Salta en el mundo
Vista de Lorca
Vista de Lorca
En 1976, cuando la dictadura recién instalada se afanaba por ensombrecer la vida pública y privada de los argentinos, la cantautora española Mari Trini publicó en nuestro país un LP titulado "Como el rocío", en el que exaltaba algunos valores, como la libertad o la rebeldía, que incomodaban sobremanera a los censores del régimen militar.

Junto a canciones inolvidables, como "Entre la lluvia y el viento" o "La chanson des vieux amants" (la célebre composición de Jacques Brel), aquel álbum contenía una pequeña canción que pasó casi desapercibida, incluso para la mayoría de sus fans. La canción se titulaba "Olía a rocío" y era una composición que, a diferencia de la mayoría de los éxitos pasados de Mari Trini, no estaba dedicada a reflexionar sobre complejas cuestiones relacionadas con los sentimientos y las contradicciones de la condición humana, sino que era una sencilla postal de su tierra: Murcia.

Quizá porque en aquel momento quien esto escribe estaba un poco saturado del folklore salteño y de sus clásicas descripciones costumbristas, aquella pequeña canción de Mari Trini, sobriamente orquestada e interpretada sin grandes aspavientos vocales, me pareció que podía servir tranquilamente como una descripción de Salta, de sus paisajes y, más concretamente, de los encantos visibles y ocultos del Valle de Lerma salteño.


La sencillez de aquellos versos y la emocionada admiración con que la autora retrató su tierra natal me sirvió en aquel momento para revalorizar -y de qué manera- la poesía lujosa de dos de los más grandes estetas que cantaron a Salta: Manuel J. Castilla y Jaime Dávalos.

'Olía a rocío, olía a retama, aquella mi tierra valiente y callada... donde sus naranjos azahares regalan, a los caminantes cansados de alma... Olía el rocío a hierba mojada, eternas llanuras vestidas de gala, donde campanarios parecen montañas cuando el sol se esconde tras vuestras cañadas... inmensas sus dunas, que la brisa engarza, sobrias cordilleras de arena talladas...'

Aquellas referencias me transportaban imaginariamente a los azahares de la Plaza Güemes, a los soberbios campanarios de San Francisco y de nuestra Catedral, a los húmedos amaneceres cerrillanos, a las dunas de Cafayate o a las imponentes montañas de Campo Quijano.

'Tierra de contrastes, de verde esperanza, si en vez de esta pluma, pincel manejara, quizás comprendieras lo que hoy me pasa, te dibujaría su cuerpo, su cara...'

Así veía yo entonces a Salta: como a la Murcia que con su pluma pintó Mari Trini.

Hoy, después de 35 años, aquella canción me ha vuelto a emocionar, porque el parecido entre Salta y Murcia no se limita ya a los azahares, a la hierba mojada, a los campanarios, a las sobrias cordilleras o a las dunas. Desde ayer nos parecemos también en la inquietud de una tierra que, cada tanto -allí como aquí-, nos sobresalta con temblores y terremotos.

Ayer ha temblado Murcia como muchas veces ha temblado Salta en los últimos años. La tragedia no ha hecho más que darle la razón a Mari Trini -que nació y murió en Murcia- cuando dijo que la suya es "una tierra valiente y callada".

Los murcianos afrontan hoy con entereza y casi en silencio las consecuencias de un sismo devastador que se ha cobrado nueve vidas humanas y que ha echado por tierra uno de esos bellísimos campanarios que parecen montañas cuando el sol se esconde tras las cañadas.

En esta hora, los salteños -hayamos conocido o no la obra de Mari Trini- no podemos sino sentirnos solidarios con el sufrimiento de este pueblo, cuyas bellezas -quitando el Mediterráneo- siguen siendo, hoy como ayer, muy parecidas a las nuestras.
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