Toda realidad es relativa y nada es permanente. La decadencia personal es un proceso complejo caracterizado por la aparición, progresiva y con diferente intensidad, de señales que indican el fin de una era de brillo y esplendor a nivel social, político o económico. En una gran mayoría de casos, la decadencia no es inmediata sino gradual y paulatina. De allí que muchas veces el auge de una persona, las manifestaciones de su ascenso, se confundan con los síntomas de su decadencia e impidan, por tanto, apreciar el declive en aquel que aparenta estar en la cresta de la ola.
Uno de los fenómenos que delatan que una persona se encuentra inmersa en lo que se conoce como 'mid forties crisis' (la crisis de mitad de los cuarenta o de mitad de la vida) es la constatación indubitada de que esa persona ha perdido la sensación de pertenencia. Es decir, que la persona en cuestión siente que no pertenece a ningún lugar en particular y tampoco se siente parte de ninguna relación.
Es el momento de la vida en el que la persona en crisis cambia constantemente de identidades, de adscripciones, de espacios culturales definidos. Por ende, también se produce una mudanza en las compañías, en los afectos y en el entorno familiar.
Los recientes cambios de conducta del Gobernador de Salta, su creciente inestabilidad como ser humano, su edad y su peculiar historia clínica (nos referimos a la enfermedad del poder que lo aqueja) permiten advertir que su transición hacia la vida adulta es un camino sembrado de trampas y de obstáculos que él mismo ha erigido.
El Gobernador no parece querer comprender -a menos que alguien se lo explique brutalmente- que la juventud es una edad social por la que se pasa y en la que los seres humanos no están permanentemente. Ser joven, como cualquier otra etapa de la vida, es algo transitorio, social y culturalmente hablando. Pero el Gobernador de Salta pretende que su juventud -que en algún momento fue un capital político- se convierta en un activo eterno. Prueba de ello, son sus repetidas (desde hace más de una década) apelaciones a «la renovación de la dirigencia política»: una renovación que siempre supone la expulsión de los demás del espacio público, pero nunca la de él.
El gobernador Urtubey -un católico ultramontano de claro perfil reaccionario- utilizó con astucia su juventud para moverse en espacios políticos cuyo elemento distintivo era, o pretendía ser, la contraposición con el mundo de los adultos y sus instituciones. Su estrategia consistió en desplegar y establecer un conflicto intersubjetivo y una tensión social entre el mundo juvenil y el mundo adulto, al recargar sobre este último todos o casi todos los aspectos negativos de la sociedad.
El éxito de esta estrategia, como se sabe, fue parcial. No solo porque algunos adultos comprendieron que su intento de expulsión, enmascarado en demandas de renovación, ocultaba una operación de satisfacción de las pulsiones totalitarias del gobernador Urtubey mediante el allanamiento completo de la oposición, sino porque la propia juventud, los jóvenes, comenzaron a comprender que debajo del disfraz de «renovador» y «progresista» se ocultaba un personaje temible, horneado en las cavernas de la reacción.
El propio interesado parece haber entendido que, a esta altura de su existencia, muchas personas aprecian que su vida se ha movido alrededor de sus trabajos, de sus necesidades, de sus aspiraciones, de sus ambiciones, y que solo han cambiado de relaciones en función de estos impulsos, con poca continuidad.
Así pues, la inseguridad personal del gobernador Urtubey se ha traducido en saltos sucesivos y apenas coordinados: de amistades, de consejeros, de posiciones políticas, de aliados y de relaciones familiares.
En el caso del mandatario salteño, la experiencia vital de asomarse al cantil de la madurez se ha traducido más en pánico que en vértigo. Así como más del 80 por cien de las personas que atraviesan experiencias críticas similares a una edad parecida resuelve el desafío de la madurez mediante el progresivo abandono del refugio identitario juvenil, el gobernador Urtubey no parece dispuesto más que a proclamar su irresponsabilidad como elemento estructural de su personalidad y, cómo no, a beber en la Fuente de Juvencia.
Sus pasos se encaminan, no obstante, a la búsqueda casi desesperada de un nuevo sentido de pertenencia. El gobernador Urtubey, bajo el impulso de la supervivencia, piensa, como cualquier ser humano, en las relaciones que van a sostenerlo en el futuro y, en base a esta idea, su búsqueda personal se proyecta hacia un lugar seguro en el que caer cuando las cosas malas ocurran.
El gobernador Urtubey sabe que le quedan, a lo sumo, tres o cuatro años buenos por delante. Que de allí en más (después de los 50) se erige ante sus ojos una cuesta cuyas exigencias exceden sus fuerzas y que nada volverá a ser como antes. Como todo buen reaccionario, confía en que los cambios que se produzcan en la política sean regresivos, pues, en la medida en que lo sean, él podrá adaptarse a ellos. Si ocurriera lo contrario, los cambios, especialmente si son profundos e inesperados, terminarán expulsándolo de donde tanto le gusta estar.
Por esta razón y no por otra es que el Gobernador de Salta está dándose cuenta muy lentamente de su necesidad de encontrar una nueva forma de abordar el amor. La vulnerabilidad del ser humano frente a la soledad afectiva constituye, sin dudas, una amenaza grave que empuja a muchas personas a asumir serios riesgos. Así es que, más tarde o más temprano, el gobernador Urtubey deberá elegir entre ser una celebridad mayor de la política nacional, que vive en un mundo desangelado, sin amor ni relaciones que lo sustenten, y un hombre adulto, sereno y sano, que por fin ha comprendido que el poder, como la juventud, es una fase transitoria en la vida del ser humano.