Urtubey, entre la Champions League y el Corpus Christi

Esta especie de primavera ideológica de pajaritos cantores y libélulas transparentes que vive el Gobernador de Salta no le ha hecho descuidar sus obligaciones en los días de precepto y fiestas de guardar.

Pero algo en el aire perfumado de santidad que rodea a la Plaza 9 de Julio anuncia que ya nada es lo mismo que antes, desde que el Gobernador ha decidido hacer su vida privada -con todo legítimo derecho- al margen de las normas que dicta la Iglesia.

El Gobernador no ha dejado de acudir a la Catedral Basílica ni de escuchar los sermones del señor Arzobispo, pero ahora ha adoptado la costumbre de hacerse acompañar dentro del templo por hombres armados con fusiles livianos y ropa de camuflaje, tal como si en vez de estar visitando a las apacibles imágenes del Señor y la Virgen del Milagro estuviera en la Franja de Gaza esperando una refriega entre palestinos e israelíes.

Desde que el mandatario se echó nueva novia, y desde que ésta es futbolera (o botinera, como se prefiera llamarla), las celebraciones religiosas se han venido haciendo más pequeñas y las deportivas más grandes.

El problema es cuando ambas se celebran muy próximas en el tiempo, como la reciente final de la Champions League y la festividad del Corpus Christi, la más importante de la cristiandad, a pesar de su escasa convocatoria popular.

Por razones de agenda (de agenda del Arzobispo), la novia futbolera no acompaña al novio a los sagrados recintos, pero sí va a las canchas y presencia junto a él los partidos de fútbol más importantes. Para compensar o quizá para minimizar la anatema arzobispal, la novia, en vez de llevar un fino vestido de Delphine Manivet, lleva una camiseta de El Santo.

No de Simon Templar -el célebre personaje ficcional de Leslie Charteris- sino de Juventud Antoniana, el club de los amores del novio, ya que ella, como no es de la zona, solo conoce al club santo por los relatos fantásticos de Pepe Muratore, una especie de urna viviente que acoge los recuerdos y experiencias de ese gran cura futbolero que fue el italiano Onorato Pistoia.

La novia, además de llevar la camiseta de Juventud Antoniana, se fotografía con ella en la cama, horas antes de la final madrileña de Milán. Todo un mensaje que dice: «Aquí te espero mi amor, para ver el partido acurrucados y calentitos».

Pero el mensaje fotográfico también dice otras cositas, menos obvias, que solo se pueden escuchar pasando la cinta al revés: «Así de tanto gritar, mañana te dejo afónico para que no lo puedas ni saludar a ese diablillo castrador del Arzobispo, que me prohibe acompañarte a los lugares a donde más deseo ir».

Tal vez, si Juanfran no hubiese fallado el penúltimo penal y dejado servida la victoria a un bronceadísimo y acalambrado Cristiano Ronaldo, Isabel y Mario Antonio hubieran hecho las paces haciendo flamear juntos bufandas del Atlético de Madrid en los alrededores del Banco Masventas.