Decía Nicolás Maquiavelo que «nada hace estimar tanto a un príncipe como las grandes empresas y dar de sí ejemplos extraordinarios».Al leer «grandes empresas», los teóricos lógicos y retóricos que le bailan el agua al Gobernador de Salta, se han confundido y han aconsejado a su discípulo llenarse de acciones de sociedades anónimas y buscar afanosamente la propiedad de grandes unidades de organización, industriales, mercantiles o de servicios, que persiguen fines lucrativos.
Evidentemente, lo que aconsejaba Maquiavelo no era esta clase de «empresas», sino la dedicación del príncipe a acciones o tareas que entrañan dificultad y cuya ejecución requiere decisión y esfuerzo.
En cuanto a los ejemplos extraordinarios, el gran teórico florentino decía que el buen príncipe «debía ingeniárselas para que todas sus acciones le den fama de gran hombre y de excelente ingenio».
Buena parte de los consejos de Maquiavelo estaban destinados al príncipe, pero muchos de ellos tenían en mira también a sus seguidores más fieles. Así, aunque aconsejaba al soberano mostrarse amante de la virtud, acogiendo a los hombres virtuosos y honrando a los que se distingan en alguna actividad, fueron los seguidores los que recogieron el guante y, para ganarse el favor del príncipe, empezaron a cultivar virtudes, a convertirse en virtuosos, no del violín ni de la armónica, sino de la tolerancia, el buen carácter, la humanidad, la generosidad, el recato personal y un largo etcétera.
¿Pero qué ocurre? Que de un día para el otro, a pesar del ejercicio de virtuosismo de los seguidores, el príncipe se nos convierte en un cantamañanas, en un chupafocos que con tal de tener minutos en la televisión es capaz de romper con su familia de toda la vida y emprender una nueva existencia, como si no tuviera un pasado, con una actriz del ancho mundo de la escena nacional, salir en los programas más frívolos y mostrarse en ellos más como un entertainer que como un hombre con responsabilidad de Estado.
La reacción es inmediata. La mitad de la tropa decide plegarse a la recién estrenada frivolidad del jefe, pensando que la ligereza mental, pasada, presente y futura, podrá ser suplida por el buen uso de Internet, las redes sociales y el big data, cuando llegue el momento de enfrentarse a unas elecciones.
Pero la otra mitad, más fiel a las enseñanzas de Maquiavelo, ven en la frivolización del príncipe una abierta invitación a la rebelión y preparan ya -en las sombras, por supuesto- el golpe contra el que renunció a la virtud encandilado por los focos de los platós televisivos. Son, por el momento, maniobras sutiles pero no por ello dejan de ser visibles.
Los rebeldes creerán comprender que el jefe ya era frívolo antes y que esta escenificación no es nada más que una forma de transparentar lo que se sabía desde hace mucho tiempo: que rascando un poco en la superficie, al personaje se le podía ver la lata aplastada del aceite Cocinero.
Al fin y al cabo -piensan los que ahora se muestran críticos- nunca pronunció un discurso memorable; sus proyectos parlamentarios fueron escasos y poco trascendentes; sus ocho años de gobierno estuvieron signados por la mediocridad (más la ajena que la propia) y la única frase célebre que se le conoce es aquella que dice: «lo bueno de ser Gobernador es que decís cualquier tontería que se te viene a la cabeza y los boludos te aplauden».
Pero los maquiavélicos de su equipo, los que hicieron tabla rasa de la virtud propia y disculparon la retirada de la ajena, piensan que todavía hay cierto margen para cumplir con los consejos de don Nicolás, quien allá en las onduladas planicies de la Toscana pensaba que en épocas convenientes del año, el príncipe «debe tener ocupado al pueblo con fiestas y espectáculos. Y puesto que todas las ciudades están divididas en gremios o en tribus, debe tener en cuenta estos colectivos, reunirse de vez en cuando con ellos, dar ejemplo de humanidad y generosidad, manteniendo siempre firme, no obstante, la majestad de su rango, porque esto no debe faltar nunca en cosa alguna».
Así que aunque el escenario sea la Catedral o Santa Victoria Este, y la vestimenta un sobretodo austriaco tres tallas más grandes, un coqueto doudoune de The North Face o la más prosaica camiseta del Centro Juventud Antoniana, lo importante no es el discurso, no son las políticas, ni las soluciones, sino los espectáculos populares y la majestad del rango, que también va camino de perderse entre tantos focos, tantas telenovelas y tantos folletines de color rosa.