siempre mucho que hablar.
Si a los encabezados perennes le sumamos el hecho de que nadie se dirige al Gobernador por escrito, sino que se le «elevan» enjundiosas piezas jurídicas, podríamos entre todos haber creado un monstruo, como el que fabricó el mítico doctor Frankenstein, o un robot engreído como el que todavía no imaginaron ni los japoneses.
Al Gobernador en realidad le gusta «encabezar», pero los córners, sobre todo cuando son pateados desde la derecha por Parodi y desde la izquierda por Rodríguez. Es más, si le tiran un chancho, capaz que de un testarazo lo clava en un ángulo.
Además, también le gusta echar una «cabezada» de vez en cuando, sobre todo en aquellos actos oficiales que organiza su aliado, el Partido Renovador, pues nada hay más aburrido que el discurso de los conservadores venidos a menos. Escuchar a Zottos y aspirar cloroformo profundamente es una experiencia intercambiable.
Menos mal que nuestro Gobernador tiene una boca de discreto tamaño, porque si la tuviera grande, no podría eludir el viejo apodo de «Rattin» (lo más grande que hay en Boca). Y si lo que tuviese fuera de proporción fuese la cabeza misma, alguien también podría llamarle con mucha mala intención «saque lateral».
Por suerte, la Constitución provincial no dice en ninguno de sus artículos que el Gobernador es «cabeza» de nada. Apenas si dice que es «Jefe de la administración centralizada y descentralizada».
Tampoco dice el texto constitucional si es cabeza de ratón o cola de león.
De lo que casi estamos seguros es que la «gran cabeza», que todo lo puede y está en todas partes, según la comunicación oficial, no atesora un gran cerebro; es decir que hay mucho espacio disponible para el alquiler en su interior.
Un vacío que a lo largo de los últimos 20 años, ocho de los cuales nuestro protagonista se las ha pasado «encabezando» aquí y allá, se ha ido haciendo cada vez más grande, puesto que de esa magna azotea de escarpias renegridas no se ha caído ni una sola idea que ayude a sus congéneres a vivir un poco mejor.
Parafraseando a Antonio Machado, la de nuestro Gobernador es una de esas nueve cabezas que embisten. Especialmente en los córners.