Homenajes
El empanadero Chávez
El empanadero Chávez
Calificar al Cerrillos semiurbano de los años 70 y 80 como ‘pedestre’ conlleva ciertos riesgos que están relacionados con la polisemia del adjetivo utilizado. Porque es sabido que en nuestra lengua ‘pedestre’ significa ‘que anda a pie’ pero también es sinónimo de llano, vulgar, inculto y bajo.

Nada más lejos de mi intención que utilizar esta segunda acepción peyorativa que nos ofrece el diccionario para describir a un pueblo tan entrañable. Porque su carácter pedestre no está –ni mucho menos- relacionado con la vulgaridad, sino más bien con el carácter andariego de algunos sus pintorescos habitantes, que supieron transitar sus calles de forma algo peculiar.

Personajes de la fauna urbana

Hasta que la bonanza tabacalera permitió a unos cuantos productores de origen hispano hacerse con potentes y relucientes camionetas, sólo las bicicletas y los tractores disputaban a los caminantes un lugar en el apacible paisaje urbano. En alguna otra ocasión me ocuparé con mayor detenimiento de los ciclistas y tractoristas, porque es imposible olvidar al esforzado albañil Brinco y a sus diarias y puntuales travesías en bicicleta desde Cerrillos hasta el bajo chico de Salta, así como a la dueña de un antiguo supermercado, que solía enancarse sobre el filo del guardabarros de un tractor, cuyas vibraciones –se decía- le proporcionaban una inocultable satisfacción erótica.

Al lado de estos personajes y mezclados con ellos, había algunos cuantos caminantes empedernidos de cuyos andares aun hoy queda un testimonio indeleble. Personajes extraños e inabordables como el famoso ‘correcaminos’, un hombre joven afectado de algún tipo de espasticidad o de parálisis cerebral, que aprovechaba las primeras sombras de la noche para lanzarse a toda carrera por la ruta en plan demencial. Las del ‘correcaminos’ eran auténticas maratones suicidas, porque aquel hombre circulaba por la misma cinta asfáltica y sólo Dios sabe si su objetivo no era precisamente el de terminar sus días debajo de las ruedas del Luis B. Chávez.

Otro personaje realmente extraño era una mujer desaliñada que corría desnuda desde las cercanías del camino a Rosario hasta la zona del matadero, adonde se supone que vivía. Lo curioso es que el espectáculo de ‘public nudity’ solía terminar muy mal para los fisgones, pues aquella mujer de apariencia cavernaria no dudaba en atacar con certeras pedradas a quienes osaran mirarla o dirigirle algún improperio.

Desde luego, había más transeúntes célebres. Son igualmente inolvidables la ambigua pero fina elegancia de Saiquita o las cimbreantes formas de Rosa, ‘la Difunta Correa’, apodo con que se conocía a una vecina de Palo Marcao, a quien la maledicencia le adjudicaba romances simultáneos con varios camioneros del lugar.

Chávez, el empanadero

Pero el propósito de estas líneas es recordar a un auténtico héroe civil cerrillano que hizo de las caminatas por el pueblo un conmovedor canto a la perseverancia. Me refiero al empanadero Chávez que durante un cuarto de siglo, por lo menos, recorrió aquellas centenarias calles derrochando humildad y dando maravillosos ejemplos de sacrificio en un medio en el que la llamada ‘cultura del trabajo’ sólo puede calificarse de ‘asimétrica’.

Chávez era un señor bajito, de tez blanca, rostro de luna llena, piernas torcidas y bigote perennemente incipiente. Vestía invariablemente delantal corto de color blanco o celeste, pantalón gris e iba tocado con sombrero de jipi japa. De su brazo izquierdo colgaba siempre un canasto de mimbre de dimensiones apreciables, cuyo contenido protegía con unos paños cuadriculados y unos plásticos que ayudaban a mantener el calor. Tan suya era la estampa de Chávez que era casi imposible reconocerlo vestido de civil, como fácil era advertir su presencia, aun a varios cientos de metros, cuando portaba todo su equipo.

La rutina de aquel hombre era caminarse diariamente toda la extensión del pueblo, de sur a norte y de norte a sur. Por las mañanas solía llevar en su canasto empanadas al horno, porciones de pizza o papas con queso y por las tardes bollos y pan dulce. Todos los que lo conocíamos y nos beneficiábamos de sus servicios suponíamos que detrás del ‘delivery’ de Chávez se ocultaba la figura de una esforzada mujer que día y noche amasaba los manjares que luego nuestro infatigable caminante distribuía. Jamás supimos si se trataba de su madre, de su esposa o de una malvada patrona que sometía al hombre a extenuantes jornadas de labor.

Chávez, el empanadero, no se prodigaba en discursos. Su estrategia de ‘fidelización del cliente’, como se dice ahora, estaba basada en el silencio y en el respeto. Su trato era igual de humilde y servicial tanto con el modesto peón del tabaco como con el soberbio finquero que lo explotaba. Su misión era volver a casa con el canasto vacío y el bolsillo lleno y por ello no ejercía de profeta, de analista político o de relé del chismorreo. Manejaba las finanzas con discreción y se esmeraba en dar vueltos bien contados y con billetes en buen estado. Además, su ‘teatro de operaciones’ era la calle y el cordón de la vereda su ‘punto de venta’. Quiero decir que Chávez no era un vendedor ambulante recurrente o invasivo, de aquellos que gustan de avanzar sobre la intimidad de los hogares.

Las empanadas de Chávez no eran, seguramente, las mejores del mundo pero eran confiables y puntuales. Fue precisamente mi temprana afición a sus empanadas la que me puso en contacto por primera vez con la maldad humana en estado puro. Sucedió cuando tenía yo unos diez años y acompañaba a mi padre a unas interminables sobremesas con unos vecinos carnavaleros que teníamos y que, por supuesto, también vendían empanadas. Bastó un inocente comentario mío sobre las de Chávez, para que la mujer del vecino, una fogosa empresaria del divertimento, se despachase con una feroz aunque infundada diatriba contra la higiene del hombrecillo y de su negocio de empanadas. No recordaré aquí sus palabras porque además de crueles y desproporcionadas aún hoy resuenan en mi memoria como un eco malévolo y perverso. Solo sé que a partir de aquel malintencionado comentario, mi simpatía por el humilde empanadero se multiplicó por mil y así lo atestiguan los dieciocho años siguientes en los que fui su cliente.

Su cordialidad y buen trato se mantuvieron casi inalterables aun cuando, ya mayor, le vimos portando una cinta negra en la manga de su raído delantal. Mantuvo luto riguroso durante años. Jamás supimos a quién habría perdido. Sólo supimos que el hombre, profundamente entristecido, se había confundido con su sombra y donde ayer caminaba con paso cansino hoy parecía vagar sin rumbo, asido a su canasto de mimbre, por unas calles que ya no le reconocían.

Un mal día me lo encontré tirado junto a la vereda de la fastuosa residencia que fuera de doña Martina Güemes de Figueroa. No vestía su uniforme y me costó reconocerlo sin su característico sombrero. Machadito, Chávez había perdido pie y su redonda y desploblada cabeza había impactado contra el suelo. Lo monté como pude en mi coche y lo llevé al hospital para que le curaran la brecha abierta en el cráneo. Recuerdo que me agradeció con la misma sobriedad y humildad con que me ofrecía la “yapita” de las empanadas que le compraba. Sus heridas no eran graves y se recuperaría de ellas. Pero ya nunca más supe de él.

Algunos años más tarde alguien me contó, casi al pasar, que había muerto. Hoy, recordando sus interminables caminatas no puedo evitar emocionarme y pensar que el haberle conocido me ha dejado dos lecciones que jamás olvidaré: que la honradez y la humildad de las personas es el mejor escudo contra la maldad humana y que la sencillez y el recato personales son también proyectos de vida respetables, incluso en una sociedad que, como la nuestra, se empeña en premiar la ambición desmedida, la soberbia y la obscenidad del poder omnímodo.

Gracias señor Chávez por enseñarme el valor de dos acciones que hoy enriquecen mi vida: caminar y callar.
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