
El Gobernador de Salta opina ahora sobre todo lo que se mueve. En las últimas semanas se le ha dado por valorar, en tiempo real, todas las iniciativas del gobierno nacional, cual si él fuera jefe de una hipotética oposición.
Pero esto es confundir la realidad con los propios deseos. No por mucho que se dedique a opinar todos los días sobre las decisiones del gobierno Macri, las acciones de Urtubey suben en el mercado bursátil del agitado peronismo nacional.
Si ayer fue la coparticipación federal -una materia en la que su chispeante genio le llevó a utilizar la rimbombante palabra «correlato»- hoy es el decreto nacional que, en nombre del estado de emergencia en materia de seguridad instaurado por Macri, autoriza el derribo de aviones civiles sospechosos.
En ninguno de los casos quien aspira a ser presidente del Partido Justicialista nacional y candidato a Presidente de la Nación en las próximas elecciones utilizó términos técnicos y precisos, a la altura de lo que se espera de un hombre que pretende llegar a lo más alto.
En el caso de la coparticipación, si bien dejó a casi todos boquiabiertos con lo del «correlato», hubo quien criticó la imprecisión de su lenguaje. En el caso del derribo de aviones, sin embargo, el Gobernador fue mucho más claro, aunque se le fue un poco la mano al confundir claridad con campechanía.
No es la primera vez que le pasa, ya que en alguna ocasión anterior el mandatario admitió -con cierta pena, en un canal de televisión- que «en Salta hay todavía gente que se caga de hambre» (sic).
A propósito de los aviones presuntamente criminales, el Gobernador ha dicho ahora: «Un error en el avión que volteaste son varias vidas». Que es lo mismo que decir: «¡No voltiés, chango!»
Y ahí se quedó la cosa, en la formulación del undécimo mandamiento: «no voltearás».
De un humanista moderno de la talla de don Juan Manuel Urtubey se esperaba quizá otra cosa. Es decir, que se opusiera a la ley de derribo argumentando principios filosóficos, oponiendo criterios morales o, incluso, formulando teorías jurídicas.
Tal vez, en vez de referirse en el lenguaje del gaucho a «aviones volteados», en su fuero íntimo el Gobernador hubiera preferido sacar al jurista que lleva dentro y referirse al «derribo de aeronaves sospechosas», y decir que cuando éstas no son amenazantes (es decir, cuando no ponen en peligro de forma directa e inminente la vida o la salud de las personas) y se niegan a obedecer las órdenes de aterrizar emitidas por la autoridad, deben ser perseguidas pero no derribadas.
Quizá, lo que quiso decir el Gobernador es que el objetivo fundamental del Estado consiste en el arresto de los delincuentes apenas aterricen y no en su ejecución sumaria en pleno vuelo, ya que esta decisión podría ser contraria a la presunción de inocencia y a la garantía del debido proceso.
Probablemente, la idea que nuestro mandatario ha querido transmitir al país con su «¡No voltiés, chango!» es que en la frontera no solo debe haber radares suficientes y eficientes sino también aviones de combate prestos a despegar en cualquier momento (y pilotos debidamente entrenados) para conminar a las aeronaves clandestinas a aterrizar.
¿Que no tenemos radares y no hay aviones militares ni pilotos para realizar estas tareas? Pues, si el Gobernador no se refiriera al derribo de aeronaves con la misma frialdad y ligereza con que se refiere al hondeo de pájaros («como perro que ha voltiáo la olla») hubiera dicho algo como esto: «Carecer de los medios para realizar estas operaciones no es una excusa válida para el uso de la fuerza. Ninguna persona debería morir porque un gobierno carente de fuerzas terrestres y aéreas para combatir el crimen no ve ninguna otra opción más que disparar a matar».