Tecnología y trabajo
La tele en los 60
La tele en los 60
Como muchos salteños de mi generación, no tengo reparos en considerarme a mi mismo como un producto de la gran revolución audiovisual de la segunda mitad del siglo XX, que tuvo a la televisión como indiscutida protagonista.

Los que bordeamos los 50, casi no recordamos los tiempos en que la televisión no existía o los recordamos como una época oscura, triste, cuando no manifiestamente tenebrosa. Para nosotros el comienzo de la vida, el principio del uso de la razón, coinciden con el desembarco en nuestros hogares de los primeros televisores, así como la sensación de asomarnos a la realidad por primera vez coincide también con las miradas de incredulidad y asombro que nos arrancaron las primeras señales, los primeros destellos luminosos, los primeros programas de televisión.

En la casa de mi infancia, todo esto se vivía de un modo quizá más intenso. Porque por mor de la pasión de mi padre por la electrónica y las telecomunicaciones, aquella casa era una especie de santuario de la tecnología al que llegaban con puntualidad los últimos artilugios. Sólo la austeridad de mi padre y -por qué no decirlo- la estrechez económica de una épocas especialmente duras para la familia, impedían que la tecnología se trivializara y que sus adelantos fueran considerados meros elementos de lujo o de confort.

La televisión llega a Salta

La televisión llegó a Salta a comienzos de 1964, casi una década después de que lo hiciera en Buenos Aires. El sueño de los salteños de contar con televisión en sus hogares fue posible gracias al empeño y a la visión de un puñado de pioneros que integraban comerciantes como don José Domingo Saicha, empresarios como don Roberto Romero, técnicos como el ingeniero Barbieri y radioaficionados de reconocida trayectoria como mi padre, el Dr. J. Armando Caro. Incluso antes de aquella fecha, mi padre ya había realizado experiencias de transmisión de señales de televisión de barrido lento (SSTV) sobre las bandas de radioaficionados de onda corta.

Al poco tiempo y gracias a Saicha y a Barbieri, mi padre pudo comprar nuestro primer televisor: un Philips con gabinete de cedro de lustre impecable y un CRT “bola”, como los que veíamos en las viejas revistas americanas de electrónica. Poco tiempo antes, nuestro vecino de puerta, Roberto Romero, había adquirido un aparato exactamente igual.

Por entonces se solía invitar a los vecinos a admirar las bondades del nuevo artilugio. Recuerdo entre los más asiduos y entusiastas espectadores en el comedor de mi vieja casa, a los hermanos “Pila” Romero Diez, que al poco tiempo dejaron de venir porque su tío, el recordado don José González Villafañe, había incorporado al ajuar doméstico un televisor Philco de última generación. Los términos entonces se invirtieron y fuimos nosotros los que quedamos atrapados por las bondades de aquel aparato, que para más lujo llevaba incorporada delante de la pantalla un plástico tricolor (celeste, verde y marrón) que simulaba los colores de los paisajes en las series de cowboys.

La antesala de la televisión en color

Diez años más tarde, a mi padre le tocó intervenir en la definición del estándar de televisión en color que habría de adoptar la República Argentina. Como presidente de la Comisión de Comunicaciones del Senado de la Nación, tomó parte en los estudios y procedimientos previos que desembocarían luego en la adopción del sistema alemán PAL. Recuerdo que por aquellas épocas mi padre nos comentaba la buena impresión que le había causado el sistema francés SECAM y con el paso de los años pienso que quizá hubiera preferido esta solución, de no ser por un curioso y divertido fallo de unas de sus colaboradoras en la comisión parlamentaria, que provocó un malentendido con los franceses.

Y es que el senador por Salta había recibido una llamada de la conocida empresa francesa de telecomunicaciones Thomson CSF para acordar una sesión de prueba. La secretaria tomó nota de aquella llamada pero transmitió a su jefe lo siguiente: “Doctor, lo acaban de llamar de la Thompson y Williams para una prueba”. La colaboradora interpretó que se trataba de la prueba de un traje a medida en aquella conocida sastrería porteña, y avanzó los contactos para concretar la cita. La confusión provocó el desencuentro con los franceses.

Adoptado el estándar de color para la televisión argentina, al gobierno de la dictadura militar le correspondió ponerlo en marcha para cumplir con los compromisos internacionales contraídos con motivo de la retransmisión de la Copa del Mundo de 1978 celebrada en la Argentina.

El Mundial del '78

A pocos meses de aquel acontecimiento parecía improbable que en Salta se pudieran seguir los partidos en directo, ya que no había en nuestra provincia una estación terrena para la recepción de señales de satélites y sí una red de microondas que atravesaba nuestro territorio y que tenía una estación relay en la cima del cerro 20 de Febrero.

Al final la señal del Mundial llegó por aquel sistema y el viejo Canal 11 se encargó de “bajarla del cerro” -y nunca mejor dicho- colocando un enlace de UHF con una TM T13, curiosamente de origen francés y de marca Thomson. Debo decir que, una vez enterado de la existencia de aquel enlace, me las ingenié para construir en Cerrillos -con la ayuda de mi amigo Gustavo “Replo” Martínez- una antena de tipo “bow-tie” con “corner reflector”, que nos permitió ver en un pequeño televisor de 11” todos los partidos del Mundial, incluido aquellos que el Canal 11 no transmitía.

Aquel Mundial se transmitió para la Argentina en blanco y negro. Las emisiones regulares en color darían comienzo dos años más tarde. Aun antes de la fecha oficial (el 1º de mayo de 1980) los que disponíamos de un aparato adecuado podíamos ver programas en colores durante una o dos horas por día. Recuerdo que el primer acontecimiento que ví en la naciente televisión en colores argentina fue el Via Crucis de la Semana Santa de 1980, que ATC transmitió en directo desde Roma.

El satélite

También por la misma época se sabía que algunos conspicuos “burreros” salteños acudían puntualmente a las instalaciones del Jockey Club en la calle Güemes para seguir en directo las carreras de caballos de Palermo y San Isidro, que allí llegaban por algún misterioso sistema que todos conoceríamos más tarde como “televisión digital”.

A comienzos de los 90, durante mi primera experiencia europea, me aficioné a la televisión por satélite y llegué a tener hasta tres antenas parabólicas instaladas muy precariamente en la terraza de mi casa para recibir la señal de diferentes satélites.

Cómo hemos cambiado!
Cómo hemos cambiado!
Todos estos recuerdos recobran ahora su vigencia de un modo muy particular, porque cuando pensaba que lo había visto y experimentado todo, las mismas pulsiones tecnológicas transmitidas de generación en generación han traido hasta mi propia casa la nueva televisión digital de alta definición. Y todo ello, a menos de un año de haber ingresado también en la prometedora era de la Televisión Digital Terrestre (TDT).

Ver la extraordinaria calidad de este nuevo invento humano me ha retrotraído a las épocas pioneras de 1963 y me ha hecho experimentar la misma satisfacción del tío José González Villafañe cuando incorporó aquel celofán tricolor a su televisor Philco.

Si bien no con la misma frescura, hoy, en compañía de mis hijos, sigo aprendiendo de la televisión cosas nuevas -y hasta ahora casi desconocidas- como 720p, 1080i, DVB-S, MPEG-4, HDMI o HDCP y complicándome la vida con la fascinante ciencia de la desencriptación. Ayer, sin ir más lejos, ví mi primer partido de fútbol en Alta Definición (Barcelona – Arsenal, por la final de la Champions League). Sólo faltaba el olor a naranjas frescas y a choripán para sentirme instalado en la platea de la cancha de Gimnasia y Tiro.

De este modo, la televisión y yo prolongamos nuestro silencioso idilio, que, aunque no lo parezca, dura ya más de cuatro décadas.
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