Textos rescatados
Domingo F. Sarmiento
Domingo F. Sarmiento
En mi época de estudiante, Sarmiento no era para el público de Buenos Aires un grande hombre, sino simplemente "el loco" Sarmiento, el Sarmiento de las caricaturas y de las anécdotas que lo pintaban como un maniático de las vanidades.

La gran epopeya civil formada por sus libros y por su acción de luchador, publicista y estadista, no era bastante conocida o era poco apreciada por la colectividad. A éste interesábale en él entonces solamente los toques grotescos con que su personalidad parecía desfigurada.

En ese tiempo Mitre gozaba su perpetua popularidad de admiración y afecto, y Sarmiento adolecía de la popularidad del ridículo.

Pero ya desde entonces había un núcleo que tenía por él la merecida veneración, según pude comprobarlo por una casualidad que me ofreció a la vez la ocasión de verlo y escucharlo.

Una noche, caminando por una calle central de la ciudad, encontré un grupo como de 50 ó 60 personas, la mayoría de aspecto distinguido, algunas de figuración política a quienes conocía de vista. Entre ellos estaba el doctor Aristóbulo del Valle. Por curiosidad me incorporé al grupo y lo seguí sin preguntar adónde iba.

La pequeña manifestación se detuvo frente a una casa de la antigua calle Cuyo; era la casa de Sarmiento; aquel día era su cumpleaños. Por uno de los concurrentes a quien interrogué supe que todos los años, en su onomástico, un número de devotos se congregaban para ir a saludarlo.

Avisado de la demostración él esperaba en la puerta. Cuando penetramos en el espacioso patio, vi una mesa arrimada a una pared bajo un pico de gas. Sin preámbulos, Sarmiento, que tenía en la mano un rollo de papel, subió desde una silla a la mesa y leyó el largo discurso que tenía preparado para ese acto.

En esa pieza oratoria, como en la mayoría de las suyas, Sarmiento hablaba mucho de sí mismo.

Esta particularidad, materia de constantes censuras, lo es solamente por juicios superficiales. Un examen imparcial demostraría que más que vanidad hay exceso de franqueza en las apreciaciones favorables que Sarmiento formula sobre sus producciones y sus actos. Otros hubo entre sus rivales que tenían de sí propios una opinión exageradamente optimista, pero que no la manifestaban en forma espontánea, sino picados por una crítica o una contradicción.

Sarmiento se elogiaba siempre, pero nunca con exageración. Sus famosos autobombos eran generalmente proporcionados a sus merecimientos. Su diferencia con los demás vanidosos es que él se hacía justicia, y para ello no usa circunloquios ni formas hipócritas.

Si eso constituye un defecto, estaba atenuado por la virtud de que sabía hacer justicia a los demás, aún a sus antagonistas.

Otra circunstancia que no ha sido observada y que es de equidad tomar en cuenta cuando se trata del egotismo sarmientesco, es que por lo común las referencias que hace en sus escritos a su labor de acción y pensamiento, se vinculan a la vida del país en alguna de las manifestaciones de su naturaleza, de sus costumbres o de su historia. Muchas páginas que parecen personales son de psicología nacional; y cuando menos, traducen hondas realidades humanas. Así los cuadros emocionantes de "Recuerdos de Provincia".

En el discurso de aquella noche, que leyó admirablemente, sin declamación, pero con ademanes y tonos de voz impresionantes, Sarmiento estuvo formidablemente sarmientesco. Allí, más que en ninguna de las otras piezas que yo recuerdo, su poderoso individualismo tenía proyecciones abarcadoras de conceptos generales.

La audición de ese discurso me sirvió para alumbrarme un fenómeno mental que ha sido enseñador para mí durante toda mi vida. Desde esa ocasión aprendí a juzgar a los hombres y los libros con un criterio que aplico involuntariamente en todas mis lecturas y mis intercambios de ideas con las personas de todas las condiciones sociales y en todas las esferas de actividad.

Ese criterio es de clasificación de valores por lo que dejan en mi espíritu las conversaciones y las lecturas. Hay gentes cuya charla me entretiene y algunas que me cautivan con el encanto de su palabra, pero que después de oírlas no recuerdo lo que han dicho. Otras en cambio, que carecen de atractivos verbales, me dan un punto de vista, me causan una emoción o me abren un vasto horizonte intelectual con una frase, con una observación, a veces con un gesto.

He oído cientos de discursos que me han gustado, algunos me han entusiasmado y a los que he aplaudido con sinceridad, por la impresión del momento, pero de los que no ha quedado en mi memoria una idea, una imagen. Han sido como trozos de música que conmueven, pero que no se graban con la reminiscencia de un tono o de una nota.

Lo mismo me pasa con mis lecturas. Muchos libros, tal vez la mayoría de los libros amenos que conozco, me han divertido, me han agradado o me han interesado, pero sin sugerirme un pensamiento, sin despertar en mí ninguna fuerza espiritual latente, sin acrecentar en mi yo una visión nueva de la vida.

En cambio, ciertas lecturas, ya sean o no fáciles y agradables, o ya pesadas, y hechas por necesidad o disciplina, provocan inesperados despertares en mi inteligencia o de mis energías subconscientes; me alumbran como relámpagos en zonas oscuras de mi yo, o depositan en mí gérmenes de vida espiritual que después florecen o fructifican.

Estas experiencias de introspección tuvieron por punto de partida aquel discurso. Las impresiones que me produjo y los conceptos que de él recuerdo, me enseñaron a estimar en lo sucesivo las obras de pensamiento por su poder de fecundación. No me interesa lo que no me semilla mental o afectivamente.

En la pieza oratoria a la que aludo, me llamó la atención, y se fijó en mi memoria, una frase profunda consignada allí de paso: "Somos parte integrante del imperio romano". Este concepto audaz y novedoso que yo mencioné accidentalmente en una publicación, fue recogido allí por Lugones y comentado, asignándole todo su valor histórico y sociológico.

Pero lo que causó una visible emoción en los oyentes de la disertación incoherente, o por lo menos inmetódica, pero substanciosa, que leyó el gran anciano, fueron algunos párrafos de terrible ironía, mezclada con palpitaciones de honda sensibilidad patriótica.

Refiriéndose al molesto espionaje a que estaba sujeto, expresó, con tono de agria sátira, que después de cincuenta años de servir al país, estaba obligado a solicitar permiso a la policía para vivir...

Y luego, comentando las burlas sobre su ancianidad, de algunos periódicos que lo declaraban caduco, hizo una magnífica evocación de los longevos contemporáneos, gloriosos en las ciencias, en las artes, la literatura y el gobierno. Con tal motivo avanzó una afirmación que, como muchas de sus intuiciones, empieza a ser científicamente demostrada: dijo en contra del prejuicio vulgar de los que creen que las tareas de pensamiento aniquilan: "la experiencia demuestra que por lo general viven más los que viven pensando".

Y este concepto fue subrayado con un ademán de la mano sobre la frente que parecía iluminada con las vislumbres del Sinaí. Luego añadió: "yo agradezco a la Providencia que me haya concedido, como a los viejos patriarcas, la gloria de vivir luengos años sobre la tierra prometida". Y había tanta unción en su voz al decir estas palabras; que se comunicó un estremecimiento emocional entre la concurrencia.

Vi a un viejo que a mi lado se enjugaba los ojos: se sintió seguramente interpretado en el orgullo inconsciente que da el largo vivir, semejante al del viajero que ha recorrido muchas tierras o al navegante y ha cruzado y recruzado los mares.

Lo que yo sentí fue más que la simple impresión que puede causar una frase tocante; fue el efecto subyugador de una visión interna; la escena, el gesto, la profundidad del verbo manifestado en el tono enternecido con que calificó a nuestra tierra argentina de "tierra prometida" fueron para mí, y creo que para todos los que recogimos el sentido íntimo de aquella profecía, una palpitante evocación de la patria.

Se me representó completa con su trágico pasado de luchas y tragedias, como travesías por el desierto, y su porvenir de "tierra prometida" predestinada a manar leche y miel de la naturaleza y el espíritu.

Yo también, muchacho de 21 añosa, lagrimeé como mi viejo vecino; pero no sólo entonces; no sé porqué, y no podría explicarlo, cada vez que he relatado esa escena, se me quiebra la voz y se humedecen mis ojos al citar las palabras:...."vivir largos años sobre la tierra prometida".

(*) Joaquín Castellanos nació en Salta el 21 de abril de 1861 y murió en Buenos Aires el 28 de septiembre de 1932. Poeta y ensayista. Político de proyección nacional. Participó en Buenos Aires de la fundación de la Unión Cívica Radical. Fue gobernador de Salta (enero de 1919 a octubre de 1921) Este testimonio sobre Sarmiento no está incluido en libro. Fue publicado en Buenos Aires enero de 1924. La copia que aquí se transcribe pertenece a la “Biblioteca J. Armando Caro” (Salta, Argentina). Aquella demostración de homenaje a Sarmiento debió realizarse el 15 febrero de de 1882, cuando Sarmiento cumplió 71 años. Ese año Sarmiento renunció al cargo de superintendente del Consejo Nacional de Educación y publicó su libro Conflictos y armonías de las razas en América. En 1883 Castellanos obtuvo el Premio de Honor en los Juegos Florales de Buenos Aires por su poema El viaje eterno. El segundo encuentro se produjo en el año 1883. En julio de 1886 Sarmiento viajó a Rosario de la Frontera, al Sur de la ciudad Salta, para curar sus dolencias en las aguas termales de esa ciudad. El tercer encuentro tuvo lugar a comienzos de 1887. Sarmiento murió el 11 de septiembre de 1888.
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