Salteños destacados
¿En qué condiciones se produce su emigración?

Cuadro de Vázquez Iruzubieta
Iglesia de Santa María de Alicante, cuadro de Vázquez Iruzubieta
La emigración tendría que haber sido para mí, lo que para todos: un trance doloroso; no obstante, no ha sido así. Abandoné Argentina para superar una asfixia moral y un peligro cierto, después de haber vivido episodios malévolos que no quiero recordar porque ya han sido suficientemente explotados por quienes se aprovecharon de sus sufrimientos pasados para convertirlos en reclamos publicitarios.

Pisar suelo español fue para mí una experiencia bienhechora donde recobré mis esperanzas y libertad. Y a propósito de esto, después de todo lo visto y vivido, que no es poco, hace tiempo ya que llegué al convencimiento de que la política es una actividad de bajo nivel, por lo cual ni hablo, ni siquiera pienso en ella, lo que serenó mi espíritu y me permitió comprender que la añorada calidad de vida no está abonada por la riqueza, el poder y la gloria social, sino por una persecusión constante de la felicidad, de ordinario escondida bajo pequeños guijarros humildes que todos desprecian o ignoran.

Por ello mismo, entre otras cosas, hace tiempo que dejé de pronunciar conferencias porque considero que es una experiencia impersonal pese a la cercanía física, y del todo inútil.

¿Emigró usted con toda su familia?

Llegué a Madrid con toda mi breve familia: esposa, madre y dos hijos: Sergio y Patricia. Aquí se casaron y estudiaron ambos la carrera de Derecho. Mi madre, de allá, está enterrada aquí. Mi padre, de aquí, está enterrado allá; lo digo como simple curiosodad, pues es irrelevante donde se entierren los huesos.

En aquellos años duros, hubo salteños solidarios que le ayudaron…

Sería una ingratitud no reconocer el comportamiento amistoso y solidario de Licha Mera y Rodolfo Urtubey, quienes asistieron a mi familia cuando hubo que desmantelar la casa y venderla. Rodolfo fue más allá y acompañó a mi mujer, a mi madre y a mis hijos, toda mi corta familia, desde Salta hasta Río de Janeiro, donde yo los esperaba para viajar a Madrid. Este matrimonio no sólo nos ayudó sino que lo hicieron en momentos en que el resto de amigos se apartaron de nosotros por temor a represalias. Eran tiempos agrios y peligrosos.

¿Su ascendencia española influyó en su decisión de elegir España como país de destino?

Desde luego. Mi ascendencia materna: abuelo vasco, abuela criolla, y la paterna: abuelo gallego, abuela castellana. Mi padre jamás quiso cambiar su nacionalidad, lo que con los años me fue útil para adquirir la española según la legislación de los años 70.

La elección de España para iniciar una vida nueva era, por consiguiente, una decisión lógica, y no me arrepiento ni un solo día.

¿Qué opina de la evolución de España durante las últimas décadas?

La evolución de España, es a mi juicio un vocablo situado en este caso entre la exageración y la fantasía; no parece haber evolución. Las cosas empezaron con buena voluntad y el silencio de viejos requerimientos. Fue lo que vi y viví a mi llegada. Ese tiempo ya pasó. Hay un retroceso hacia los antiguos odios ideológicos. La sociedad española está enferma y toda la gente de bien no puede aspirar a otra cosa que a conseguir su recuperación. Que cada cual piense lo que desee, pero que lo haga sin partirle el corazón al prójimo, es la esperanza.

No parece que las cosas sean muy diferentes en otros países porque es la actual sensibilidad común. La adhesión incondicional a los dictados de una ideología, cualquiera sea, no deja de ser una actitud infantil, porque demuestra la necesidad de los adultos de encontrar apoyo en los dictados de una entelequia a la que se supone que puede ser hallada intacta a la vuelta de la esquina. El hombre sin adherencia a una ideología es hoy en día, lo más parecido a un niño que teme a la oscuridad.

De regreso a Salta, nos parece muy interesante su visión del folklore y la cultura como "dinamizadores" de la sociedad salteña de los sesenta. ¿Podría detallarnos algo más de este singular proceso?

Cuando Los Chalchaleros regresaron de su primer viaje a Buenos Aires, allí se quedaron formando un dúo Cocho Zambrano y Dicky Dávalos. Juan Carlos Saravia volvió a ocupar su puesto en el Banco Provincial y Saravia Toledo a dar clases en el Colegio Nacional.

El segundo conjunto folklórico de Salta fue el Trío La Quencha que integrábamos el ahora ingeniero Ricardo Martorell, el médico Manuel Sosa Peñalva y yo. Cursábamos el 5º año de bachillerato.

A raíz de la aparente desintegración de Los Chalchaleros, le pedimos al Dr. Saravia Toledo que era nuestro profesor de geografía, que se uniera a nosotros tres y nos dirigiera. Y así ocurrió y empezamos los ensayos, hasta que no sé cómo Juan Carlos Saravia se enteró y se comunicó de inmediato con Cocho y Dicky, que regresaron de Buenos Aires como alma que los lleva el diablo.

Como Saravia Toledo ya tenía compromiso con nosotros y a la vez no quería separarse de Los Chalchaleros, se las arregló para que actuáramos los dos grupos en el Hotel Salta los días 13, 14 y 15 de setiembre (la trilogía del Milagro), y así lo hicimos; fue en el año 1951. Total, que poco después Saravia Toledo se apartó y fue sustituido por Ernesto Cabeza y La Quencha partió a Córdoba a estudiar y yo regresé pronto, ocupando mi lugar Franco Sosa, uno de los cuatro primeros Chalchaleros.

La Quencha llegó a grabar un 78 revoluciones, en la que no participé.

Después vinieron Los Fronterizos que empezó como trío, Los Cantores del Alba, y lo demás que es historia ya conocida.

¿A qué otros protagonistas recuerda de aquellos años?

De soltero vivía yo con mis padres en la Avenida Belgrano al 1.500. El “Gringo” Adet con su madre, a doscientos metros en una calle perpendicular a la Avenida cuyo nombre no recuerdo. Pasamos muchas noches después de cena charlando sobre poesía y recuerdo que me pedía a menudo que le recitara alguno de mis poemas. Era callado y escuchaba con atención; Juan Carlos Dávalos lo apodó “Puma serio”, por el color de su cabello y su rostro impenetrable.

Cuando salía por las noches se hacía acompañar por un perro ovejero de grandes proporciones que tenía un hábito curioso: cuando se le lanzaba al aire una piedra para que la cazara con la boca y la devolviera como lo hacen todos los perros, este perro saltaba, cazaba la piedra en el aire y se la engullía como si fuera un pastel. Me casé y al cambiar de casa, dejamos de vernos.

Con el tiempo me enteré que escribía poemas y leí varios de ellos; recuerdo uno bellísimo acerca de los árboles carnívoros de Vietnam, y un soneto a Dios. En mi opinión, su poesía es tan sutil que desvanece lo denso. Junto a Castilla, poeta lunar y misterioso, como lo califiqué antes, son a mi juicio, los mejores. Los poemas de Castilla parece que absorbieran toda la verdad de la tierra. La poesía de Jaime Dávalos me parece carnal y a veces avasalladora; es con todo, un poeta que será difícil de igualar. Poesía tan vehemente no podía encontrar mejor compositor que Eduardo Falú, de estilo arabesco y firme.

Con “Perecito” solíamos cantar acompañándonos con guitarra y recuerdo que le agradaba leer sus poemas ceremoniosamente. No hace mucho me enteré que escribió cuartetas para la música postrera de Leguizamón. A propósito, al “Cuchi” siempre lo he tenido por una persona muy tímida y mal educada, comportamientos con los que a mi juicio combatía esa timidez. Fue un mal intérprete del piano pero un compositor excelente que supo mezclar el grito de la tierra con los sonidos clásicos de las tendencias actuales. Conservo algunas grabaciones de su música por una variedad de intérpretes y suelo escucharlas con frecuencia.

Al “Negro” López lo conocí cuando vivía en la pensión de calle España y trabajaba en Fabricaciones Militares. Dejaba su trabajo y salía corriendo a su casa para escuchar un programa de música folklórica de las dos de la tarde en Radio Salta. Sólo se marchaba a almorzar cuando concluía la emisión; lo presentaba Perdiguero, creo. Eso demuestra lo que puede la vocación unida a la voluntad. Fue un intérprete cabalmente criollo.

¿Y en otras expresiones culturales?

En el ambiente pictórico ya se sabe: Julio Coll, “Pajita” García Bes, Preti, Juane, Román, Ramiro, Brié, Alina, Casto, Yutronich, Usandivaras con sus flores y sus pájaros al pastel. Con ellos, poca relación; con Juane, con el que más, pero ya digo, muy poca. Lo que quiero resaltar es que al margen de ilusiones políticas que nos marcaron a todos los jóvenes de Occidente en los años sesenta, una espiritualidad artística (sobre todo musical, poética y pictórica) impulsó a Salta a la cima de la atención de toda Argentina porque, convengamos en que, de todo aquel movimiento político de la juventud salteña, aunque valioso en sí mismo, nada quedó, salvo unas pocas realidades válidas. En cambio, su música, su poesía y su pintura son indelebles. Decía Juane que había remontado desde Buenos Aires hacia el norte, porque era el sitio donde valía la pena pintar; y en Salta se quedó. ¿Ha pensado en regresar a la Argentina?

La posibilidad de regresar jamás me lo he planteado. Desde que salí de Salta en 1976, dí por buena la decisión y no tuvo ninguna oportunidad la posibilidad del regreso. Desarbolé las naves y enraicé en Alicante donde mis hijos se casaron y he logrado ocho nietos, que no está nada mal para los tiempos que corren. Jamás regresé a Argentina. Yo no emigré para volver un día sino para empezar una nueva vida que, hay que decirlo, me colma todas las expectativas.

Vivo en Alicante, la antesala del Paraíso, cuyas playas se llenan de madrileños; de modo que como la mayoría de los alicantinos he buscado refugio en otras playas de la provincia. Yo veraneo en una tranquila localidad cercana a Alicante, a orillas del Mediterráneo.

Y volviendo a lo de regresar, hay que admitir que los argentinos que conozco padecen el sentimentalismo del tango, y no hacen otra cosa que añorar tanto Argentina, que no dejan pasar un solo año sin regresar para “charlar con los muchachos”. Ni los critico, ni los envidio. Yo me limito a recordar de Argentina los buenos momentos de mi vida, y ahí termina el ejercicio psicológico de mi condición de emigrante.

¿Su familia tampoco ha regresado?

Mis hijos no regresaron ni quieren hacerlo. Sólo mi mujer regresó una sola vez, cuando su madre se moría, y jamás volvió.

¿En qué consiste actualmente su actividad?

Sigo escribiendo libros de Derecho que es mi medio de vida. Pero ahora, desligado de exigencias vitales y con mis obras reeditándose y sin dejar de escribir otras nuevas, ocupo buena parte del tiempo a mi primer amor: la metafísica y la teología. En la web “ATRIVM-Hacia la esencia del cristianismo” llevo publicados siete u ocho capítulos de una “Teología cristiana”, cuyo propósito es descubrir la simbología de los dogmas de la cristiandad a la vista de que las jerarquías eclesiales castigan con la excomunión a quienes se atrevan a explicar los misterios y los milagros más allá de la versión oficial, lo que viene ocurriendo desde el Concilio de Trento. Por otra parte, estoy publicando artículos sobre metafísica no-dualista en algunas revistas virtuales, como Revista Hermética, Symbolos o Bajo los Hielos, y una editora chilena tiene en vista la edición de un libro que terminé hace ya tiempo, titulado “Teología cátara”.

De momento estoy empeñado en llevar adelante un proyecto que consiste en una obra “Aproximación metafísica a la teoría de cuerdas”, o lo que es lo mismo, tratar de hallar explicaciones intelectualmente coherentes entre la metafísica y la teoría de cuerdas que es la última formulación de la física cuántica.

Finalmente, háblenos de sus aficiones. ¿Qué hace cuando no trabaja?

Descanso escuchando música, leyendo, tocando el piano o la guitarra y pintando. Cocinar también me distrae porque preparo en mi atanor las fórmulas alquímicas que luego saboreo con deleite. Le aclaro que no me puedo permitir platos exóticos porque nos impusimos con mi mujer una dieta apropiada a nuestra edad.

¿Se ha sentido cómodo durante esta entrevista?

Tenía en mente para esta entrevista una visión exterior de mi vida, pero sus preguntas me han hecho regresar al pasado. Al responderlas he experimentado la dulzura cruel que provoca volver a los sitios que ya no están y a los momentos que se despeñaron para siempre. Es la sensibilidad que se experimenta a los setenta y tres años.
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