Identidad salteña
Bloody Mary
Bloody Mary
Simpáticos, atractivos, seductores, elegantes y educados. Así dibujan los policiales de El Tribuno a los malhechores que, a diario, protagonizan sus divertidas crónicas. Es tan intensa la fascinación que ejerce la habilidad delictiva sobre los redactores, que algunos de ellos prefieren rendirse a los encantos de cacos, prostitutas, uxoricidas, estafadores y proxenetas, que juzgar sus hazañas bajo la luz de algún código moral. La pequeña delincuencia salteña estimula impulsos literarios con la misma intensidad con que la gran delincuencia de estos pagos se empeña en permanecer al margen de las crónicas periodísticas y lejos del alcance de los jueces y fiscales. El diario no se ocupa ni de los peces gordos ni de los grandes golpes delictivos que aquellos protagonizan. Y no es porque le falte glamour, precisamente.

El único ser montruoso que existe para la sección de policiales es, probablemente, el nefando doctor H. (cuya actual dirección postal amablemente nos facilita el diario en la crónica policial), quien es retratado una y otra vez por el matutino como un degenerado integral, sin fisuras. Los demás, son todos finos timadores, del estilo de Michael Caine o David Niven, adorables transgresores como James Dean o Marlon Brando, o asesinas tan bellas como crueles, al estilo de la Kathleen Turner de "Body heat". Amables y encantadores embaucadores que ataviados de traje y corbata van dejando tras de sí el tendal de comerciantes estafados y de damas seducidas. Es curioso, pues así como tan cinematográficamente atractivos son los malvivientes, a menudo el diario se refiere a las víctimas como seres anodinos, plúmbeos o -en ciertos casos- aun más perversos que el propio ofensor.

El último grito de la moda en la crónica policial es un mix de relato de Agatha Christie con receta de doña Petrona C. de Gandulfo. Un buen ejemplo es la crónica titulada "Detienen a chileno estafador a mansalva", publicada por El Tribuno el día 25 de agosto pasado.

Se trata, probablemente, de una de las crónicas más hilarantes inscritas en la línea de humor policial punzante que sigue aquel matutino desde hace algunos años. En este relato, se detallan las andanzas de un "galán latino" (así lo califica el diario) de origen chileno. Y como no era cuestión de andar repitiendo varias veces el noble gentilicio, el redactor hubo de echar mano a metáforas tales como: "el trasandino", "hombre de allende el ande" y "compatriota de Neruda". (¿Por qué del apacible y recto Neruda y no del malvado Pinochet o del sanguinario general Contreras?, se preguntan algunos).

No debemos de olvidar que la pedagogía es también una preocupación básica de este tipo de relatos. Es por ello que debemos agradecer que el diario combata nuestra ignorancia revelándonos que los "valores sin respaldo bancario" son aquellos que recién son advertidos cuando los valores "rebotan" tras ser depositados. En otros términos, que un "cheque volador" es aquel que vuela mientras no aterriza o se estrella frente a un descubierto. También es importante que los lectores sepamos que el "Bloody Mary" que bebía el "guaso chileno" (la licencia literaria es, en este caso, nuestra) en el momento de ser aprehendido por la policía, se prepara con "vodka con jugo de tomate, sal pimienta y hielo picado". Faltaron algunos ingredientes como los toques de salsa Perrins (la auténtica Worcestershire Sauce de Lea & Perrins) o las gotas de Tabasco (la de McIlhenny, se entiende), pero igual resulta ilustrativo.

Tampoco viene mal una clase de "chilenglish" a temprana hora de la mañana. La despedida del "galán chileno" de su acompañante escandinava es digna de una escena de "Casablanca", teniendo en cuenta de que Ingrid Bergman era también sueca. Imaginemos que si a Humphrey Bogart se le hubiera ocurrido despedirse de la Bergman con las mismas palabras trilladas que usó el chileno (bye bye dear sweden), la platea hubiera estallado en una carcajada ante tan patriótico saludo. Quizá fuera el vapor del bloody mary el que impidió que el galán latino articulara una despedida más atinada como "bye bye dear swedish" o "bye bye dear swede". Al galán chileno le falló aquí el gentilicio que con tanto acierto emplearon en la crónica sus retratistas y le faltaron reflejos de romanticismo para referirse a la sueca como sweet little viking girl, beautiful Helga o cosa parecida.

Es de lamentar que la intervención de la policía haya frustrado los planes del chileno con la atribulada sueca. Ya la tenía en un hotel de lujo, la venía apalabrando en inglés y, por si fuera poco, la europea estaba un poco atontada por la ingesta de cerveza negra (hasta el punto de no darse cuenta de que a su galán lo estaban "encanando" en su presencia). ¡Claro! Los suecos, que viven en una sociedad de delincuencia cero, no entienden lo que significa el que un grupo de morochos pelicortos, con lentes de sol, aborde en una confitería a una persona y le diga aquello de "nos va a tener que acompañar". Por algún motivo, a pesar de la tensión del momento, la sueca se empeñaba en seguir sonriendo.

La inoportuna acción de la policía, en definitiva, impidió que el locuaz chileno pudiera demostrar en el centro de Salta lo que de él ya se decía en el barrio General Mosconi: que era un eficiente "palomero".
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