Textos rescatados

Democracia en América

La última vez que lo vi fue la primera en que hablé con él directamente. Entre 1886 y 1887, no recuerdo con exactitud la fecha, la epidemia del cólera hacía estragos en algunas provincias, principalmente Salta.

Con ese motivo los salteños residentes en Buenos Aires nos reunimos para constituir un centro de la juventud a fin de reunir los fondos y mandar auxilio a las autoridades de nuestra provincia, en la que escaseaban los medios más necesarios para combatir el flagelo.

Yo fui nombrado presidente del Centro, que alcanzó un relativo éxito; pudimos juntar en pocos días y girar una buena suma de dinero, primera cooperación que se recibió de fuera.

Pero hacían falta otros elementos que no estaban a nuestro alcance, y fuimos a solicitarlos a la Comisión Nacional de Auxilios, cuyo presidente era el general Sarmiento. Se había estrenado en sus funciones con una de esas inspiraciones certeras, que resolvían una situación, y a las que no llegan por lo general los profesionales del criterio positivo, que desdeñan las inteligencias superiores, creyéndolas desprovistas de lo que llaman ellos sentido práctico.

Cuando la epidemia arreció en Mendoza, las autoridades sanitarias indicaban la necesidad, en primer término, de que los lazaretos y la población tuviesen medios para que sólo se bebiese agua hervida. Se propuso enviar de aquí algunos miles de pavas.

Sarmiento dijo: No sean pavos, lo que hay que hacer es usar los grandes tachos desocupados de las bodegas para hervir agua en gran cantidad y repartirlas entre las clases pobres. Con esa resolución adelantó considerablemente la campaña sanitaria.

En Salta se necesitaban médicos, medicamentos, ropas y alimentos. Fuimos, con otro miembro de la comisión directiva de nuestro centro, a tratar el asunto con el presidente de la Comisión Nacional.

Se nos hizo pasar al segundo patio de la casa, donde había una enorme pajarera, con una variedad de aves que revoloteaban sin cesar, y con sus cantos hacían un ruido insoportable para todo el que no fuese sordo como el dueño de casa. Este nos recibió con exquisita cortesía. Estaba sentado en un gran sillón de mimbre, bajo una fresca galería, en traje de verano. Leía un libro.

Atendió con toda deferencia nuestras indicaciones y nos prometió facilitar para Salta la mayor parte de los auxilios que les solicitamos como urgentes. Y cumplió su palabra; poco tiempo después salió para el Norte la expedición sanitaria que presidió el Dr. Benjamín Aráoz, más tarde gobernador de Tucumán.

Después que en breves manifestaciones nos dejó satisfechos en lo relativo a nuestra misión, enarboló en alto el libro que tenía en la mano, y nos preguntó:

- ¿Han leído ustedes este libro? Es la Democracia Triunfante de Andrew Carnegie. Es la historia de la vida institucional de los Estados Unidos y contiene la más elocuente apoteosis del gobierno de la libertad.

Avergonzado por no conocer una obra que en ese tiempo tuvo gran repercusión, le contesté la verdad. Sonriendo benévolamente, nos dijo:

- Yo lo sabía. Los jóvenes de ahora no leen libros serios. ¿Qué han leído ustedes fuera de la literatura corriente?

Y para esperar nuestra respuesta se puso sobre el oído la corneta auditiva. Yo contesté:

- "Conflictos y armonías de las razas en América". Además de "Facundo", "Recuerdos de Provincia" y el "Libro de Viajes".

El gran anciano sonrió satisfecho. Y para no aparecer que mi manifestación era de pura galantería me referí a otros libros de autores argentinos, y mi compañero un buen estudiante de Derecho, mencionó sus lecturas de Derecho Público de Tiffani, Story, Maschal y Adam Smith.

Variando repentinamente el tema, nos preguntó en qué partido político militábamos. Le respondimos que en ninguno, porque no había más que restos de partidos desorganizados y núcleos personalistas.

De pronto se irguió, y dejando el libro sobre el sillón se puso a pasear por la galería con las manos cruzadas atrás, que accionaban nerviosamente al compás de su palabra...

Describió el estado político del país en esa hora, haciendo una disección despiadada de cada uno de los hombres públicos que en ese período dirigían fracciones de opinión. Recuerdo sus juicios, pero me abstengo de mencionarlos en esta oportunidad; algunos eran contrarios a mis convicciones y afectos; pero otros, lapidarios y proféticos, merecen incorporarse a la historia.

Omito lo que expresó en condenación de los viejos, pero recordaré en otro instante sus reprensiones a los jóvenes.

No fueron de sátira como las que le oímos sin protesta cinco o seis años antes.

Esta vez no se mostró burlón, sino fulgurante. Hubiera parecido olímpico a la sombra de áspera tristeza y misteriosa gravedad que irradiaba su figura como aureola fúnebre presagio. Murió al año siguiente.
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