Salteños destacados
Carlos Vázquez Iruzubieta vive con su familia en Alicante, junto al Mediterráneo. Salteño, descendiente de criollos y españoles, emigró a España hace tres décadas luego de una larga y brillante carrera como fiscal y magistrado en la justicia salteña. En esta entrevista, el Dr. Vázquez Iruzubieta hace un repaso de su vida en Salta y nos abre las puertas a una biografía fascinante como pocas. Escritor prolífico, artista plástico, músico y folklorista, son facetas diferentes de alguien que ha vivido con intensidad los años más creativos de la cultura salteña y que desde hace ya más de un tercio de siglo sigue creando en Europa.

Agradecemos a Carlos Vázquez Iruzubieta la cordialidad con que ha atendido el requerimiento de Iruya.com así como sus respuestas frontales y sus juicios valientes y comprometidos.

Nos gustaría que nos hablase de sus orígenes y su entorno familiar más cercano.

Vázquez Iruzubieta, su mujer Elba Alicia y dos de sus nietos
Vázquez Iruzubieta, su mujer Elba Alicia y dos de sus ocho nietos
Soy hijo único. Mi padre fue Salustiano Vázquez Fermoselle, de origen español, y mi madre Sara Iruzubieta Montano, criolla. Durante toda su vida mi padre se dedicó al comercio; en sus comienzos como empleado de tienda y más tarde como autónomo, viajando para varias empresas cordobesas y porteñas.

¿Dónde hizo su escuela primaria?

Estudié en la Escuela Zorrilla de [[Salta]], si bien mi condición de alumno de esta escuela fue intermitente. El trabajo de mi padre nos empujó a Rosario de la Frontera, San Juan y Tucumán.

¿Recuerda a compañeros o maestros suyos de esa época o alguna anécdota de los tiempos de primaria?

Desde luego. Terminé 6º Grado con el “Gordo” (Julio) Huidobro Saravia. Conservo en mi memoria una variedad de rostros sin nombres. En la escuela lo habitual era que el mejor alumno del último curso recibiera el premio de ser el abanderado en los desfiles. El mejor alumno y con diferencia fue siempre Arnaldo Pinto. Sin embargo, nos eligieron a Jorge Coll y a mí. Fue la primera injusticia que me golpeó y aún me escuece cuando lo recuerdo. Ermelinda Casale, la directora, se empeñó en que fuera yo; la vice-directora, de apellido Quijano, que fuera Jorge Coll. Y así se hizo. Debo aclarar que Arnaldo Pinto era un chico silente, de talla escasa y de piel muy morena.

Fue usted alumno del Colegio Nacional de Salta. ¿Qué recuerda de aquella época?

Efectivamente, estudié mi bachillerato en el Colegio Nacional. He sido un estudiante mediocre ya que ocupaba mi tiempo leyendo literatura y escribiendo “versos”, como casi todo adolescente.

Me tocó en el último año de bachillerato preparar la procesión de antorchas que solía celebrarse el 24 de mayo, vísperas del “primer grito de libertad” como se decía. Tuve que hacerme cargo del discurso desde los balcones del Cabildo. También tuve que encargarme de la fiesta del estudiante porque nadie quería hacerlo y me costaba trabajo no sólo escribir el guión sino que acudieran a las convocatorias para los ensayos. El cuadro más extenso y más divertido lo escribimos (yo interviniendo muy poco) juntamente con el “Negro” Patrón Uriburu (profesor del Colegio) y Manuel J. Castilla. Ellos conocían a la perfección a los personajes de los que nos burlábamos sanamente (Sirolli, Solís Pizarro, el Dr. Mendióroz...). Días después me lo encontré en la calle a Castilla y me reprochó duramente mi ingratitud por no haberle enviado al menos un par de entradas. Era tanto el trabajo para sacar aquello adelante, que se me pasó, y lo lamenté sin remedio.

¿Cómo era el Colegio Nacional en los años 40 y principios de los 50?

Traía hábitos clasistas de su época de la calle Ituzaingó que, hay que reconocerlo, se fueron amortiguando. El profesor que me escuchaba y leía lo que escribía fue Enrique García, de literatura. También lo hizo José Vicente Solá, vicerrector, y profesor de gramática castellana, quien me pidió que recitara lo que creo que es su única producción literaria, a excepción de su Diccionario de Regionalismos. Se trataba de la “Oración a la bandera” que recité en el patio del Colegio mientras se izaba el símbolo, una mañana antes de entrar a clase. Recuerdo que comenzaba: “Bandera de mi patria, bendita seas entre todos los lábaros del mundo, porque en las pletóricas bodegas de tus raudas naves, llevas el pan a todos los rincones de la tierra...”

En Colegio Nacional sienta usted las bases de una amistad imperecedera…

Bueno, en esa época conocí a mi mujer Elba Alicia Barros Panadés. Ella me acompañaba aquel día de mi discurso en los balcones del cabildo. Pero de aquellos momentos también traigo el recuerdo de un amigo leal y consecuente, Néstor Salvador Quintana, siempre en mi memoria con afecto y gratitud.

Néstor Quintana es un amigo que ha valido la pena tener. Durante los dos últimos años de bachillerato nos reuníamos a leer y escribir “versos” (del vocablo “poema” nos enteramos mucho después). Creamos nuestros pseudónimos porque suponíamos que era de rigor. Yo resucité el mío de aquella época (Narciso Lué) para firmar hoy (¡vaya paradoja!) mis trabajos de metafísica y teología.

Con Néstor, por razones distintas, dejábamos de relacionarnos por largos períodos; intereses comunes o temas de vinculación necesaria volvían a acercarnos, y nunca dejamos de ser los mismos cada vez que nos reencontrábamos. Cuando adolescentes, practicábamos deporte con otros amigos en Gimnasia y Tiro. Me comunico con él a veces por teléfono y otras por e-mail.

¿Su señora también estudiaba en Salta?

Llevando la bandera junto a Jorge Coll
Llevando la bandera junto a Jorge Coll
Conocí a mi mujer cuando estábamos concluyendo yo el bachillerato y ella el magisterio en el Colegio de Jesús. Siempre la vieron mis ojos como la niña más bella, alegre y buena amiga. El año pasado cumplimos las bodas de oro y después de más de cincuenta años juntos, lo único que ha cambiado es el tiempo, que simula moverse y destruir, pero que no puede con nosotros ni con nadie que mire desde arriba. Nos apañamos juntos para todo. Eso quiere decir que para aliviarle la tarea doméstica, hace ya tres años que cocino a diario y a veces friego los cacharros.

¿Qué recuerdos tiene de su paso por la universidad?

Terminado el bachillerato me desplacé a Córdoba a seguir mis estudios, proyecto que abandoné a los pocos meses. De regreso, busqué trabajo que conseguí como escribiente en el Poder Judicial, y me casé, que era lo que por entonces debía hacer, y lo hice.

Como funcionario público permanecí hasta que terminé mi carrera. Aprobé mi primera asignatura (Derecho Romano) en abril de 1958 en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Tucumán, y la última el 22 de diciembre de 1960 (Derecho Internacional Privado), cuando ya habían nacidos mis dos hijos. No pude asistir a una sola clase en la Universidad, de modo que conocía a mis profesores el día del examen.

Aprobé mi última asignatura juntamente con Néstor Román Calvet y la señora Tujman (Natalia). Con Martín Adolfo Diez (Abocho) preparé varias asignaturas y estábamos los dos en la misma situación: casados y con hijos. Luz María cuando estudiábamos en su casa y mi mujer cuando en la mía, nos preparaban suculentas meriendas inolvidables. Abocho fue un compañero de singular inteligencia y obstinado en su propósito. Él conserva una parte de mi vida durante la que fui feliz y alimenté una ilusión que se hizo realidad. Nunca olvidamos con mi mujer a este matrimonio amigo.

Una vez graduado hizo carrera en el Poder Judicial de Salta.

Luego de algunos meses de ejercicio profesional ingresé en el Poder Judicial como Fiscal Penal; luego ascendí a Juez en lo Correccional y finalmente a Juez de Instrucción. Y ahí terminó mi carrera judicial, cuando el interventor Spangenberg no renovó mi nombramiento. No mucho después vino lo que vino, y de Salta me queda tan sólo el recuerdo de buenos momentos.

Siendo aún estudiante ya había comenzado a publicar artículos de Filosofía del Derecho en la Revista Jurídica de la Facultad de Derecho de Tucumán. Terminada la carrera, por necesidades subsistenciales, me dediqué a escribir sobre Derecho positivo, más rentable que la filosofía, publicando en Argentina una decena de libros con la Editorial Plus Ultra.

¿Qué valoración puede hacer del funcionamiento de la justicia salteña en aquellos años?

El sistema judicial de Salta no era muy distinto al de siempre en todas partes: justicia impecable para los anónimos; clemencia para los poderosos. Firmé encarcelamientos para abogados, médicos, ingenieros y militares. Me tenían por un juez duro e inflexible, y estoy persuadido que lo fui, y mucho. Demasiados enemigos, calumnias y deseos de destruirme. Mi decencia moral, quizá mi única virtud, impidió que mis enemigos lograran sus propósitos. Jamás recibí una sola denuncia.

¿Y de la sociedad salteña en su conjunto?

Lo que puedo destacar de los primeros años de mi vida es una sociedad rígidamente estructurada, de hábitos sencillos y vida placentera, pese a todo. Se advertía la existencia de principios morales que se impartían a la gente y que la clase media los asimilaba y hacía suyos, orgullosa de ser, por ello mismo, el sostén moral de la sociedad toda. No quiero entrar a enjuiciar su contenido; me limito a dar una reseña breve de aquel entonces. Fueron tiempos bien dibujados en obras como “M´hijo el doctor” de Florencio Sánchez. Esas metas inalcanzables se convirtieron con el correr de los años en un tobogán por el que descienden todos los que lo desean. Cada cual conocía su lugar en la sociedad y allí hacía su vida, porque hasta la pobreza era una fatalidad aceptada por quienes sabían desde siempre que naciendo pobre se moría pobre.

¿Cambiaron algo las cosas durante los años sesenta?

Los años sesenta ya sabemos que se conocen como la década prodigiosa. En ella caben el mayo francés, el movimiento hippie, los Kennedy, Martin Luther King, los primeros viajes tripulados al espacio, la revolución cubana, la muerte del Che Guevara, la revolución cultural china, los balbuceos de Internet, los instrumentos electrónicos, los Beatles y sus letras psicodélicas, y la revolución social en buena parte del mundo incluyendo América Latina. Con lo sucedido en los años sesenta se puede decir que concluye la era del inmovilismo de una tradición social y la post guerra, dando paso a una nueva manera de valorar las conductas individuales. No se aparta de mi memoria cuando en mis años jóvenes se conoció el suicidio de una adolecente por haber quedado embarazada; era hermosa y deseada por todos; se mató porque no estaba dispuesta a soportar el repudio social; era lo que se llamaba en Salta “una chica de buena familia”. Hoy, lo que se lleva es la ponderación de las madres solteras que huyen del matrimonio como del aceite hirviendo. A esto se le llama “progresía”.

¿Cómo impactan en Salta todos los sucesos de la década?

En Salta, los efectos de los hechos que jalonaron la década prodigiosa en Europa y EE.UU., se hicieron notar bien poco porque siempre estuvimos demasiado lejos de todas partes, lo que tampoco es algo denigrante; tal vez sea algo deseable por sus consecuencias. No siempre es aconsejable estar en la yema del huevo.

Lo que es destacable se reduce, a mi modo de ver, al fenómeno del folklore. Salta era una provincia desconocida en Argentina. La concurrencia temporal de músicos e intérpretes originales dio un empuje singular y desde entonces Salta despertó la curiosidad de todo el país.

De una parte, un guitarrista virtuoso ponía música a los versos de un poeta solar, exhuberante, luminoso y a veces enceguecedor, y de otra parte, un poeta lunar, misterioso y extenso daba sus versos a un pianista con una creatividad y singularidad sin parangón. No fueron los únicos, pero sí los principales. La década de los sesenta fue para Salta el despertar de su centenaria siesta con una explosión cultural única. Así recuerdo yo los sesenta en Salta.

Mientras tanto, mucho golpe de Estado, mucha protesta social, culminando años después con el genocidio. He conocido y tenido trato con buena parte de esos personajes de nuestra década también prodigiosa, que elaboraron pintores, poetas, músicos e intérpretes que descollaron mas, no creo que resulte de interés salpicar esta entrevista con anécdotas personales. Lo que produjeron en Salta esos artistas, no se volverá a repetir porque la historia no se repite ni como clase ni como individualidades; a lo sumo como prototipos, que aun en tal caso será difícil. Como suele decirse: dejaron el listón muy alto.


¿En qué condiciones se produce su emigración?

Cuadro de Vázquez Iruzubieta
Iglesia de Santa María de Alicante, cuadro de Vázquez Iruzubieta
La emigración tendría que haber sido para mí, lo que para todos: un trance doloroso; no obstante, no ha sido así. Abandoné Argentina para superar una asfixia moral y un peligro cierto, después de haber vivido episodios malévolos que no quiero recordar porque ya han sido suficientemente explotados por quienes se aprovecharon de sus sufrimientos pasados para convertirlos en reclamos publicitarios.

Pisar suelo español fue para mí una experiencia bienhechora donde recobré mis esperanzas y libertad. Y a propósito de esto, después de todo lo visto y vivido, que no es poco, hace tiempo ya que llegué al convencimiento de que la política es una actividad de bajo nivel, por lo cual ni hablo, ni siquiera pienso en ella, lo que serenó mi espíritu y me permitió comprender que la añorada calidad de vida no está abonada por la riqueza, el poder y la gloria social, sino por una persecusión constante de la felicidad, de ordinario escondida bajo pequeños guijarros humildes que todos desprecian o ignoran.

Por ello mismo, entre otras cosas, hace tiempo que dejé de pronunciar conferencias porque considero que es una experiencia impersonal pese a la cercanía física, y del todo inútil.

¿Emigró usted con toda su familia?

Llegué a Madrid con toda mi breve familia: esposa, madre y dos hijos: Sergio y Patricia. Aquí se casaron y estudiaron ambos la carrera de Derecho. Mi madre, de allá, está enterrada aquí. Mi padre, de aquí, está enterrado allá; lo digo como simple curiosodad, pues es irrelevante donde se entierren los huesos.

En aquellos años duros, hubo salteños solidarios que le ayudaron…

Sería una ingratitud no reconocer el comportamiento amistoso y solidario de Licha Mera y Rodolfo Urtubey, quienes asistieron a mi familia cuando hubo que desmantelar la casa y venderla. Rodolfo fue más allá y acompañó a mi mujer, a mi madre y a mis hijos, toda mi corta familia, desde Salta hasta Río de Janeiro, donde yo los esperaba para viajar a Madrid. Este matrimonio no sólo nos ayudó sino que lo hicieron en momentos en que el resto de amigos se apartaron de nosotros por temor a represalias. Eran tiempos agrios y peligrosos.

¿Su ascendencia española influyó en su decisión de elegir España como país de destino?

Desde luego. Mi ascendencia materna: abuelo vasco, abuela criolla, y la paterna: abuelo gallego, abuela castellana. Mi padre jamás quiso cambiar su nacionalidad, lo que con los años me fue útil para adquirir la española según la legislación de los años 70.

La elección de España para iniciar una vida nueva era, por consiguiente, una decisión lógica, y no me arrepiento ni un solo día.

¿Qué opina de la evolución de España durante las últimas décadas?

La evolución de España, es a mi juicio un vocablo situado en este caso entre la exageración y la fantasía; no parece haber evolución. Las cosas empezaron con buena voluntad y el silencio de viejos requerimientos. Fue lo que vi y viví a mi llegada. Ese tiempo ya pasó. Hay un retroceso hacia los antiguos odios ideológicos. La sociedad española está enferma y toda la gente de bien no puede aspirar a otra cosa que a conseguir su recuperación. Que cada cual piense lo que desee, pero que lo haga sin partirle el corazón al prójimo, es la esperanza.

No parece que las cosas sean muy diferentes en otros países porque es la actual sensibilidad común. La adhesión incondicional a los dictados de una ideología, cualquiera sea, no deja de ser una actitud infantil, porque demuestra la necesidad de los adultos de encontrar apoyo en los dictados de una entelequia a la que se supone que puede ser hallada intacta a la vuelta de la esquina. El hombre sin adherencia a una ideología es hoy en día, lo más parecido a un niño que teme a la oscuridad.

De regreso a Salta, nos parece muy interesante su visión del folklore y la cultura como "dinamizadores" de la sociedad salteña de los sesenta. ¿Podría detallarnos algo más de este singular proceso?

Cuando Los Chalchaleros regresaron de su primer viaje a Buenos Aires, allí se quedaron formando un dúo Cocho Zambrano y Dicky Dávalos. Juan Carlos Saravia volvió a ocupar su puesto en el Banco Provincial y Saravia Toledo a dar clases en el Colegio Nacional.

El segundo conjunto folklórico de Salta fue el Trío La Quencha que integrábamos el ahora ingeniero Ricardo Martorell, el médico Manuel Sosa Peñalva y yo. Cursábamos el 5º año de bachillerato.

A raíz de la aparente desintegración de Los Chalchaleros, le pedimos al Dr. Saravia Toledo que era nuestro profesor de geografía, que se uniera a nosotros tres y nos dirigiera. Y así ocurrió y empezamos los ensayos, hasta que no sé cómo Juan Carlos Saravia se enteró y se comunicó de inmediato con Cocho y Dicky, que regresaron de Buenos Aires como alma que los lleva el diablo.

Como Saravia Toledo ya tenía compromiso con nosotros y a la vez no quería separarse de Los Chalchaleros, se las arregló para que actuáramos los dos grupos en el Hotel Salta los días 13, 14 y 15 de setiembre (la trilogía del Milagro), y así lo hicimos; fue en el año 1951. Total, que poco después Saravia Toledo se apartó y fue sustituido por Ernesto Cabeza y La Quencha partió a Córdoba a estudiar y yo regresé pronto, ocupando mi lugar Franco Sosa, uno de los cuatro primeros Chalchaleros.

La Quencha llegó a grabar un 78 revoluciones, en la que no participé.

Después vinieron Los Fronterizos que empezó como trío, Los Cantores del Alba, y lo demás que es historia ya conocida.

¿A qué otros protagonistas recuerda de aquellos años?

De soltero vivía yo con mis padres en la Avenida Belgrano al 1.500. El “Gringo” Adet con su madre, a doscientos metros en una calle perpendicular a la Avenida cuyo nombre no recuerdo. Pasamos muchas noches después de cena charlando sobre poesía y recuerdo que me pedía a menudo que le recitara alguno de mis poemas. Era callado y escuchaba con atención; Juan Carlos Dávalos lo apodó “Puma serio”, por el color de su cabello y su rostro impenetrable.

Cuando salía por las noches se hacía acompañar por un perro ovejero de grandes proporciones que tenía un hábito curioso: cuando se le lanzaba al aire una piedra para que la cazara con la boca y la devolviera como lo hacen todos los perros, este perro saltaba, cazaba la piedra en el aire y se la engullía como si fuera un pastel. Me casé y al cambiar de casa, dejamos de vernos.

Con el tiempo me enteré que escribía poemas y leí varios de ellos; recuerdo uno bellísimo acerca de los árboles carnívoros de Vietnam, y un soneto a Dios. En mi opinión, su poesía es tan sutil que desvanece lo denso. Junto a Castilla, poeta lunar y misterioso, como lo califiqué antes, son a mi juicio, los mejores. Los poemas de Castilla parece que absorbieran toda la verdad de la tierra. La poesía de Jaime Dávalos me parece carnal y a veces avasalladora; es con todo, un poeta que será difícil de igualar. Poesía tan vehemente no podía encontrar mejor compositor que Eduardo Falú, de estilo arabesco y firme.

Con “Perecito” solíamos cantar acompañándonos con guitarra y recuerdo que le agradaba leer sus poemas ceremoniosamente. No hace mucho me enteré que escribió cuartetas para la música postrera de Leguizamón. A propósito, al “Cuchi” siempre lo he tenido por una persona muy tímida y mal educada, comportamientos con los que a mi juicio combatía esa timidez. Fue un mal intérprete del piano pero un compositor excelente que supo mezclar el grito de la tierra con los sonidos clásicos de las tendencias actuales. Conservo algunas grabaciones de su música por una variedad de intérpretes y suelo escucharlas con frecuencia.

Al “Negro” López lo conocí cuando vivía en la pensión de calle España y trabajaba en Fabricaciones Militares. Dejaba su trabajo y salía corriendo a su casa para escuchar un programa de música folklórica de las dos de la tarde en Radio Salta. Sólo se marchaba a almorzar cuando concluía la emisión; lo presentaba Perdiguero, creo. Eso demuestra lo que puede la vocación unida a la voluntad. Fue un intérprete cabalmente criollo.

¿Y en otras expresiones culturales?

En el ambiente pictórico ya se sabe: Julio Coll, “Pajita” García Bes, Preti, Juane, Román, Ramiro, Brié, Alina, Casto, Yutronich, Usandivaras con sus flores y sus pájaros al pastel. Con ellos, poca relación; con Juane, con el que más, pero ya digo, muy poca. Lo que quiero resaltar es que al margen de ilusiones políticas que nos marcaron a todos los jóvenes de Occidente en los años sesenta, una espiritualidad artística (sobre todo musical, poética y pictórica) impulsó a Salta a la cima de la atención de toda Argentina porque, convengamos en que, de todo aquel movimiento político de la juventud salteña, aunque valioso en sí mismo, nada quedó, salvo unas pocas realidades válidas. En cambio, su música, su poesía y su pintura son indelebles. Decía Juane que había remontado desde Buenos Aires hacia el norte, porque era el sitio donde valía la pena pintar; y en Salta se quedó. ¿Ha pensado en regresar a la Argentina?

La posibilidad de regresar jamás me lo he planteado. Desde que salí de Salta en 1976, dí por buena la decisión y no tuvo ninguna oportunidad la posibilidad del regreso. Desarbolé las naves y enraicé en Alicante donde mis hijos se casaron y he logrado ocho nietos, que no está nada mal para los tiempos que corren. Jamás regresé a Argentina. Yo no emigré para volver un día sino para empezar una nueva vida que, hay que decirlo, me colma todas las expectativas.

Vivo en Alicante, la antesala del Paraíso, cuyas playas se llenan de madrileños; de modo que como la mayoría de los alicantinos he buscado refugio en otras playas de la provincia. Yo veraneo en una tranquila localidad cercana a Alicante, a orillas del Mediterráneo.

Y volviendo a lo de regresar, hay que admitir que los argentinos que conozco padecen el sentimentalismo del tango, y no hacen otra cosa que añorar tanto Argentina, que no dejan pasar un solo año sin regresar para “charlar con los muchachos”. Ni los critico, ni los envidio. Yo me limito a recordar de Argentina los buenos momentos de mi vida, y ahí termina el ejercicio psicológico de mi condición de emigrante.

¿Su familia tampoco ha regresado?

Mis hijos no regresaron ni quieren hacerlo. Sólo mi mujer regresó una sola vez, cuando su madre se moría, y jamás volvió.

¿En qué consiste actualmente su actividad?

Sigo escribiendo libros de Derecho que es mi medio de vida. Pero ahora, desligado de exigencias vitales y con mis obras reeditándose y sin dejar de escribir otras nuevas, ocupo buena parte del tiempo a mi primer amor: la metafísica y la teología. En la web “ATRIVM-Hacia la esencia del cristianismo” llevo publicados siete u ocho capítulos de una “Teología cristiana”, cuyo propósito es descubrir la simbología de los dogmas de la cristiandad a la vista de que las jerarquías eclesiales castigan con la excomunión a quienes se atrevan a explicar los misterios y los milagros más allá de la versión oficial, lo que viene ocurriendo desde el Concilio de Trento. Por otra parte, estoy publicando artículos sobre metafísica no-dualista en algunas revistas virtuales, como Revista Hermética, Symbolos o Bajo los Hielos, y una editora chilena tiene en vista la edición de un libro que terminé hace ya tiempo, titulado “Teología cátara”.

De momento estoy empeñado en llevar adelante un proyecto que consiste en una obra “Aproximación metafísica a la teoría de cuerdas”, o lo que es lo mismo, tratar de hallar explicaciones intelectualmente coherentes entre la metafísica y la teoría de cuerdas que es la última formulación de la física cuántica.

Finalmente, háblenos de sus aficiones. ¿Qué hace cuando no trabaja?

Descanso escuchando música, leyendo, tocando el piano o la guitarra y pintando. Cocinar también me distrae porque preparo en mi atanor las fórmulas alquímicas que luego saboreo con deleite. Le aclaro que no me puedo permitir platos exóticos porque nos impusimos con mi mujer una dieta apropiada a nuestra edad.

¿Se ha sentido cómodo durante esta entrevista?

Tenía en mente para esta entrevista una visión exterior de mi vida, pero sus preguntas me han hecho regresar al pasado. Al responderlas he experimentado la dulzura cruel que provoca volver a los sitios que ya no están y a los momentos que se despeñaron para siempre. Es la sensibilidad que se experimenta a los setenta y tres años.
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