Homenajes
Bartolomé Mitre
Bartolomé Mitre
Al reemplazar su antiguo nombre, el de Libertad, hace ciento cuatro años esta calle comenzó a llamarse Bartolomé Mitre. Ese fue uno de los homenajes que Salta tributó al ex presidente argentino que cumplía entonces ochenta años, celebrados como un jubileo en todo el país.

Hoy, con esta conmemoración en vísperas de cumplirse un siglo de su muerte, un grupo de ciudadanos de Salta venimos a ratificar y a renovar aquel reconocimiento a su persona, a su trayectoria y a sus ideas.

Este recuerdo adquiere una significación especial pues tiene lugar en momentos en que la Argentina necesita reafirmar el estilo, los valores y las instituciones republicanas a las que Mitre consagró su vida.

La degradación de la convivencia social y de las instituciones republicanas suelen estar precedidas y acompañadas de la erosión y distorsión deliberadas de la historia, las ideas, los arquetipos y los hombres que construyeron sus cimientos.

Si evocamos aquí a Mitre no es sólo por sus importantes aportes a la arquitectura de la Argentina moderna. También lo recordamos porque sus ideas y muchas de sus palabras no yacen en amarillentas páginas, sino que resuenan con fuerza y nitidez contemporáneas.

Uno de los peligros inmediatos que afronta el país, dijo en 1864, "es el sentimiento de intolerancia política, que envenena con sus rencores el aire de la Patria, y niega el agua y el fuego al hermano disidente".

Esa intolerancia, en vez de inocular elementos de actividad y de vida, inocula principios de descomposición y de muerte, añadió Mitre, que había comido el amargo fruto de aquel árbol de la discordia.

¿A qué condujo ese enfrentamiento cainita? La respuesta está en su discurso en Chivilcoy: "En vez de cultivar la tierra, la sembrábamos de cadáveres". Habíamos hecho de nuestro suelo "un campo de batalla, en que nos empobrecíamos al mismo tiempo que nos matábamos".

En aquel país desgarrado había que elegir entre el sometimiento, la muerte o el destierro. "Pertenezco al partido de los proscritos", dijo. "Siempre estaré al lado de los desterrados del banquete de la libertad", añadió este argentino que siendo joven y perseguido por sus ideas liberales, buscó refugio en Uruguay, Bolivia, Perú y Chile.

Mitre pensaba que a ese impulso negativo y destructivo había que contraponer otro positivo y creativo, capaz de reunir todas las ideas, las energías y las voluntades argentinas hacia un fin común. En la Argentina intolerante, quien discrepa es "un traidor".

"La mejor política será aquella que menos nos divida, y la mejor forma de gobierno será la que concilie el hecho existente con el derecho", explicó. También será aquella capaz de armonizar continuidad con cambio y conservación de lo bueno con transformación.

En 1866 advirtió sobre los peligros de los excesos de gobiernos arbitrarios que apelan a "facultades extraordinarias" para garantizar el despliegue de "personalismos egoístas" y vitalicios, cuya única ley es su propia voluntad puesta al servicio de "la satisfacción de apetitos sórdidos". Mitre denunció la corrupción y el fraude electoral que estaban minando y poniendo en riesgo los logros alcanzados por la Argentina en las últimas décadas del siglo XIX. "La peor de las votaciones legales vale más que la mejor revolución", sentenció.

Tenía en claro que antes que abatir las instituciones republicanas, derogando o sometiendo la Constitución a continuas reformas, había que respetar y perfeccionar ambas. Una Constitución, advirtió, "no es cosa que se pueda andar variando todos los días".

Ese rechazo de Mitre al personalismo y caudillismo que tanto daño hicieron al país, no fue retórico. Prueba de ello es que no designó amigos como ministros de la Corte Suprema de Justicia, sino a juristas independientes del poder político.

Es necesario, enfatizó Mitre, que los ciudadanos ejerzan su libertad para impedir que aquellos que tengan transitoriamente el poder se conviertan en "dueños de las libertades de los argentinos". Para ello es preciso equilibrar, controlar y limitar el poder de los gobiernos.

"Todo hombre tiene derecho a la justicia y a la libertad", enfatizó, consciente de que la ausencia de seguridad jurídica coloca la vida y los bienes de los ciudadanos en manos de un poder arbitrario y vengativo.

Antes de terminar su mandato presidencial, en su último mensaje a la Asamblea Legislativa en mayo de 1868, advirtió que por primera vez en nuestra corta y convulsionada historia se efectuaba "la trasmisión íntegra, pacífica y legal del mando supremo".

Entrego, dijo, una Nación unida "regida por una sola ley, con medios propios y eficaces para obrar el bien y remover los obstáculos que se opongan a su legítimo y benéfico ejercicio".

El 12 de octubre de 1868, al colocar la banda presidencial a Sarmiento, en un ejemplo de republicanismo extraño a nuestras prácticas políticas recientes, dirigiéndose a su sucesor Mitre dijo: "Que el cielo colme de bendiciones su periodo constitucional".

Ciento treinta y siete años después, la Argentina de hoy muestra síntomas de fatiga y enfermedad provocadas por la reaparición de la cotidiana costumbre de restaurar antiguas querellas y de atizar nuevas discordias.

Se nos quiere hacer creer que nuestro pasado y nuestro presente son sólo un enorme campo sembrado de enconos, rencores e intolerancias. Condenando los principios liberales se intenta enmascarar la apología del autoritarismo y el odio a la libertad.

Se pretende inculcarnos que la política es una pugna irreconciliable entre "amigos y enemigos", donde todo se reduce a un conflicto no sujeto a límites ni a normas, despojado de valores y a través del cual se busca un poder cuya finalidad no es el bien común sino el lucro de quienes detentan el poder. Se insinúa o se dice que estamos condenados a enfrentarnos en dos países incompatibles y mutuamente excluyentes y que, para que la Argentina se realice, es necesario que uno de esos dos países niegue, suprima y extermine al otro.

Estamos asistiendo a una nueva manipulación de la visión de nuestra historia escrita, la que se utiliza como arma arrojadiza e instrumento de discordia. Otra vez se intenta usar la historia para "organizar intelectualmente el odio".

Como muchos argentinos de su generación, Mitre fue un hombre múltiple que prodigó sus talentos en un país donde casi todo estaba por hacer: primer presidente de la Argentina unificada, legislador, impulsor de nuestros Códigos, gobernador de Buenos Aires; diplomático, militar, historiador y periodista convencido defensor de la libertad de prensa.

Hijo de su esfuerzo, ciudadano austero, ("no dirán que he sido una carga pública para mi país", dijo), dotado de gran disciplina, temple moral y rigor intelectual, su acción y pensamiento colocaron las bases de la Argentina moderna fundada en el respeto a la ley, cuya vigencia y estabilidad perduró casi 80 años.

Para Mitre, el respeto a la Constitución no era moneda de canje ni entraba dentro ese peligroso campo del relativismo en el que algunos prometen acatarla mientras convenga a sus intereses, pero que amenazan con desvirtuarla e, incluso, con violarla cuando se convierta en traba que los amenace. "Si el atentado contra la Constitución viniera de las regiones populares, estaríamos con los gobiernos que la defendiesen. Si la violación o el abuso viniese de las regiones del poder, estaríamos contra los autores de los abusos", expresó sin ambigüedades.

En esta frase puede sintetizarse el programa de regeneración de la virtud cívica que Mitre propuso al país en 1870. Casi un siglo y medio después, quizás ese mismo enunciado constituya el punto de partida y la condición necesaria para construir una sólida plataforma democrática que permita emprender la impostergable tarea de la regeneración argentina del siglo XXI.

Discurso pronunciado por el historiador Gregorio Caro Figueroa durante el acto de homenaje a Bartolomé Mitre, en Salta, en ocasión de conmemorarse el centenario del fallecimiento del ilustre hombre público argentino.
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