Homenajes
A finales de 1995 y en coincidencia con el décimo aniversario del fallecimiento del Dr. J. Armando Caro, su hijo -el escritor Gregorio Caro Figueroa- decidió publicar, a modo de homenaje a su padre, la transcripción de una serie de conversaciones que el Dr. Caro mantuvo con la socióloga Bibiana del Bruto, que fueron registradas en una cinta magnetofónica. En aquellas conversaciones, a pedido de su interlocutora, el Dr. Caro recuerda sus orígenes, su infancia, su familia y su formación humana y política, en una rápida reseña de acontecimientos que efectuara con el solo auxilio de su memoria.

La transcripción de la cinta es fiel y sólo se han introducido en ella mínimas correcciones en la puntuación. Es oportuno recordar los recuerdos aquí transcritos abarcan solamente el periodo que corre entre los años 1910 y 1942. A partir de este último año, el Dr. Caro desarrolló una intensa actividad política en su provincia, en su país y en extranjero, que no se encuentra reseñada en este documento. A pesar de ello, nos gustaría destacar que entre los años 1947 y 1949, el Dr. Caro fue electo por sufragio popular y directo para el cargo de senador por el Departamento de Iruya, representado igualmente a Iruya en la Convención Provincial que sancionó la Constitución de 1949.

El 29 de diciembre se cumplen diez años de la muerte de mi padre. En un primer impulso pensé que hacer una semblanza suya sería mi modo de recordarlo. Luego me surgió con claridad que le debía, entre tantas cosas, un mejor homenaje: rescatar sus propios recuerdos. A comienzos de 1983 la socióloga Bibiana del Bruto grabó con él varias horas de conversación. Su intención era volcar estos testimonios en un libro sobre los dirigentes históricos del peronismo del interior. Mi padre murió, Bibiana se perdió en el ajetreo porteño y aquella grabación también. Hace un par de años, un amigo, Mario Casalla, nos trajo noticias de Bibiana: "Tiene las cintas, quiere entregárselas a los hijos de Armando". Lo que entrego aquí es un resumen, incompleto, de la vida de mi padre contada por él mismo entre 1910 y 1942. Junto a otros, este testimonio, pone en mis manos la materia prima para emprender este libro sobre su vida que le adeudo. Lucía Solís, mi mujer, aportó la transcripción de estas palabras de mi padre. La versión fiel a ellas, es mía. (Gregorio A. Caro Figueroa).

Nací en Cerrillos, donde mi padre era maestro de escuela, el 29 de septiembre de 1910. Fui el quinto hijo en una familia de once. Apadrinaron mi bautismo, el 23 abril de 1911, Delfín Leguizamón, dos veces gobernador de Salta y doña Blanca Ruiz Merino. El nuestro era un austero hogar de clase media provinciana que vivía sin penurias pero también sin abundancias. Las fotos de familia de la época daban cuenta, con decoro, de aquella estrechez que muchas veces se hacía pobreza. Nuestros padres nos inculcaron el sentido del esfuerzo y la honestidad, estimulándonos a abrirnos camino en la vida con ellos y con el estudio.

Viví en una casa laboriosa. Mi padre, Gregorio, fue maestro fundador de la Escuela de Artes y Oficios y daba algunas clases particulares. En una de esas clases conoció a María Ana Santoro, mi madre, una jovencita que venía de Italia y a la que enseñó el idioma castellano. Ella llegó a Buenos Aires, creo que en 1890, en un barco de primera clase, con su madre y su hermana Luisa, cuando tendría diez años. A ellas las trajo aquí un tío, Antonio Santoro, quien las confió al cuidado del hermano de su madre, don Generoso Tartaglia, un cura. Mi abuela, Manuela Tartaglia, había quedado viuda: su marido murió en un lance caballeresco. Después de ese episodio, que las severas pautas de mi tío cura consideraban afrentoso, la familia decidió que mi madre y su hermana Luisa por un tiempo tomaran distancia de aquel trágico episodio. Tiempo después mi abuela Manuela, tras un turbulento viaje donde tuvieron que darle varias veces la Extremaunción, vino de Italia a reencontrarse con sus hijas.

Mis padres se casaron, siendo muy jóvenes, en el Curato Rectoral de Salta el 18 de enero de 1899. La ceremonia se hizo un día después de que ella cumpliera 20 años. El 9 de enero del año siguiente nació el primer hijo, Alberto Francisco, que fue médico, legislador y ministro de Acción Social y Salud Pública del gobierno de Carlos Xamena. También en esos primeros días del siglo, más precisamente el 1 de enero de 1900, don Generoso Tartaglia se hace cargo de la Parroquia de San Carlos. Según cuenta Reyes Gajardo, los sancarleños recibieron con regocijo la llegada de nuestro tío y cantaron: "Sancarleños nos gloriemos; el Mesías nuevo ha venido, llenándolo de favores a nuestro pueblo querido".

Mis recuerdos de la infancia se remontan a cuando tenía cinco años y fui testigo en junio de 1915 del nacimiento en la ciudad de Salta de uno de mis hermanos, Carlos Augusto, actualmente general en retiro. De mis ocho años recuerdo con nitidez cuando se conoció en Salta la firma del Armisticio de la Primera Guerra Mundial, hubo una gran algazara en los círculos aliados locales. A los diez u once años era yo un muchacho lleno de inquietudes y de curiosidad por el mundo que me rodeaba. A esa edad produje mi primer corto circuito intentando arreglar la instalación eléctrica de mi casa.

Poco después hice mis primeras experiencias en cinematografía; quería fabricar una maquinita de proyectar cine; traveseaba con pilas y otras cosas por el estilo. Fui muy renuente a concurrir a la escuela. Ocasionaba mucho trabajo, especialmente a mi madre, que era la que me gobernaba y me daba unos cocachos hermosos. Creo que en 1918 nos trasladamos a una casa vecina a la Escuela Urquiza, en la calle Alsina 116 (hoy Zuviría). Entonces la cosa fue más fácil, por la vecindad con esta escuela en la que estudié‚ y en donde fui después buen alumno hasta 1920. Para que yo pudiera recuperar el tiempo perdido, mi padre me preparó para "saltar" dos grados: segundo superior y tercero inferior. Rendí con éxito en la Escuela Normal. El cambio fue muy brusco. De chico precoz de los primeros grados pasé a chico bastante confundido con el nuevo régimen de estudio que incluía Física o Ciencias Naturales, aunque ellas me atraían porque me vinculaban al mundo. Me gustaba leer, hacer preguntas indiscretas. No me llevaba bien con Historia. Pero lo que jamás pude aprender fueron las Matemáticas. Lo único que aprendí es a sumar y a multiplicar: sumé hijos y multipliqué votos. Dividir y restar jamás pude, al extremo de que ahora tengo una pequeña calculadora electrónica para hacer estas operaciones.

En 1918 soportamos una gran epidemia de gripe. La casa era un hospital. Todos cayeron en cama, excepto mi madre y yo, que buscaba al médico y compraba los remedios. Los traslados de mi padre nos obligaban a cambiar de casa. Vivimos en Coronel Moldes, en Cerrillos y después volvimos para quedarnos en la ciudad. Luego vivimos en una casa de la calle Mitre 821, frente al Seminario Conciliar, en donde yo hacía de monaguillo, ayudando a decir misa en latín. A instancias de mi abuela, estuve a punto de ser cura, a lo que mi tío, que lo era, se opuso.

En nuestra casa, de libros y trajines, se hacía de todo: comidas, costuras, dulces o cremas para los helados. Mi madre nos equipaba: cosía la ropa interior, las camisas y hasta los trajes. Cuando me fui a estudiar a La Plata, ella me hizo el colchón para la pensión. Luego tuvimos dos pianos. Tocaban mis hermanas con las partituras que mandaba Generoso, el tío cura que estaba en Rosario.

En ese tiempo no había radio, de modo que los primeros tangos, como Mi Noche Triste, lo escuché interpretado por Angélica, una de mis hermanas. Como éramos pobres era muy difícil ir al cine. Para poder entrar al biógrafo, como se decía entonces a las salas, ayudaba a repartir los programas a cambio de una entrada gratis. Lo mismo pasaba con los circos que llegaban a la ciudad. Una vez fui a la estación a ayudar a bajar la jaula de los leones, con lo que logré entrar al espectáculo. Mis recuerdos se van haciendo más claros cuando me ubico en 1920 y soy testigo de la campaña electoral y de las elecciones que llevaron al gobierno al doctor Joaquín Castellanos, al que apoyó mi hermano Alberto.

En 1923 ocurre un acontecimiento importante en mi vida: llega la radio a Salta. Desde entonces y hasta ahora la radio ha signado toda mi vida. Entendí que ella nos ponía en las manos un formidable medio para que unos hombres pudiéramos comunicarnos con otros hombres. Por esos años también conocí la pobreza sórdida de los conventillos. Cuando vivimos cerca de la Escuela Urquiza, en frente de casa había un conventillo poblado por inmigrantes sicilianos y calabreses. Eran muy pobres pero muy trabajadores, por lo que pudieron abrirse paso. En aquel conventillo ví la pobreza de cerca. De ahí nace mi vocación por la justicia y, llevado por ella, decidí estudiar abogacía. Pero el tiempo y la experiencia me persuadieron de que la justicia no se administra en tribunales, sino que hay que luchar por la Justicia, que es otra cosa.

Es justo que un padre de familia se atrase dos meses en pagar los alquileres porque no tiene con que pagar, o pagando priva de alimento a sus hijos. Es justo que el propietario de esa casa inicie acciones para desalojarlo. Todo eso es justo, pero no es la justicia que uno anhela. Esa Justicia consiste en que todo el mundo pueda pagar el alquiler de su casa, o tenerla, y que el dueño de la casa también cobre. Eso es lo que me llevó a mí a la política. Habiendo dado los primeros pasos en mi profesión, advertí que no podía saciar mis ansias de Justicia litigando en los tribunales. Creí que la política y no los tribunales era el terreno donde yo debía luchar.

Me di cuenta de que la Justicia está en las grandes transformaciones que permiten que los hombres puedan vivir en plenitud. El hombre necesita tener garantizada no sólo su seguridad sino también su libertad. Este es el eterno conflicto entre el individuo y la sociedad, entre el hombre y el Estado.

Si por un lado el hombre es un sujeto de necesidades que requiere de su esfuerzo, de su trabajo para subsistir como un ente animal, por el otro, tiene un alma y un espíritu que también tiene que nutrir. El problema no es sólo cómo conquistar la lucha por la vida, sino como vivir la vida conquistada por la lucha. Antes de recibirme de bachiller en el Colegio Nacional hice mis primeros escarceos por la política, durante la campaña electoral que culminó con la elección como gobernador de Julio Cornejo, padre de mi amigo Juan Carlos Cornejo Linares y luego la reelección de Hipólito Yrigoyen. Siempre fui yrigoyenista y por defender aquella causa recibí los primeros garrotazos de la policía brava que arremetía contra los manifestantes callejeros.

Recuerdo que en la elección de diputados nacionales de marzo de 1930, entonces yo cursaba el quinto año y era secretario del Centro de Estudiantes Secundarios de Salta. Voté por primera vez. Lo hice por la boleta radical triunfante que postulaba a José María Decavi y a Ernesto F. Bavio. Aquel triunfo fue efímero. El golpe militar encabezado por el salteño general Uriburu produjo algo más que una una gravísima fractura de la continuidad institucional. Como ocurriría en los futuros golpes de Estado, este de 1930 se metió en nuestra vida familiar sin pedir permiso. Mi papá, que tenía dos puestitos de maestro, fue cesado de inmediato. Se quedó para sostener la familia con un solo magro ingreso de maestro en los cuarteles. En ese momento mis hermanos Alberto y Sarita estaban estudiando en Buenos Aires. Sarita, que en 1925 fue una de las primeras mujeres que egresaron del Colegio Nacional, fue sola a estudiar Filosofía y Letras. ¿Se imaginan que a mediados de la década de 1920 a una mujer joven y salteña emprendiera semejante camino? Ella lo hizo, aunque después, por una serie de problemas, tuvo que resignar su vocación por las humanidades, pasando a Córdoba donde estudió Odontología y se graduó. Pronto abrió su consultorio en Salta, y entonces y siempre, en mis crisis, fue ella un gran sostén material y espiritual.

Soportamos los embates de la adversidad y pudimos salir a flote. Siempre tuvimos un gran sentido de la solidaridad familiar. Mis otras tres hermanas, Angélica, Alcira y Amelia, fueron maestras y pronto comenzaron a luchar para apuntalar la casa y ayudar para que los hermanos varones pudiéramos estudiar. En 1931 decido estudiar Derecho y me voy a Córdoba. Viajé en el tren nocturno, que hacía escala en Tucumán, con aquel colchoncito a cuestas.

En Córdoba tenía que encontrarme con dos entrañables amigos: Mario Collados Storni y Michel Fortunato Chagra. Llevaba, además, una carta de mi mamá para una hermana del general Vélez, doña Clarisa Vélez de López. Mi primer domicilio allí fue en la calle Colón 636. Tiempo después mi hermano Raúl fue a estudiar a Córdoba.

Pese a los trastornos provocados por la situación política y la clausura de la Universidad, ese año logro rendir dos materias. Yo conseguí allí un puestito en el Consejo de Educación pero me echaron al poco tiempo. En 1932 no rendí; en 1933 me enfermo, intento rendir, me quedo mudo frente al tribunal examinador y, avergonzado, no volví más a la Facultad. A partir de 1934 y 1935 comienzan a ingresar a la Universidad algunos salteños mucho más jóvenes que yo. En esos años me dediqué intensamente a la radio. En 1936 estuve también en Rosario. Yo estaba como paralizado, hasta que en febrero de 1937 ocurre un hecho muy doloroso que cambiará el curso de mi vida.

Aquel verano murió mi pobre viejo. Tenía apenas 55 años. Debe de haber tenido un cáncer en la garganta porque fue quedándose sin voz. En este tiempo no se diagnosticaba nada. Eso es lo que opina ahora mi hermano Raúl, que es médico. Mi madre, que era muy sagaz, me dijo: "Mirá hijito, vos no estás estudiando. Engañaste a tu pobre padre. Ahora es la oportunidad para que reacciones. No sigas en Córdoba donde hiciste un modo de vida que tenés que abandonar". Cargado de culpa, le confesé que en cinco años sólo había aprobado dos materias. Entonces le contesté: "Me voy a La Plata".

Llegué a La Plata una tarde de otoño, brumosa, llena de viento. Pensé que no me adaptaría a esa ciudad viniendo de Córdoba, que todavía conservaba sus aires provincianos. Rendí mi primer examen de forma magnífica. Eso me alentó mucho. Me despojé de la petulancia de creerme un superhombre y comprendí que para seguir adelante tenía que estudiar, dejar de macanear y asentar mis posaderas con los libros por delante. En pocos meses rendí catorce materias.

Pero luego de este primer impulso otra vez comencé a retrancarme. Me metí de lleno en la política universitaria y descuidé los estudios. En 1938 comienzo esa carrera como vocal del Centro de Estudiantes de Derecho; en 1939 me eligen delegado a la Primera Convención de Estudiantes Universitarios que se reúne en Buenos Aires. Entre 1940 y 1941 soy vicepresidente de ese Centro y, elegido por sufragio, llego a la presidencia de la Federación Universitaria de La Plata.

En 1941 presidí el Cabildo Abierto contra el Fraude. Eran los tiempos del "fraude patriótico". Luego presidí el Centro de Estudiantes y fui miembro de la mesa de la Federación Universitaria Argentina. Me enrolé en la Unión Universitaria Intransigente en donde actuaron Francisco Capelli, Miguel López Francés, Ricardo y Mario Lavalle, José María Guido, Osvaldo Hugo Mascaro, César Mariano Lagos y John William Cooke.

En esa época traté de cerca a Alfredo Palacios, Pedro Henríquez Ureña, Juan José Arevalo, a los apristas peruanos más relevantes después de Haya de la Torre: Andrés Townsend Ezcurra y Luis Alberto Sánchez. También a algunos de los republicanos españoles exiliados como el gran penalista Luis Jiménez de Asúa, Ángel Osorio y Gallardo, el ex presidente de la república española Niceto Alcalá Zamora y Castillo, el poeta Rafael Alberti y su mujer María Teresa León. Fui alumno de Jimenez de Asúa en el Instituto de Altos Estudios Jurídicos. Invitamos a Alberti y a su mujer a dar conferencias en nuestro Centro.

También conocí, aunque nunca me adherí formalmente a FORJA, a Raúl Scalabrini Ortiz, a Arturo Jauretche, a Gabriel del Mazo. Traté a Oyhanarte, a Celestino Gelsi, a Alconada Aramburú y a Cueto Rúa. Yo seguía siendo radical yrigoyenista y prefería mantenerme, pese a mis reservas sobre la conducción nacional antipersonalista, dentro de la estructura legal de la UCR. Tantas o más discrepancias tenía con la conducción del radicalismo en Salta que comenzó a inclinarse por la candidatura de Robustiano Patrón Costas. Sólo dos delegados salteños yrigoyenistas, el doctor Francisco Javier Arias y yo, denunciamos el arreglo de los radicales antipersonalistas con Patrón Costas. De esto daré detalles luego. En 1942, siendo todavía estudiante, me eligieron como delegado por Salta a la Convención Nacional de la UCR. Supongo que me llevaron como delegado porque los dirigentes mas veteranos habían bajado la guardia y mandaban más bien a los muchachos, y porque yo, al residir en La Plata, no tendría problemas y gastos para ir a Buenos Aires.

Yo me recibo en septiembre de 1942 y vuelvo a Salta. Desde hacía seis años, en 1936, estaba de novio con María Elena Figueroa, ahora mi mujer, con la que tuvimos ocho hijos. Su padre, don Abelardo Figueroa y Figueroa, también maestro, trabajó con el mío en los cuarteles. Meses después de regresar, nos casamos, alquilamos la modesta casa de la calle Deán Funes 418, donde nacieron todos nuestros hijos.

¿En qué momento y qué consideraciones no sólo políticas sino también éticas me alejaron del radicalismo y me acercaron al naciente peronismo? Aquel no fue un salto dictado por el oportunismo: para mi fue una ruptura dolorosa pues significó alejarme de amigos con los que seguí conservando buenas relaciones. Yo me formé en el radicalismo siguiendo ciertos arquetipos, como la conducta insobornable del viejo Yrigoyen. Esa fue mi escuela. Allí aprendí la esencia y el valor de la democracia, como diría Kelsen. Comprendí la importancia que tiene en la política la formación cívica.

Procuré ajustar mi vida a unos principios que considero irrenunciables. Fueron las circunstancias y no mi audacia o mi ambición lo que me llevó a los primeros planos, no sólo en las maduras sino mucho más en las duras. Soy un hombre de humilde origen, sin fortuna, hecho a fuerza de grandes sacrificios y en el ejercicio de ciertas virtudes cardinales. Una de ellas: la honradez en la función pública.

La honradez material de no quedarse con lo ajeno y la honradez de pensamiento, es decir, el obrar de acuerdo al dictado de la propia conciencia, sujeto a ciertas normas morales que deben ser inflexibles en todo hombre de bien. Creo haber sido modesto. Cedí lugares, no me afané por acapararlos. Siempre sentí un profundo rechazo por los halagos y las alabanzas. Tal vez haya sido un hombre común al que le tocó vivir y afrontar situaciones excepcionales. Siempre me rebelé contra la injusticia, el autoritarismo y la intolerancia de cualquier signo. No he sido un santo laico, simplemente traté de ser un hombre, lo que no es poco.
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