Homenajes
María Martorell
María Martorell
Menuda y ágil, vestida con sencillez, elegancia y gracia, peinada con aire naturalmente juvenil, María Martorrell nos recibe en su confortable estudio de Pasaje Rivarola, en el antiguo barrio porteño de La Piedad. Comentamos brevemente la belleza de ese rincón urbano semiolvidado; ella nos muestra desde su balcón algunos detalles de los edificios cercanos y lamenta el descuido de los vecinos y autoridades que van dejando deteriorar ese conjunto arquitectónico privilegiado. Al buen gusto del lugar se suma una ventaja casi provinciana: como es una "cortada", nos explica, hay un clima de mayor proximidad entre la gente, lo que es poco frecuente en esta abigarrada y vertiginosa ciudad.

La cordialidad de María nos hace sentir cómodos de inmediato. La encontramos dispuesta al diálogo, generosa, modesta y sin prevenciones. Habla con evidente sinceridad. La vivacidad de sus ojos celestes acompaña esa inteligencia que va revelando en sus observaciones y sus juicios. Alimenta nuestro apetito de saberlo todo sobre ella.

"Nací en un lugar muy estratégico, sobre la calle España cerca del negocio de mi padre. El era José Vidal, gallego bien gallego que vino a los 15 años y se hizo más salteño que nadie. Aquí formó su familia. Estudié dos años en el Colegio de Jesús donde ya comencé, a los cinco años, a dibujar con carbonilla. Luego pasé al Colegio del Huerto en el que terminé la primaria. Tomaba clases de dibujo basadas principalmente en el copiado; no es una buena forma de aprender, por cierto, pero no se podía pedir mejor en esa época en Salta. Ahora ya no es así.

"Aunque no quería dejar a las monjas tuve que hacerlo porque entonces no tenían el ciclo secundario. Lo hice en la Escuela Normal. De esa época recuerdo siempre al profesor Ricardo López; enseñaba dos materias que siempre me apasionaron: literatura e historia. Lo evoco como un gran profesor, un hombre muy culto, de una cultura universal, como debe ser la cultura, que supo despertar en mí algo que valoro en extremo: la inquietud por la lectura".

Preguntamos por los paisajes de la infancia y juventud. La respuesta deja al descubierto un perdurable enamoramiento. "Me he criado en San Lorenzo, lugar que mi padre amaba con un cariño que heredamos sus hijos. Los paisajes que he pintado son los de sus alrededores y allí vuelvo a pasar tres mesas cada año. Conservo mi viejo estudio, aunque más bien como una exposición, porque no tengo allí mis materiales. Soy una enamorada de ese rincón..."

Comienzos con Scotti

¿Y cómo fue que despertó su vocación dormida? En la tranquila Salta de los ’40, María había formado ya su hogar y dibujaba sin darle a ese gusto un cauce más serio. Supo que el pintor Ernesto Scotti llegaría a Salta y pensó que sería uno más de los tantos que pasaban y mostraban alguna obra sin trascendencia en las vidrieras del centro. "Pero parece que el destino a veces pone las cosas así: Scotti fue a vivir al frente de casa y mi marido fue el que decidió que vayamos a conocerlo. ¡No se imaginaba lo que iba a pasar después!

"Mi asombro fue muy grande. Jamás había visto cosa igual; me sentí ante un mundo que yo no conocía. El mundo del arte no se sospechaba en Salta, ni por mí ni por ninguno. Se puede decir que no había pintores ni pintura. La estadía de Scotti en Salta, que se prolongó 4 ó 5 años, fue muy importante. El era un hombre muy culto: no se limitaba a la pintura sino que vivía rodeado de los libros y discos más nuevos y mejores. Creó un ambiente que era ejemplar para Salta. Como buen artista, enseguida gastaba el dinero en todo eso y en agradables agasajos, y quedaba sin nada; pero entonces estaban los amigos que lo ayudaban.

"El gobierno también lo apoyó; le concedió una pequeña subvención para instalar un taller que después e trasladó a un lugar más grande y se transformó en la Escuela de Bellas Artes. Los maestros y maestras de dibujo iban allí subvencionados; hay que medir lo que eso significaba en un momento en el que al dibujo se le daba tan poca importancia, que a veces lo ensañaba un profesor de física o cualquier otro.

"Yo tenía miedo de ir al estudio de Scotti, algo me inhibía, pero al final me animé. El se enteró, por otros, que yo había dibujado y quería que lo hiciera allí. Cuando fui, lo primero que me sorprendió fue algo que para ellos era completamente natural: estar con un modelo desnudo al frente. Después, claro, me acostumbré, pero cuando todo es nuevo... A esa escuela íbamos a trabajar de verdad. Aprendí mucho con Scotti; él fue mi gran maestro".

De Salta a Europa

La llama quedó bien encendida. Pocos años después, en los primeros cincuenta, cuando sus hijos ya estaban crecidos y estudiando en Buenos Aires, María viaja a España. Vive en Madrid, concurre al Museo de la Academia de San Fernando para copiar obras famosas, y al Taller Libre de la Asociación de Bellas Artes. Realiza exposiciones en la capital española y en Barcelona. De esa época data su serie de "Paisajes de Catalunya", en clara transición hacia las formas geométricas. Viaja por varios países europeos: Italia, Francia, Alemania, Inglaterra, Suiza.

En 1954 vuelve a Europa. Permanece en París dos años en calidad de "étudient patronée"; se vincula a un centro de arte no figurativo y conoce personajes del ambiente artístico, entre otros, sus compatriotas Leda Valladares, María Elena Walsh y Julio Cortázar. Asiste a los cursos de Sociología del Arte de Pierre Francastel y Paul Rivet.

También expone. Con motivo de este acontecimiento, Manuel J. Castilla publicó una nota en "El Intransigente" con un gran título: "Artista salteña expone en París".

"Castilla era muy amigo mío y todos los Dávalos también. En San Lorenzo hacíamos asados, reuniones, cuando yo vivía en Salta; tengo una caja con una copla de Jaime. Yo estaba muy en ese ambiente folklorista tradicional. Me daba cuenta de que eso era una cuna, una base, un semillero para ir a otras cosas. Efectivamente, después de París ya para mí eso no era suficiente; los viajes me despertaron inquietudes para las que parecía que había nacido. Pero esa identificación con lo propio da la posibilidad de ir a lo universal. Se dice: "Pinta tu aldea y pintarás el mundo, y así es; no se improvisa".\r\nFruto de esta compenetración con el ambiente folklórico son sus diseños para tapices. Entre 1964 y 1968 María Martorell crea cartones que serán tejidos en el Taller de Manualidades de Cafayate, en los que se integran las formas abstractas con figuras estilizadas de animales de la fauna autóctona. La crítica extranjera ha visto en ellos "el reflejo de un alma americana".

Llega el reconocimiento

De regreso al país María continúa haciendo frecuentes viajes a Buenos Aires, concurre a las charlas de la Asociación "Ver y estimar", cuya revista recibe en Salta. Se suceden exposiciones individuales en Salta, Buenos Aires, Nueva York, y colectivas en La Habana, Caracas, Buenos Aires, Santiago de Chile y también Nueva York. "Romero Brest vio mis obras y le gustaron mucho. Tuvo el coraje de invitarme a participar en una exposición con artistas ya consagrados. Eso fue lo que me dio la entrada en Buenos Aires; de ahí fue más fácil vincularme".

A partir de allí el éxito acompañó a María. Una larga lista de exposiciones y sus cuadros integrando colecciones públicas y privadas del país y del extranjero; su nombre en diccionarios y enciclopedias, su obra en libros de arte y reseñas periodísticas. Todo lo que puede pedir una artista consagrada.\r\nDesde luego, la improvisación no la caracteriza en su labor profesional: "Cuando trabajaba a pleno lo hacía todo el día. Ahora también trabajo todo lo que puedo; lógicamente, menos que en mis mejores épocas en que hice los grandes cuadros. Nadie me lo impone sino que es una necesidad. Siempre lo hice por necesidad, por una exigencia que viene de adentro. Algunos podrán creer que vengo acá a pintar como diversión. Yo estoy aquí, lo repito, por necesidad y no por distracción".

Pensamos entonces que esa disciplina está como visible en las líneas sobrias y sin concesiones, en esa exactitud de las formas geométricas rectilíneas y onduladas. "Porque cuando hay una vocación hay muchas dificultades para vencer; no es fácil, y menos para una mujer. El arte suele ser egoísta, en ese sentido de exigir cosas que a veces se hacen con dolor. Me considero afortunada; Dios me ayudó para tener cosas que no están al alcance de otras mujeres. Tal vez si hubiera tenido que destruir algo para lograr lo mío, no lo hubiera podido hacer".

María ha podido contar, por sobre todo, con el apoyo de su esposo, Ricardo Martorell, quien reconoció siempre su talento, la alentó y le brindó los medios para formarse y producir su obra; fue siempre su gran admirador. El también era salteño; había nacido en 1900 en una de las casas particulares que entonces había en el Cabildo, la cigarrería de los hermanos Martorell.

Familia y amigos

Y María repite, de una forma y otra su profunda gratitud a la vida "Es muy grande mi satisfacción en el trabajo profesional; pero la mayor de todas es que tengo una gran familia. Todos mis nietos han estudiado y se han casado enseguida, como mis hijos. Así que tengo esta maravilla de familia con muchos bisnietos. Mis hijos siempre me han ayudado mucho, y mis mejores admiradores son mis nietos. Lo que lamento es que no estamos siempre juntos. Pero nos vemos con frecuencia.

"Tuve siempre también un grupo de amigos que me han ayudado mucho. En Salta, el "Cuchi" Leguizamón, Preti, Gianella y los plásticos de la "vieja guardia", aparte de los que ya mencioné. Aquí en Buenos Aires tengo muchos y verdaderos amigos en el ambiente artístico. No comparto el criterio de algunos salteños que sólo se dan con salteños. Eso es una limitación, y yo quiero superar todas las fronteras, todos los límites".

Una apertura que le ha permitido tener una visión crítica aunque llena de amor sobre Salta y su gente. "Salta es muy conservadora pero, contradictoriamente, no supo conservar su arquitectura. Por ejemplo, el Teatro Victoria que en sus buenos tiempos era un pequeño Colón por las compañías que se presentaban. Fue hecho por el mismo arquitecto que hizo el Teatro Rivera Indarte, de Córdoba, y el teatro de Jujuy que todavía se siguen usando. Nosotros lo hemos destruido. ¿Por qué?

La nuestra es una sociedad que mira siempre hacia atrás, como la mujer de Lot. Y eso produjo ahora una chatura y una apatía en muchos que podrían salir a hacer cosas, proponer iniciativas y actuar. Lo digo con pesar, porque también hay gente que trabaja con esfuerzo y contra la corriente y tienen que sufrir un ambiente que no apoya. Pero yo me siento perteneciendo a Salta y peleando por Salta toda la vida. Lo que digo lo digo desde el cariño y desde la esperanza, porque sé que hay gente que lucha en otro sentido. Si hubo en Salta una Juana Manuela Gorriti, bien pudo haber otras..."

Y María Martorell se revela interesada por la música de "todos los géneros, siempre que sea buena", y por el cine, y por la televisión., con la misma apertura y la misma selectividad inteligente y crítica con que parece mirar el mundo. Y como se mira a sí misma. "Soy muy reflexiva en lo que hago. Para mí la pintura es dar lo que uno tiene interiormente. En una palabra, lo que tengo adentro es lo que me permite hacer algo auténtico.

Como dijo un psicólogo, nunca se deja del todo de ser lo que se ha sido, lo que se es. Yo arranqué a andar por el mundo y por la profesión siendo ya una persona muy formada. Sé que si hubiera sido hombre hubiera tenido otras oportunidades. Sé que si estuviera en otras luchas, por ejemplo la política, también. Pero sólo me dedico a mi arte y no renuncio a la familia".

Fineza y líneas depuradas

Aquí sentimos que la claridad y la nitidez de esas opciones de vida son paralelas a las de sus líneas puras y sus colores decididos. Que esa fuerza interior de su persona de exterior frágil concuerda con la fuerza serena de las curvas perfectas de sus cuadros. Y que esa fineza de su personalidad engarza a la perfección con la forma depurada y esencialista con que concibe su pintura.

En estos últimos años la pintura de María hizo un giro hacia una simplicidad extrema expresada con formas más rectangulares y colores muy contrastantes. No ha abandonado la búsqueda, no se resignó a copiarse a sí misma. La creación sigue exigiéndole esa entrega que marcó su vida, así que ella sigue pintando e innovando. Más lenta, pero también más despojada y libremente. Recuerda que Juan Ramón Jiménez, en su edad avanzada, dijo: "He llegado a una tierra de llegada". Nuestra pintora confiesa: "Yo no sé si he llegado, pero sigo trabajando todavía".

La comunicación con María Martorell ha sido fácil. Ella confirma que no se resiste a hablar de su obra aunque no se dedica a escribir sobre ella; lo lamentamos. Esa apertura que campea en todas sus elecciones, en sus criterios, creemos que se manifiesta en la onda, tema recurrente de muchos de sus cuadros. La onda de por sí sugiere continuidad, incluso al infinito. La onda es todo lo contrario del cierre sobre sí. La onda es la amiga plástica natural de la música que María lleva adentro.

Nuestra curiosidad –María ríe: "ya ha preguntado demasiado"- quiere saber qué límite, qué frustración encontró tal apertura. Una vez más, la respuesta llena de humor e inesperada: "Manejar un automóvil. No hacerlo ha sido mi falta de libertad; a pesar de que la familia me acoge y me atiende en todo, siento que dependo".

Inteligencia y fineza, sagacidad y humor; el buen gusto del ambiente y la excelente pintura que podemos ver al llegar y al partir; nos despedimos llevándonos un agradable perfume de sabiduría.
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