Textos rescatados
Joaquín Gianuzzi
Joaquín Gianuzzi
Frecuentar, vivir entre la gente de los valles calchaquíes, sea en los centros poblados o en la campaña, cualquiera sea la condición social de los hombres, es aspirar a una atmósfera de sobrenaturalidad, algo así como el gusto de lo misterioso. Algo real y viviente. Está en el aire. Y de ella participa todo el mundo.

Eso da a las cosas y a la vida norteñas un clima poético, obsesionante. Es precisamente lo que ha perdido Buenos Aires, pues alguna vez lo tuvo. Aquí nadie cuenta nada que no haya sido de antemano filtrado, molido, empobrecido, esterilizado por un socarrón descreimiento, y todos rechazan la veracidad de un hecho cuando tiene algo de fantástico.

¿Alguien oyó hablar alguna vez de las “leyendas de Buenos Aires”, por ejemplo? Sería demasiado para nosotros. Y no es que la gente de allá peque de ingenuidad o que “viva en la luna”. Lo que ocurre es que no ha perdido la poesía esencial del mundo. La realidad de beber más directamente, en su raíz, diríamos sin interponer la crítica del vidrio ahumado entre ella y el conocimiento. En una palabra, son más civilizados.

Y la poesía cuenta cosas, cosas cuya veracidad nadie discute, pues todos comprenden, sin pensarlo demasiado, que lo verosímil no equivale necesariamente a lo real. En la capital salteña, por ejemplo, se cuenta, un suceso extraordinario. Letrados e iletrados narran el asunto con igual apasionamiento. Fue cuando el violentísimo temblor de tierra, en una madrugada de agosto de 1948.

La gente salió a la calle, tal como estaba, despavorida. Y todo el mundo, hasta los borrachos y los perros, corrió a la Plaza 9 de Julio y allí se reunió, agolpándose frente a la Catedral. Fue sacada la imagen de la Virgen del Milagro de fervorosa devoción salteña, como todos saben, y llevada a la plaza. La gente caía arrodillada a su paso, clamando la misericordia del cielo, mientras se prolongaba a la distancia la sacudida profunda de la tierra, en un bronco trueno subterráneo. La incredulidad de algunos, que observaban desde las esquinas, no invalidaba en absoluto la devoción de los otros. Por lo demás, estaban serios, emocionados.

Hasta aquí todo es real y, por añadidura, verosímil, si queremos halagar nuestra mentalidad carente de misterio. El hecho entra de pronto en el terreno fantástico y se traslada a Córdoba, unas cinco horas antes de producirse el temblor en Salta. Son las once de la noche cuando una misteriosa mujer enlutada sale de su casa y presurosa, agitada, se dirige a la plaza principal, donde tienen su parada los taxis.

Allí habla con un chofer y le pide, con voz angustiada pero firme, que la lleve a Salta, donde quiere estar esa misma madrugada. No sin razón el hombre sospecha que la mujer acaba de escaparse de un manicomio. Pero, no obstante, trata de convencerla de lo disparatado que es su deseo. La enlutada insiste, ruega y hasta va a ponerse de rodillas, llorando. El chofer termina encogiéndose de hombros y dice para sí: “Sea; se convencerá usted misma, además de que necesitamos más de 15 horas para llegar, mi coche no dará ni 50 kilómetros. Suba”.

La narración hace aquí una pausa y luego termina bruscamente: otra vez en Salta, la gente arrodillada en la plaza y una mujer enlutada que se arrastra hacia arriba por las gradas de la Catedral. Todos la vieron lo suficiente para comprobar que nadie la conocía, que no era de la ciudad, ni siquiera de la provincia. Se supo, algunos fueron testigos, que había llegado un rato antes, en un taxi polvoriento con chapa de Córdoba. Empezó a clarear, el auto desapareció cuando despuntaba el día, la enlutada, también. En esos momentos caía una lluvia gris y fría. La gente cuenta todo esto con asombro, pero también con absoluta convicción.

El Cristo de la calle Caseros

¿Y el Cristo de la calle Caseros? La imagen, de reducido tamaño está encuadrada en un marco oscuro, rodeado de ramitas de olivo. No cuelga de la pared del dormitorio, sino que ha sido colocada verticalmente sobre la mesa de la sala, apoyada en un florero.

La dueña de casa notó el hecho un jueves santo, a las tres de la tarde. Vio que el vidrio se empañaba, se mantuvo así un rato y luego, lentamente, la humedad fue desapareciendo hasta que la superficie quedó tan despejada como antes- Y era un día seco y nada de eso había ocurrido en los espejos y cristales de la casa. Cuando la mujer se repuso del estupor y la maravilla, corrió a contarlo, tartamudeando, a sus vecinas. Y éstas, a las de demás allá.

A la noche, toda la ciudad no sólo lo sabía, sino que también lo creía. Eso fue en 1940. Desde entonces, el milagro se vino repitiendo todos los años, el jueves santo y a las tres de la tarde. Cada vez que llegaba el día y el momento, una multitud se reunía frente a la casa, pujando por entrar. Al principio lo hizo en forma desordenada, pero en los años en los años subsiguientes se formaron dos colas de a cuatro personas. En una ocasión alcanzaron hasta el río Arenales, en el límite de la ciudad.

Pero el sudor de la imagen no duraba como para que todos alcanzaran a verlo. De modo que una mínima parte de la muchedumbre obtenía la visión del milagro, y eso de pasada, sin detenerse. Yo no sé lo que hay de cierto en todo aquello. Sólo sé, y esto sí lo comprobé, que la dueña de casa no “hacía su negocio”. Nadie pagó nunca su entrada. Por lo demás, conocí a algunos que asistieron al milagro y me lo contaron. Por mi parte, siempre tuve la intención de “verlo con mis propios ojos”.

Claro que mis visitas a Salta –y nos separan 1.700 kilómetros- debían coincidir con la Semana Santa, lo cual, debido a mis ocupaciones, se me hace muy difícil. No obstante, un milagro no es cosa de todos los días, y sería penoso, imperdonable, que una vez en la vida, que una única vez en toda la vida, dejara huir esa deslumbrante oportunidad que se me presentaba.

De modo que fui allá, en una ocasión hace años. El tren se atrasó y llegué tarde. Debía, pues, esperar 365 días. Insistí al año siguiente, pero fui de los últimos en la cola y no alcancé la casa. Y no la alcancé nunca, por una u otra razón. De modo que me sentí como el hombre de Kafka, a quien el infinito separa del Castillo donde quiere llegar.

El Familiar

Otras voces que dan poesía viva a los honres y a la tierra del Norte son las leyendas. Y más todavía los “sucedidos”, es decir, los hechos, los casos que se cuentan y con los que el clima sobrenatural se ahonda, se perfecciona, se enriquece. Leyendas y “sucedidos” se van y vuelven como las estaciones. Algunas se experimentan directamente. Así El Familiar, que cumple su misión en la época de la zafra, al cabo de un sueño que dura un año. Tiene cabeza de perro, cuerpo de víbora y actúa en la sombra.

Para la cosecha de la caña, mucha gente llega desde lejos para trabajar. Familias enteras, grupos de amigos, descienden al valle en apagado rumor de multitud que se desplaza. Vienen del otro lado de los cerros. Entre todos ellos está el hombre que anda y viene solo, sin familia, sin amigos.

Es el silencioso, el que no tiene a nadie. Pues bien, al terminar la zafra, el solitario desaparece de pronto; la gente emprende el regreso sin él. Nadie lo ha reclamado, nadie ha preguntado por él. ¿Para qué? Todos lo saben y callan: El Familiar fatigado, atormentado por su espantosa soledad, lo ha incorporado a sus tinieblas.

El Crispín

Crispín, Crispín, Crispín... Incesante, este nombre es repetido melancólicamente por un corto silbido que se oye entre los cerros, al ponerse el sol. El pájaro se llama así. Hace muchísimo tiempo fue una mujer. Tenía un marido, Crispín, cantor como nadie. Una noche, Crispín salió con su guitarra y se fue al pueblo, donde sus amigos estaban reunidos en el almacén. Se bebía mucho.

Entre la gente había un hombre venido desde lejos, con una guitarra. Entonces fue cuando cantó. Crispín lo hizo también, y mejor. Rivalizaron hasta que el forastero lo apuñaleó de muerte. Después, guardó el cuchillo, levantó el cadáver y lo sacó a la noche. El vivo y el muerto desaparecieron.

La mujer de Crispín, en su rancho, vio llegar el alba sin su marido. Entonces no esperó más y corrió al pueblo. En el almacén vio sangre en el suelo y los otros le contaron. Ella salió a buscarlo, enloquecida de pena. Y lo busca todavía, convertida en pájaro y sin otro destino que el de repetir el nombre de Crispín cuando cae la tarde.
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