En esta segunda década del siglo XXI, cuando lo políticamente correcto es «dar visibilidad a los invisibilizados» y hacer coexistir a las «sensibilidades diferentes», el Gobernador de Salta, Juan Manuel Urtubey, se propone uniformar al peronismo, bajo la bandera de la pureza ideológica. El mandatario salteño ha dado por superado el kirchnerismo, como si éste hubiese sido un fenómeno sociológico marginal y poco significativo, y se ha lanzado a la aventura de convencer (a los peronistas, nada menos) de que el peronismo debe «huir de los personalismos».
Urtubey se cuida mucho de decir cómo hará para que el peronismo deje de ser «personalista», pero por el momento se descarta que se anime a cambiarle el nombre a este partido y a descolgar los enormes retratos de Perón, de Evita y de Romero que cuelgan de las paredes de la sede salteña del Partido Peronista.
Lo que Urtubey propone en realidad es acabar con el personalismo ajeno para instaurar el personalismo propio, una operación bastante conocida. Tan conocida como el eterno «retorno a las esencias», que desvela a recién llegados y a heterodoxos y que generalmente sirve para disimular las marcadas tendencias totalitarias del peronismo.
Pretende, además, que el peronismo retome sus «viejas banderas», que en este caso consisten en la conspiración silenciosa y amistosa para derrocar al gobierno «antipopular». El kirchnerismo -piensa- es pura confrontación directa. No sabe conspirar para derrocar a los gobiernos legítimos. Nosotros los peronistas sí lo sabemos.
Urtubey se ha planteado controlar el Partido Peronista nacional como condición sine qua non para aspirar a la Casa Rosada. No hay nada de nuevo ni de revolucionario en esto, pues la estrategia responde a la viejísima máxima peronista «el que conduce, gobierna».
El principal obstáculo que emerge en el camino de Urtubey es su escasa «pureza peronista». De hecho, lo más cerca que estuvo del peronismo más o menos clásico (y esto, forzando la máquina) fue en la época de Juan Carlos Romero, en la que ejerció primero de «niño brillante» y después de «repelente niño Vicente».
El resto de la historia personal y política de Urtubey es objeto de sospechas varias. De sus épocas visceralmente menemistas apenas quedan vestigios, tras la desaparición física de su tío y mentor político, don Julio Mera Figueroa. Más frescos y vigentes están, en todo caso, sus lazos con los viejos valedores civiles de los militares golpistas y, desde luego, con el ala más reaccionaria de la iglesias católica.
El peronismo -el viejo y el nuevo- es un aquelarre de «sensibilidades diferentes», pero el peronista, de cualquier tendencia ideológica, visibilizado o invisible, hace rato que ha dejado de comer vidrio. Urtubey tendrá que hilar muy fino para convencer a la parroquia de su pureza peronista, empezando por dejar de exhalar ese olor a naftalina, característico de las sacristías «progresistas».