El Gobernador de Salta, Juan Manuel Urtubey, sigue dando muestras al gran público de su extraordinaria capacidad para practicar lo que en los circuitos más minúsculos de la política se conoce como lealtades sucesivas. El que primero fue un convencido menemista, luego activo romerista y recientemente encumbrado kirchnerista, duda ahora entre sumarse a las filas del presidente Macri (lo cual tiene prácticamente servido) y unirse al peronismo («arrepentido» del kirchnerismo) liderado por Sergio Massa.
Cualquiera sea el resultado final de esta nueva operación de maquillaje (aunque sería más apropiado llamarla de «transfuguismo interior»), Urtubey -que durante ocho años gobernó la Provincia de Salta falsificando un discurso de izquierdas- cerrará el círculo de sus vacilaciones volviendo a sus orígenes: la derecha peronista.
Cadáveres en las cunetas
En este juego de edificios que se mueven pero parecen mantenerse inmóviles, Urtubey va dejando cadáveres en las cunetas.Uno de los más incómodos, por sus dimensiones, es el del exintendente de la ciudad de Salta y actual Vicegobernador de la Provincia, Miguel Ángel Isa, cuyo capital político -otrora cuantioso e influyente- parece haberse diluido en el impetuoso e incontenible torrente del personalismo narcisista de Urtubey.
El acercamiento de Urtubey a Massa y a su antiguo compañero de fórmula Gustavo Sáenz (actual Intendente Municipal de Salta) -una operación dictada por el oportunismo mediático más que por convicción política- desautoriza y descoloca a Isa, cuya gestión de doce años seguidos al frente de la Municipalidad de Salta está siendo ahora mismo fuertemente cuestionada por Sáenz y su gente.
Si Urtubey fuese solidario con su Vicegobernador, si no quisiera terminar de enterrarlo, tomaría distancia inmediatamente de las críticas con que la administración Sáenz pretende destruir todo lo que Miguel Isa se preocupó por construir en sus doce años de mandato.
Y aunque los logros de Isa no fuesen tan importantes o destacables, un mínimo reflejo de decencia política debería empujar a Urtubey a alejarse de aquellos que critican hoy sin piedad a quien le ayudó a ganar las elecciones en abril de 2015. Por obra y gracia de Urtubey, Miguel Isa ha perdido lo que un político con aspiraciones y autonomía jamás debe perder: su capacidad de interpelación.
No es la primera vez, desde luego, que los movimientos egoístas de Urtubey perjudican seriamente a Miguel Isa. Primero fue la absurda nominación de la hija de este último a diputada nacional, por el que su padre pagó y sigue pagando un alto precio político. Luego, la designación de Miguel Isa como candidato a Vicegobernador de Urtubey, efectuada bajo la promesa de «dejarle la Gobernación» cuando Urtubey alcanzara la Primera Magistratura del Estado nacional. Más tarde, el nombramiento de Carlos Parodi como ministro Jefe de Gabinete, que supuso la ruptura de la anterior promesa. Y finalmente, el acercamiento a Macri-Massa-Sáenz, que no solo coloca a Isa en un rango político incluso inferior al que ocupó el anterior Vicegobernador (Andrés Zottos), sino que deja a la diputada nacional Evita Isa en tierra de nadie.
Urtubey jamás podrá cumplir su promesa de hacer Gobernador a Isa, al menos mientras siga frotándole la espalda a Sáenz en público, y éste siga esmerándose en demostrar que quien -a su juicio- fue un pésimo Intendente, jamás podrá ser un buen Gobernador.
Otro precadáver político es el de Javier David, recientemente electo diputado nacional en las listas de Urtubey, después de perder las elecciones a Intendente Municipal de Salta, compitiendo con Gustavo Sáenz, el mismo que hoy se abraza con Urtubey.
Hay que recordar, finalmente, que Sáenz se presentó a las últimas elecciones en las listas lideradas por Juan Carlos Romero, antiguo jefe de David. Y que si algo molestó a Urtubey hasta la cólera durante los pasados ocho años fue que alguien escribiera que Romero y él son lo mismo.
El acuerdo Urtubey-Sáenz demuestra efectivamente que Romero y Urtubey no solamente tienen intereses comunes, sino también prácticas idénticas y hombres intercambiables, dispuestos a hacer la voluntad de uno o de otro, sin importarles a ninguno lo que hayan dicho los salteños en las urnas.