Con amigos como Gustavo Sáenz, seguramente Miguel Isa no necesita a ningún enemigo. Las últimas declaraciones del actual Intendente Municipal de Salta, en las que denuncia el estado virtualmente catastrófico de la ciudad, suenan más a una disculpa anticipada por la incapacidad para gestionar que a un diagnóstico certero de la salud del sistema urbano.
A Sáenz no le ha importado, por lo que se ve, en lo más mínimo, que su devastadora opinión sobre el estado de la ciudad arrastrara consigo la imagen del anterior Intendente, un político que, con independencia de sus aciertos y de sus errores, se comportó con Sáenz como un padre (salvo prueba en contrario).
Es verdad que la ciudad de Salta exhibe enormes agujeros, no solo en el pavimento de las calles, sino también en la gestión pública. La pregunta que los salteños se deben formular es si todo ese déficit se puede atribuir a Miguel Isa (y a sus sucesivos y variados equipos de gobierno) o si por el contrario, Gustavo Sáenz, que fue concejal, presidente del Concejo Deliberante, Secretario de Gobierno municipal y senador provincial por la Capital, no tiene también algo que ver en el asunto. Así como habría que preguntarse qué parte de culpa tiene en todo esto el Gobernador de la Provincia (y gran árbitro de la autonomía municipal), antes aliado de Isa y ahora de Sáenz.
La ciudad destrozada, como metáfora, es sin dudas muy emotiva y movilizadora, pero quizá más apropiada para tiempos de guerra. Un Intendente Municipal, sobre todo en tiempos de paz, debe estar espiritual y técnicamente preparado para enfrentar escenarios adversos y sobreponerse a las dificultades. Las derrotas anticipadas -sobre todo si son acompañadas de un proceso de transferencia de culpas- son derrotas definitivas e inapelables para cualquier político.
Sáenz forma parte de un gobierno y de un partido que durante los últimos 20 años ha hecho lo que ha querido con la ciudad y con los recursos públicos. Sáenz no puede proclamar ni su inocencia ni su ajenidad respecto de unos problemas que él mismo, a veces con sus acciones explícitas y otras con su silencio cómplice, ha contribuido a amplificar.
Y si ocurriese que Sáenz ha descubierto solo ayer que tras la fachada de un municipio ordenado y boyante se oculta una realidad catastrófica, es que su capacidad como político resulta hoy sumamente dudosa.
Es muy probable que el intendente Sáenz tenga una idea del poder (siempre se lo ha visto muy entusiasmado con la posibilidad de «llegar») pero más probable todavía que tenga una idea nula acerca de la ciudad. Ocurre con frecuencia que quienes persiguen obsesivamente el poder, luego, cuando lo tienen, son incapaces de acertar con sus decisiones.
Sáenz debería empezar por reconocer que no tiene por delante una tarea fácil y que tampoco la tuvo su antecesor en el cargo. A partir de ahí, en vez de mostrarse en asados de la «renovación peronista» y de utilizar el aparato oficial de comunicación de la Municipalidad de Salta para contar sobre sus aventuras políticas fuera del territorio municipal, debería dedicarse en cuerpo y alma a mejorar la ciudad. En suma: trabajar más y hablar menos.
No es borrando la imagen de Miguel Isa ni ensuciando el pasado como se van a resolver los problemas urbanos, sino con trabajo, con dedicación y con acierto técnico.
Habrá que ver si el nuevo Intendente de Salta es capaz de estas tres cosas o si su talento -como algunos sostienen- se limita a la guitarra y a las roscas.