Salteños destacados
Carlos Vázquez Iruzubieta vive con su familia en Alicante, junto al Mediterráneo. Salteño, descendiente de criollos y españoles, emigró a España hace tres décadas luego de una larga y brillante carrera como fiscal y magistrado en la justicia salteña. En esta entrevista, el Dr. Vázquez Iruzubieta hace un repaso de su vida en Salta y nos abre las puertas a una biografía fascinante como pocas. Escritor prolífico, artista plástico, músico y folklorista, son facetas diferentes de alguien que ha vivido con intensidad los años más creativos de la cultura salteña y que desde hace ya más de un tercio de siglo sigue creando en Europa.

Agradecemos a Carlos Vázquez Iruzubieta la cordialidad con que ha atendido el requerimiento de Iruya.com así como sus respuestas frontales y sus juicios valientes y comprometidos.

Nos gustaría que nos hablase de sus orígenes y su entorno familiar más cercano.

Vázquez Iruzubieta, su mujer Elba Alicia y dos de sus nietos
Vázquez Iruzubieta, su mujer Elba Alicia y dos de sus ocho nietos
Soy hijo único. Mi padre fue Salustiano Vázquez Fermoselle, de origen español, y mi madre Sara Iruzubieta Montano, criolla. Durante toda su vida mi padre se dedicó al comercio; en sus comienzos como empleado de tienda y más tarde como autónomo, viajando para varias empresas cordobesas y porteñas.

¿Dónde hizo su escuela primaria?

Estudié en la Escuela Zorrilla de [[Salta]], si bien mi condición de alumno de esta escuela fue intermitente. El trabajo de mi padre nos empujó a Rosario de la Frontera, San Juan y Tucumán.

¿Recuerda a compañeros o maestros suyos de esa época o alguna anécdota de los tiempos de primaria?

Desde luego. Terminé 6º Grado con el “Gordo” (Julio) Huidobro Saravia. Conservo en mi memoria una variedad de rostros sin nombres. En la escuela lo habitual era que el mejor alumno del último curso recibiera el premio de ser el abanderado en los desfiles. El mejor alumno y con diferencia fue siempre Arnaldo Pinto. Sin embargo, nos eligieron a Jorge Coll y a mí. Fue la primera injusticia que me golpeó y aún me escuece cuando lo recuerdo. Ermelinda Casale, la directora, se empeñó en que fuera yo; la vice-directora, de apellido Quijano, que fuera Jorge Coll. Y así se hizo. Debo aclarar que Arnaldo Pinto era un chico silente, de talla escasa y de piel muy morena.

Fue usted alumno del Colegio Nacional de Salta. ¿Qué recuerda de aquella época?

Efectivamente, estudié mi bachillerato en el Colegio Nacional. He sido un estudiante mediocre ya que ocupaba mi tiempo leyendo literatura y escribiendo “versos”, como casi todo adolescente.

Me tocó en el último año de bachillerato preparar la procesión de antorchas que solía celebrarse el 24 de mayo, vísperas del “primer grito de libertad” como se decía. Tuve que hacerme cargo del discurso desde los balcones del Cabildo. También tuve que encargarme de la fiesta del estudiante porque nadie quería hacerlo y me costaba trabajo no sólo escribir el guión sino que acudieran a las convocatorias para los ensayos. El cuadro más extenso y más divertido lo escribimos (yo interviniendo muy poco) juntamente con el “Negro” Patrón Uriburu (profesor del Colegio) y Manuel J. Castilla. Ellos conocían a la perfección a los personajes de los que nos burlábamos sanamente (Sirolli, Solís Pizarro, el Dr. Mendióroz...). Días después me lo encontré en la calle a Castilla y me reprochó duramente mi ingratitud por no haberle enviado al menos un par de entradas. Era tanto el trabajo para sacar aquello adelante, que se me pasó, y lo lamenté sin remedio.

¿Cómo era el Colegio Nacional en los años 40 y principios de los 50?

Traía hábitos clasistas de su época de la calle Ituzaingó que, hay que reconocerlo, se fueron amortiguando. El profesor que me escuchaba y leía lo que escribía fue Enrique García, de literatura. También lo hizo José Vicente Solá, vicerrector, y profesor de gramática castellana, quien me pidió que recitara lo que creo que es su única producción literaria, a excepción de su Diccionario de Regionalismos. Se trataba de la “Oración a la bandera” que recité en el patio del Colegio mientras se izaba el símbolo, una mañana antes de entrar a clase. Recuerdo que comenzaba: “Bandera de mi patria, bendita seas entre todos los lábaros del mundo, porque en las pletóricas bodegas de tus raudas naves, llevas el pan a todos los rincones de la tierra...”

En Colegio Nacional sienta usted las bases de una amistad imperecedera…

Bueno, en esa época conocí a mi mujer Elba Alicia Barros Panadés. Ella me acompañaba aquel día de mi discurso en los balcones del cabildo. Pero de aquellos momentos también traigo el recuerdo de un amigo leal y consecuente, Néstor Salvador Quintana, siempre en mi memoria con afecto y gratitud.

Néstor Quintana es un amigo que ha valido la pena tener. Durante los dos últimos años de bachillerato nos reuníamos a leer y escribir “versos” (del vocablo “poema” nos enteramos mucho después). Creamos nuestros pseudónimos porque suponíamos que era de rigor. Yo resucité el mío de aquella época (Narciso Lué) para firmar hoy (¡vaya paradoja!) mis trabajos de metafísica y teología.

Con Néstor, por razones distintas, dejábamos de relacionarnos por largos períodos; intereses comunes o temas de vinculación necesaria volvían a acercarnos, y nunca dejamos de ser los mismos cada vez que nos reencontrábamos. Cuando adolescentes, practicábamos deporte con otros amigos en Gimnasia y Tiro. Me comunico con él a veces por teléfono y otras por e-mail.

¿Su señora también estudiaba en Salta?

Llevando la bandera junto a Jorge Coll
Llevando la bandera junto a Jorge Coll
Conocí a mi mujer cuando estábamos concluyendo yo el bachillerato y ella el magisterio en el Colegio de Jesús. Siempre la vieron mis ojos como la niña más bella, alegre y buena amiga. El año pasado cumplimos las bodas de oro y después de más de cincuenta años juntos, lo único que ha cambiado es el tiempo, que simula moverse y destruir, pero que no puede con nosotros ni con nadie que mire desde arriba. Nos apañamos juntos para todo. Eso quiere decir que para aliviarle la tarea doméstica, hace ya tres años que cocino a diario y a veces friego los cacharros.

¿Qué recuerdos tiene de su paso por la universidad?

Terminado el bachillerato me desplacé a Córdoba a seguir mis estudios, proyecto que abandoné a los pocos meses. De regreso, busqué trabajo que conseguí como escribiente en el Poder Judicial, y me casé, que era lo que por entonces debía hacer, y lo hice.

Como funcionario público permanecí hasta que terminé mi carrera. Aprobé mi primera asignatura (Derecho Romano) en abril de 1958 en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Tucumán, y la última el 22 de diciembre de 1960 (Derecho Internacional Privado), cuando ya habían nacidos mis dos hijos. No pude asistir a una sola clase en la Universidad, de modo que conocía a mis profesores el día del examen.

Aprobé mi última asignatura juntamente con Néstor Román Calvet y la señora Tujman (Natalia). Con Martín Adolfo Diez (Abocho) preparé varias asignaturas y estábamos los dos en la misma situación: casados y con hijos. Luz María cuando estudiábamos en su casa y mi mujer cuando en la mía, nos preparaban suculentas meriendas inolvidables. Abocho fue un compañero de singular inteligencia y obstinado en su propósito. Él conserva una parte de mi vida durante la que fui feliz y alimenté una ilusión que se hizo realidad. Nunca olvidamos con mi mujer a este matrimonio amigo.

Una vez graduado hizo carrera en el Poder Judicial de Salta.

Luego de algunos meses de ejercicio profesional ingresé en el Poder Judicial como Fiscal Penal; luego ascendí a Juez en lo Correccional y finalmente a Juez de Instrucción. Y ahí terminó mi carrera judicial, cuando el interventor Spangenberg no renovó mi nombramiento. No mucho después vino lo que vino, y de Salta me queda tan sólo el recuerdo de buenos momentos.

Siendo aún estudiante ya había comenzado a publicar artículos de Filosofía del Derecho en la Revista Jurídica de la Facultad de Derecho de Tucumán. Terminada la carrera, por necesidades subsistenciales, me dediqué a escribir sobre Derecho positivo, más rentable que la filosofía, publicando en Argentina una decena de libros con la Editorial Plus Ultra.

¿Qué valoración puede hacer del funcionamiento de la justicia salteña en aquellos años?

El sistema judicial de Salta no era muy distinto al de siempre en todas partes: justicia impecable para los anónimos; clemencia para los poderosos. Firmé encarcelamientos para abogados, médicos, ingenieros y militares. Me tenían por un juez duro e inflexible, y estoy persuadido que lo fui, y mucho. Demasiados enemigos, calumnias y deseos de destruirme. Mi decencia moral, quizá mi única virtud, impidió que mis enemigos lograran sus propósitos. Jamás recibí una sola denuncia.

¿Y de la sociedad salteña en su conjunto?

Lo que puedo destacar de los primeros años de mi vida es una sociedad rígidamente estructurada, de hábitos sencillos y vida placentera, pese a todo. Se advertía la existencia de principios morales que se impartían a la gente y que la clase media los asimilaba y hacía suyos, orgullosa de ser, por ello mismo, el sostén moral de la sociedad toda. No quiero entrar a enjuiciar su contenido; me limito a dar una reseña breve de aquel entonces. Fueron tiempos bien dibujados en obras como “M´hijo el doctor” de Florencio Sánchez. Esas metas inalcanzables se convirtieron con el correr de los años en un tobogán por el que descienden todos los que lo desean. Cada cual conocía su lugar en la sociedad y allí hacía su vida, porque hasta la pobreza era una fatalidad aceptada por quienes sabían desde siempre que naciendo pobre se moría pobre.

¿Cambiaron algo las cosas durante los años sesenta?

Los años sesenta ya sabemos que se conocen como la década prodigiosa. En ella caben el mayo francés, el movimiento hippie, los Kennedy, Martin Luther King, los primeros viajes tripulados al espacio, la revolución cubana, la muerte del Che Guevara, la revolución cultural china, los balbuceos de Internet, los instrumentos electrónicos, los Beatles y sus letras psicodélicas, y la revolución social en buena parte del mundo incluyendo América Latina. Con lo sucedido en los años sesenta se puede decir que concluye la era del inmovilismo de una tradición social y la post guerra, dando paso a una nueva manera de valorar las conductas individuales. No se aparta de mi memoria cuando en mis años jóvenes se conoció el suicidio de una adolecente por haber quedado embarazada; era hermosa y deseada por todos; se mató porque no estaba dispuesta a soportar el repudio social; era lo que se llamaba en Salta “una chica de buena familia”. Hoy, lo que se lleva es la ponderación de las madres solteras que huyen del matrimonio como del aceite hirviendo. A esto se le llama “progresía”.

¿Cómo impactan en Salta todos los sucesos de la década?

En Salta, los efectos de los hechos que jalonaron la década prodigiosa en Europa y EE.UU., se hicieron notar bien poco porque siempre estuvimos demasiado lejos de todas partes, lo que tampoco es algo denigrante; tal vez sea algo deseable por sus consecuencias. No siempre es aconsejable estar en la yema del huevo.

Lo que es destacable se reduce, a mi modo de ver, al fenómeno del folklore. Salta era una provincia desconocida en Argentina. La concurrencia temporal de músicos e intérpretes originales dio un empuje singular y desde entonces Salta despertó la curiosidad de todo el país.

De una parte, un guitarrista virtuoso ponía música a los versos de un poeta solar, exhuberante, luminoso y a veces enceguecedor, y de otra parte, un poeta lunar, misterioso y extenso daba sus versos a un pianista con una creatividad y singularidad sin parangón. No fueron los únicos, pero sí los principales. La década de los sesenta fue para Salta el despertar de su centenaria siesta con una explosión cultural única. Así recuerdo yo los sesenta en Salta.

Mientras tanto, mucho golpe de Estado, mucha protesta social, culminando años después con el genocidio. He conocido y tenido trato con buena parte de esos personajes de nuestra década también prodigiosa, que elaboraron pintores, poetas, músicos e intérpretes que descollaron mas, no creo que resulte de interés salpicar esta entrevista con anécdotas personales. Lo que produjeron en Salta esos artistas, no se volverá a repetir porque la historia no se repite ni como clase ni como individualidades; a lo sumo como prototipos, que aun en tal caso será difícil. Como suele decirse: dejaron el listón muy alto.

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