Alguien le tiene que haber dicho al Gobernador de Salta que no llegará muy lejos con ese estilo suave de profesor de botánica que cultiva -y nunca mejor dicho- desde sus épocas de estudiante.El consejo que debe de haber recibido de sus asesores de imagen es que no será Presidente de la Nación si no le pone un poco de pasión al verbo y deja de lado esa pose mística y transida de seminarista aplicado, que tanto lo aleja del pueblo llano y parece hacerle arrastrar los faldones por la sacristía.
Por eso, nuestro mandatario ha estrenado durante la ceremonia de juramento de sus ministros un nuevo traje mediático: el del líder viril, sanguíneo y acalorado, capaz de incendiar el micrófono con su discurso desaforado, sin dejar por ello de dedicar roncerías y arrumacos a su parroquia.
Ya todos sabemos que su voz es más adecuada para doblar a Alf (el alienígena) que para ser líder de una mayoría social de progreso. Por eso es que este arranque de furia, que le puso las venas del cuello como mangueras, hace temer no solo por su salud cardiovascular sino también por la de sus cuerdas vocales.
Pero como ya ha sucedido antes cada vez que Urtubey ha cambiado el disfraz, los medios se han vuelto a confundir. Así, un importante medio de la ciudad de Salta ha titulado ayer que el discurso del Gobernador tuvo un tono exultante, cuando en realidad la idea que se quiso transmitir es que el mandatario empleó en su soflama un tono exaltado.
«Su tono se volvía cada vez más exultante», dice el periódico salteño, pero lo que quiso decir es que el tono iba in crescendo hasta alcanzar un nivel audible realmente preocupante, hasta un punto que hizo dudar seriamente de la buena salud mental del emisor del discurso.
«Exultante» quiere decir «que muestra gran alegría o satisfacción» (DRAE 23ª edición). Es un adjetivo que se aplica generalmente a aquel que está saltando en una pata de felicidad, pero que difícilmente sirva para calificar a quien demuestra un evidente descontrol de sus emociones.
Por contra, «exaltado» es aquel que «se deja arrebatar de una pasión, perdiendo la moderación y la calma».
El caso del Gobernador de Salta y de su discurso descompuesto (¿descompensado?) encaja más en la segunda definición que en la primera.
«Exultar» y «exaltar» tienen una sola letra vocal de diferencia, pero sus significados son bastante diferentes. Y aunque muy pocas veces la realidad nos pone delante de un supuesto en que se los pueda confundir, el hecho de que el diario en cuestión se haya tragado el amague demuestra que Urtubey es un auténtico genio del disfraz, pues aprovechando su condición de seminarista aplicado, o tal vez la de profesor de botánica, ha logrado hacer pasar por alegría y satisfacción lo que no ha sido más que un bizarro arrebato de incontinencia verbal.