El tercer mandato silencioso de Urtubey

Como los grandes tiranos de la historia, Juan Manuel Urtubey se sucederá a sí mismo.

Y -al igual que aquéllos- lo hará en un clima de «normalidad institucional», que calculada pero obsesivamente ha buscado crear para intentar convencer a los ciudadanos de Salta que es «normal» que una persona gobierne una Provincia durante doce años seguidos, sin rendir cuentas de sus actos y sin contar con una oposición efectiva.

En democracia, pocas cosas hay más anormales que estas, pero los salteños parece que no fuésemos capaces de darnos cuenta.

En 2003, cuando, bajo la inspiración de Urtubey, Romero reformó la Constitución de Salta para adaptarla a sus gustos y a sus apetitos, una parte significativa de la sociedad denunció la operación de perpetuación en el poder como un acto profundamente inmoral, disfrazado de «normalidad institucional». Al menos entonces hubo algo de «ruido».

Pero con Urtubey no ha sucedido lo mismo. Salteños dóciles, derrotados de antemano o desalentados por un Poder Judicial hincado a los pies del Gobernador han optado por el silencio. Es decir, han optado por hacerle el juego a Urtubey, para que su atropello al sentido común (santificado por los votos, claro está) pase ante los ojos de la mayoría como una página no demasiado importante en la larga novela del autoritarismo político salteño.

A diferencia de Romero, Urtubey ha dado a conocer con cierta antelación la composición de su nuevo gobierno. Un gobierno cuyo perfil difuso deja muy claro desde el comienzo que los cuatro años que vendrán estarán regidos por la mediocridad intelectual, la ineficacia política y la precariedad institucional.

El anuncio del nuevo gobierno supone adelantar que en Salta se seguirán construyendo viviendas de cuarta calidad, que la educación seguirá en niveles bajo mínimos de calidad, que la salud seguirá siendo una aspiración, que seguirán las muertes por desnutrición, los asesinatos de mujeres y las familias desmembradas en la carretera, y que no habrá justicia más que para los incondicionales del régimen.

Y deja claro también que la pobreza será una categoría digna pero fija y que si alguien prosperará en el próximo cuatrienio, ese alguien serán los amigos del poder, entre los que se cuentan -cómo no- conspicuos representantes del crimen organizado.

Es comprensible, por tanto, que a Urtubey no le interese iniciar su tercer mandato como Gobernador de Salta entre medio de los cohetes y serpentinas del carnaval. Sus energías mediáticas estarán orientadas, casi exclusivamente, a terminar de esculpir esa imagen de político moderado con que ha intentado presentarse ante la opinión pública nacional en los últimos noventa días. Es decir, que sus esfuerzos se centrarán en sacudirse esa imagen de fanático religioso que forjó durante los años más agitados del fascismo kirchnerista.

Los problemas de Salta seguirán sin resolverse, pero al cabo de cuatro años es posible que Urtubey, su figura y su fortuna, hayan dado un vuelco notable.

Votar a alguien para que abandone el gobierno provincial (lo deje en manos de unos irresponsables sin documentos) y se dedique a construir su imagen, no solo es malgastar el voto: es también la mejor forma de condenar al atraso y a la postergación a toda una Provincia y de inmolar en el altar de las vanidades el bienestar de un millón y medio de personas.

Pero los salteños parece que no fuésemos capaces de darnos cuenta.