Desde aquella famosa conferencia que el filósofo José Ortega y Gasset pronunció en el Teatro de la Comedia de Madrid hace poco más de un siglo, nadie había conseguido establecer, con semejante altura intelectual, unas diferencias tan nítidas entre la vieja y la nueva política. Hemos tenido que esperar ciento un años y algunos meses para que de las entrañas de nuestra selva montana surgiera otro pensador que se animara a poner a los viejos políticos en su sitio, colgándoles el único rótulo que se merecen: el de «viejos».
Claro que Ortega y Gasset tenía solo 30 años cuando sorprendió al mundo con su conferencia. Tenemos que admitir con humildad que el filósofo salteño frisa en los 47 y que, a diferencia de su colega español, lleva dando caña en la política desde hace más de un cuarto de siglo.
Sin embargo, nadie como él ha conseguido mantenerse siempre joven; a pesar de sus excesos y de sus pecados. Seguramente tiene escondido por ahí a su Basil Hallward particular y guarda en el ropero un retrato suyo, como el de Dorian Grey, cuya belleza perfecta e inmutable le empuja permanentemente a ver viejos a los demás, pero nunca a sí mismo.
Para el Gobernador de Salta -el filósofo selvamontano- el kirchnerismo que hasta hace unas pocas semanas abrazó con auténtico fervor religioso es hoy «política vieja y despreciable». Él no ha envejecido con ellos. Él no ha sido derrotado con ellos.
Cuando todo Salta comienza a hablar elogiosamente de su renovada moderación y de su capacidad de autocrítica (solo porque ha reconocido que la pobreza es una enfermedad social virtualmente ineluctable) surge esta acusación de «vieja política» al kirchnerismo, que no hace otra cosa que desmentir la existencia de cualquier autocrítica.
Urtubey jamás criticó al kirchnerismo mientras formó parte de él (ni siquiera asumió con gallardía su nefasta influencia en el fracaso de Scioli), lo mismo que nunca se distanció del romerismo (a pesar de sus claros excesos de poder) mientras Romero lo mimaba y lo mantenía comiendo de su mano. En ambos casos el proceso mental ha sido el mismo: Urtubey comienza a destruir su pasado una vez que ha tomado distancia de él; es decir, después de haberse desligado de su responsabilidad por haber sido parte de la «vieja política corrupta».
Pero esta permanente renovación, que es siempre superficial y dictada por el oportunismo, solo a él parece convencerle. El resto de los salteños se da perfecta cuenta de que Urtubey, lejos de representar a la «nueva política», o de practicarla, es un dirigente que huele a naftalina; un político que resume en pocas líneas (aunque hay que reconocer que son líneas maestras) una larguísima tradición de inconsistencia ideológica y de venalidad política. Los salteños se preguntan ya cuánto falta para que Urtubey declare a Macri (su nuevo amor) como portavoz de la «vieja política».
En resumen, que cuando Urtubey tenga 75 años y siga, como hasta ahora, embarcado en las peores prácticas históricas de la política lugareña, lo suyo será, siempre, siempre, «nueva política». Simplemente, porque «lo nuevo» es él, aunque lleve ya casi tres décadas amenizando las tertulias salteñas con sus piruetas políticas.