Urtubey jamás se inunda

El Gobernador de Salta prosigue, impertérrito, su camino hacia la Casa Rosada, que tiene como escala obligada la convocatoria a participar en «Bailando por un sueño».

No hay programa de la televisión nacional al que el mandatario salteño le haga asco. Se lo ha visto desfilar por todos ellos, excepto en el «Bailando». Pero, como dice el dicho, todo se andará.

Mientras tanto, la Provincia que él gobierna a la distancia sufre por las inclemencias del tiempo. Decenas de miles de salteños tienen que padecer inundaciones en sus casas, en sus calles, en los espacios públicos, mientras el Gobernador disfruta de los focos y pasea su imagen por terrenos secos y bien consolidados.

Pero es que pueden caer chuzos de punta, que Urtubey nunca se inundará. Las fuerzas de la naturaleza lo tratan, al parecer, con un respeto exquisito. Si hay un terremoto, el último en sentirlo será él.

Quizá sea un don sobrenatural, pero lo cierto es que, más cerca de esta tierra, la impávida ausencia del Gobernador durante las pequeñas o grandes catástrofes naturales que hacen más difícil la vida de sus comprovincianos, se explica cada vez peor.

Ya sabemos que en no más de cuarenta y ocho horas se reunirá bajo su presidencia la comisión de corsos a la que él llama «Gabinete», y que de allí saldrá un haz de medidas destinadas a conjurar la emergencia. Pero el salteño de a pie, ese que tiene que desagotar a baldazos su dormitorio y quitar el barro con un haragán, quiere verlo al Gobernador al lado suyo, achicando agua, y no en los programas de la televisión porteña, a donde acude con los zapatos desgastados pero sin barro.

Si los salteños se inundan es porque el Gobernador ha faltado a sus deberes, no por acción de la divina providencia. Solo las ciudades en la que no se planifican ni se ejecutan obras de forma oportuna se producen este tipo de inundaciones. La responsabilidad del Gobernador emerge no solo por omisión (la falta de previsión) sino por acción directa, cuando sus ministros recortan la asistencia financiera a los municipios, para disciplinar a los intendentes díscolos.

Un día llegará en que Urtubey, como todo mortal, también se inundará. Quizá no sea hoy ni sea mañana. Pero mientras el Gobernador siga con su campaña personal de imagen a 1.600 kilómetros de Salta, el momento en que las aguas le cubran el cuello está cada vez más cercano.