Salteños destacados
El autor de esta nota biográfica del Dr. Zavaleta, el Dr. Julio Vicente Uriburu, es hijo y nieto de médicos y a su vez padre de un nuevo médico de su estirpe. Su padre y abuelo fueron salteños y él mismo vino a Salta varias veces, generalmente invitado por el Círculo Médico y núcleo de colegas de nuestra provincia donde pronunció conferencias muy celebradas.

Es miembro de la Academia Nacional de Medicina en Buenos Aires y su Boletín ha publicado numerosos trabajos suyos desde 1966, año en el que se incorporó como vocal a la Academia Nacional de Medicina, en la que desempeñó múltiples funciones como Secretario, Vicepresidente y Presidente de la Academia.

Los trabajos científicos del Dr. Uriburu han alcanzado relieve mundial y el Boletín de la Academia no sólo ha recogido sus publicaciones científicas sino también del orden literario y biográfico de eminentes médicos argentinos con quienes trabajó durante muchos años. Pronto el Dr. Uriburu ingresó a las salas de cirugía del propio Dr. Diego Zavaleta y de los Dres. Enrique y Ricardo Finochietto. Y el mismo Dr. Uriburu luego de muchos años de cirugía condujo salas de la especialidad a la que concurrieron médicos salteños.

Sus libros alcanzaron relieve internacional por traducciones al inglés, alemán, francés, ruso y también al idioma chino.

El Dr. Uriburu hizo la carrera en la Cátedra de Clínica Quirúrgica de la Universidad de Buenos Aires hasta alcanzar la titularidad de la misma por muchos años en la Facultad de Medicina de Buenos Aires. Numerosas veces fue invitado a Congresos Médicos de EE.UU., Inglaterra, Italia, España, Francia y países de América del Sur. En Salta dio cursos siempre calificados.

Diego Estanislao Zavaleta era descendiente de vascos; sus antepasados vinieron a Tucumán en 1742, donde formaron el tronco paterno, y a Salta en 1784 donde se estableció la rama materna.

Hijo mayor de Diego Zavaleta y de Mercedes Linares, nace en Salta, en 1904, Diego Estanislao.

Pasó en esa ciudad su infancia y cursó allí sus estudios primarios y secundarios. Pronto se despierta en él su vocación por la medicina y llega a Buenos Aires inscribiéndose en la Facultad en 1922.

Duros fueron los comienzos ya que contaba con escasos recursos económicos. Recibiose en 1928, cuando tenía apenas 24 años de edad.

Se ayuda con el sueldo que le proporciona el cargo de Profesor en Ciencias Biológicas en el Colegio Nacional B. Rivadavia, y con un cargo que le angustia, en un dispensario para leprosos.

Pero ya la cirugía se ha adueñado de él; entra en el servicio de Sobrecasas, del Hospital Alvear, y poco después, en 1932, consigue por concurso el ansiado puesto de Médico Interno. Casi 14 años permanecerá en este cargo, forja de cirujanos. Sus guardias le proporcionan un trabajo extenuante, que sabe sobrellevar merced a su vigor físico, espíritu de trabajo y temple heroico.

Una año –1931- marca un jalón en la carrera de Zavaleta: conoce a Ricardo Finochietto, quien ha sido designado Jefe de Servicio en el Hospital Alvear. Él y otros seis jóvenes cirujanos, constituyen el plantel de lo que será más adelante, la formidable Escuela Quirúrgica Municipal para graduados, y que dará sus frutos en el Hospital Rawson. Con los años, Zavaleta es el discípulo número uno del Jefe, y ocupa el cargo de subdirector de la Escuela.

Veinte años permanece en el Servicio de Ricardo Finochietto, hasta 1951, en el que obtiene -por concurso- la jefatura de la sala 15 del Hospital Rawson.

Aconsejado por Ricardo Finochietto, que me llamó y me dijo: "Zavaleta inicia una aventura en un territorio donde nunca estuvo. Es bueno que lleve un ladero. Ud. que es su gran amigo, vaya con él y acompáñelo". Fue así que tuve el honor que Zavaleta me llevara a su servicio, que pronto fue un centro de atracción para jóvenes cirujanos. Allí me distinguió con su amistad y me brindo sus enseñanzas. Fui su discípulo y amigo. Zavaleta era un amigo como pocos, y así supo hacerse querer por quienes se preciaron de su amistad.

Es en la Sala XV que, inspirado por las enseñanzas que antes recibiera de los hermanos Enrique y Ricardo Finochietto, y por lo que le dicta su experiencia y personalidad, creó su propia Escuela. Allí –decía Zavaleta- además de haber ejercido su profesión de la mejor manera posible, con criterio humano y científico, su gran satisfacción profesional residió en el hecho de haber contribuido a la formación de jóvenes médicos que, inclinados hacia la cirugía, se colocaron a su lado. También, decía, era su felicidad el haber trabajado con ahínco en el perfeccionamiento del postgraduado. Es que Zavaleta era un Maestro nato y se brindaba generosamente a sus discípulos.

Simultáneamente con su actuación en el Rawson, se inicia (1956) su labor en el hospital Bartolomé Churruca, siendo distinguido con el cargo de Asesor de Cirugía (1964). También allí dejó una pléyade de discípulos.

Fue uno de los últimos cirujanos "generales" a la manera de sus Maestros, los Finochietto. Podía intervenir en cualquier órgano o aparato, ninguno le estaba vedado. Para él, la cirugía no tenía secretos. Bien que le había costado largas noches en vela, disecando en la lóbrega soledad del anfiteatro y luego estudiando en su biblioteca, para verter sus conocimientos, así sólidamente adquiridos, en el paciente que se le entregaba confiado en su maestría.

Operaba a la perfección, con seguridad y técnica depurada: daba gusto verle operar y más todavía actuando como su asistente. Era incansable, podía permanecer por la mañana largas horas en el quirófano del hospital y luego seguir, con el mismo ritmo, por la tarde en la sala de operaciones del sanatorio.

Activo societario, presidió la Academia Argentina de Cirugía, El Colegio Argentino de Cirujanos, el 43º (cuadragésimo tercer) Congreso Argentino de Cirugía, y la Asociación Argentina de Cirugía. En todos ellos dejó huella de su capacidad y brillante personalidad.

En 1972 se produce un acto trascendental en la carrera de Zavaleta: se incorpora como Académico Titular en el sitial Nº 8 de la Academia Nacional de Medicina. Allí trabajó con tesón, y pronto fue llevado al Consejo, ocupando, sucesivamente, los cargos de Tesorero, Secretario General, Vicepresidente, y Presidente en 1984 y 1985; cargos que desempeñó con sabiduría y ecuanimidad.

Fue un activo escritor médico; libros y numerosos artículos lo prueban así. Se destacó también en trabajos paramédicos sobre ética, y sobre el ejercicio profesional. Hasta pocos meses antes de su muerte, permaneció en su escritorio escribiendo sus memorias (que nunca se publicaron). Allí, rodeado de la fantasmal compañía de sus amigos-libros, se deleitaba con las lecturas en las pocas horas libres que le dejaba el intenso ejercicio de su profesión. Tenía una completa biblioteca, no sólo de medicina, sino de historia, arte y literatura. Bien conocía a Letamendi aquello que, "Aquel que os dice que sólo de medicina sabe, creedme, que ni de eso sabe".

Dedicado a su cirugía, sus períodos de descanso eran breves. Gustaba entonces pasarlo en su establecimiento de "La Caldera" de su terruño nativo. Tenía allí buen ganado, y presidió la "Sociedad de Criadores Vacunos de Santa Gertudris".

Zavaleta formó su hogar con Estela Linares. Tuvieron la dicha de procrear 8 hijos, y la desgracia de perder, en accidente, uno de ellos en la flor de la juventud, hecho que lo afectó dolorosamente y del que pudo reponerse gracias a una cristiana resignación.

Fue un hombre íntegro en todo el curso de su vida; de conducta recta e intachable, tanto en su vida médica como civil, se destacan sus firmes convicciones y virtudes republicanas, por lo que no claudicó en momentos difíciles para nuestra Patria.

Su simpatía personal, su bondad, su afecto y cariño por ser el que sufre, serán recordados por todos sus pacientes y amigos.

Supo siempre vivir con dignidad, y con dignidad llevó su larga y dolorosa enfermedad final, recibiendo con entereza los Santos Sacramentos poco antes de su muerte.

De él –como de pocos- puede decirse con justicia lo que pensaba del IATROS .del médico- aquel que como nadie conoció los dioses y a los mortales, a los héroes y a los cobardes, a los sabios y a los necios: es el viejo Homero, quien, en perfecto hexámetro griego de su poema La Ilíada, dice:

"IATROS GAR ANER POLLON, ANTAXIOS ALLON"

"Pues el médico es un hombre que vale por muchos otros".

Médico de estirpe, a la vez humana y heroica, fue Zavaleta; por eso, su recuerdo permanecerá siempre vivo entre aquellos que lo conocieron, amaron y respetaron.
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